El olor de la sangre (Hijos de la sangre 1)

Sintió el cálido y amargo sabor de la sangre derramarse por su garganta.
—Hum, óxido…hierro oxidado… —Las primeras palabras pronunciadas por un joven Dimitri, tras absorber el olor de la sangre que brotaba del cuello de aquella joven bailarina. Aún la sujetaba con fuerza entre sus fríos brazos, acariciándole sus largos y ondulados cabellos negros como el ébano. La miraba con deseo, con hambre, pero también con tristeza. Le acababa de quitar la vida a la joven que creía haber amado en secreto, la muchacha a la que tanto le gustaba ver bailar al son de la música de su violín. Aquella joven gitana de ojos verdes brillantes que lo tenía hipnotizado noche tras noche.
—Debemos irnos, mi joven aprendiz—le susurra su misteriosa dama de la noche.
—Quiero hacerla igual a mí. Enséñame a convertirla. —La desesperada súplica de Dimitri, provoca cierta congoja en el corazón de Ksenia. No era el primer Hijo de la Sangre que creaba, pero con Dimitri todo era diferente. Él era diferente.

Desde que cruzaron sus miradas en aquel baile de máscaras, en Bucarest, sintió una fuerte conexión con aquel prometedor joven de ojos ambarinos. Un joven que no dudó en engatusarla con amables y sensuales palabras, adulaciones y hasta algún que otro chascarrillo que provocaba en ella una risa que hacía tiempo creyó haber perdido.
Hijo de un importante miembro de la corte real de Valaquia, Dimitri rebosaba confianza y seguridad en sus dotes de negociación. Tenía una gran facilidad de palabra y, por eso, era tan famoso entre los más importantes grupos de las féminas de la corte. A veces, incluso, pecaba de pretencioso y de soberbio pero esas eran las facetas que más le atraían de él. Todas esas cualidades le hacían un ser especial y sin miedo a mostrarse tal y como era. No dudaba en asaltar a las muchachas por los pasillos, en esconderse en las recámaras del palacio junto a alguna de las damas que reclamaban de sus espléndidas dotes como amante. No, Dimitri no era un ser normal.
Aunque ella fue la primera en posar la mirada en aquel joven rebosante de vida, él fue quien dio el primer paso. Con suma elegancia y delicadeza, Dimitri la había sacado a bailar aquellos acordes de piano y violín que tanto le gustaban. Bailaron y rieron durante horas, casi toda la noche, en aquella atestada pista de baile del gran salón del palacio. La gente los observaba y cuchicheaba mientras ellos se divertían sin ningún tipo de tapujos, ni vergüenza. Aquel descaro fue lo que la terminó de enamorar y, por eso, decidió tomarlo bajo su protección.
Cada tarde, Dimitri aparecía por la escalinata de su mansión de piedra y la deleitaba con la maravillosa música que producían sus dedos al acariciar aquellas cuerdas de aquel viejo violín. El violín de Nicolai, que llevaba sin ser tocado desde hacía más cien años. Aquel joven Dimitri le recordaba tanto a él, que no dejaba de observarlo completamente embelesada. Bailaba al compás de la música y sonreía sin cesar, mientras la devoraba con la mirada.
No pasaron muchos días, desde su primer encuentro, hasta que por fin se dejaron llevar por la pasión y la atracción que entre ambos había surgido. Ksenia creía que sería ella quién enseñaría a un joven Dimitri algunas artes amatorias, pero nada más lejos de la realidad. Fue él quien la enseñó a ella ciertas astucias en el lecho. Era un gran conocedor del cuerpo femenino y, como tal, un gran amante. Y así se fue estrechando su relación, y sus visitas cada vez eran más asiduas. Tanto fue así que, un buen día, Dimitri decidió trasladar su vivienda a su mansión. Después de tantos años de soledad, y de un corazón prácticamente frío, Ksenia volvía a sonreír. Volvía a ser feliz, volvía a sentir.
Nunca le había ocultado la verdad sobre su naturaleza, sobre quién era ella y el por qué de sus ausencias en la noche. Aunque sintió miedo el día que se lo confesó todo, se sorprendió al ver cómo Dimitri simplemente asentía con la cabeza y aceptaba su condición de Dama de la Noche. No tuvo miedo, no salió huyendo, ni intentó asesinarla. Nada cambió entre ellos, salvo la pasión. Una pasión que crecía cada día, a cada encuentro. Con cada beso y cada caricia. Hasta que un día le pide que lo convierta en un ser como ella. Ahí, todo cambió.

—Despierta, querido mío. Tengo mucho que enseñarte…—le había susurrado aquella noche.
Tras su última noche de pasión como humano, Ksenia decidió convertirlo en un Hijo de la Sangre como ella. En su compañero de la noche, su amante por siempre. Le había dado de beber su sangre, le había dejado saborear el jugo mortal de sus venas, para luego morder su latente yugular y devorar la sangre que brotó de ella. Para su sorpresa, no vio miedo en los ojos de Dimitri. Y, eso, la asustó. ¿Qué acaba de crear? ¿Qué ser saldría de aquella unión?
— ¿Ya soy como tú? —preguntó él, abriendo sus ojos y mirándola fijamente.
—Ya eres como yo, mi querido Dimitri. Ya eres un Hijo de la Sangre, mi compañero de por vida y mi aprendiz, por el momento. —Ksenia le extiende su mano, que él coge sonriente y con firmeza.

Aún recuerda su primera caza, juntos, y su primera víctima. Acechando entre las sombras, buscó a la que sería el sacrificio perfecto para él. Y no tardó en encontrarla. Las primeras horas son cruciales para un ser recién creado. Debe beber sangre, o morirá evaporado dejando un reguero de cenizas a su paso. Ksenia engatusa a una pareja de amantes que se habían escondido en el refugio de la oscuridad de uno de los callejones de Bucarest para poder desatar su pasión sin ser vistos. Siendo conocedora del apetito voraz que se tiene cuando se despierta por primera vez, no quiso demorar mucho aquello y pasó directamente a devorar el cuello del joven, mientras Dimitri sujetaba a la muchacha con una mano en su boca para impedir que los gritos alertaran al resto de los viandantes.
—Debes beber con tranquilidad, despacio, o absorberás su último aliento de vida y perecerás tú también con ella. —Casi como una madre que enseña a sus polluelos a levantar el vuelo, Ksenia acariciaba el revoltoso y negro pelo de un Dimitri que devoraba aquella joven con la típica impaciencia de un renacido.
—Tengo hambre, no puedo parar…—protesta él al ser obligado a soltarse del cuerpo inerte de la joven.
—Tranquilo, mi joven aprendiz. Tenemos toda la noche para tu entrenamiento, y el resto del día para nuestro disfrute personal. —Y tras aquellas palabras, movido por un impulso animal, Dimitri le hace el amor allí mismo. Entre dos cadáveres desangrados y tirados de cualquier forma sobre aquel frío y sucio suelo, desataron la pasión que había entre ambos. Fueron observados por los ojos sin vida de aquella pareja que tan sólo quería disfrutar de la intimidad de sus cuerpos, pero fueron condenados por la oscuridad.

Dimitri aprendía rápido, mucho más rápido que cualquier otro hijo creado por ella. Eso la hacía enorgullecerse tanto que no veía la hora de llevarlo ante su gremio y presentarlo como su consorte y jefe de su linaje. Esas aptitudes de liderazgo que había visto en él, cuando aún era humano, ahora eran más grandes. Sería un gran rey, tan grande como amante en la cama que era. Pero ¿y fiel? ¿Sería fiel a su amor? ¿Seguiría amando a su creadora para siempre? Pronto conocería la respuesta. Demasiado pronto.

—Te veo muy alegre en éste día tan gris y silencioso, mi amor. ¿Quieres compartir conmigo el motivo de tal despliegue? —le pregunta al verlo entrar tan jovial y saltarín por su habitación.
—He conocido a alguien increíble. —Dimitri no dejaba de sonreír, mientras se quitaba las botas y la ropa poco a poco.
—Pues sí que te ha sentado bien la visita a tus familiares. Háblame de él. —Ksenia cierra el libro que estaba leyendo y lo deja sobre su mesita de noche para escuchar con atención la fabulosa historia que le contaría él.
—No es él. Es ella. —Aquella confesión dejó a Ksenia completamente helada, más de lo que ya estaba. Incluso creyó sentir que su corazón comenzaba a latir con fuerza, aunque llevaba muerto desde hacía más de cien años.
— ¿Una mujer? ¿Dónde la conociste? —Temía preguntar, temía la respuesta, pero temía aún más perderlo a él.
—Ha llegado una caravana de gitanos a Bucarest. Están acampados a las afueras de la ciud…—comienza a relatar.
— ¡¿Gitanos?! —Ksenia se levanta de golpe de la cama, asustada y temerosa; pálida más aún de lo que suele estar. Aquella expresión de horror, sorprendió tanto a Dimitri que se levanta corriendo a abrazarla. Nunca la había visto tan asustada. ¡Qué diablos! Nunca la había visto asustada.
—Tranquilízate, Ksenia…—susurra para tranquilizarla.
— ¡¿Dime que no has estado con ellos?!
—Cielo, pero ¿qué te pasa con los gitanos?
—Que nos conocen, Dimitri. Que saben de nuestra existencia. Que, como nosotros, son criaturas de la noche. Que son cazadores de nuestra especie. —Aquel dato, nuevo para él, lo dejó prácticamente en shock. ¿Acaso alguien podía matarlos? ¿Por qué no le había explicado aquello antes? —No puedes acercarte a ellos, Dimitri. ¿Lo entiendes? No debes dejarte ver, sobre todo por la noche—asevera ella con firmeza.
—Pero…no puedo. Quiero volver a verla. Quiero…quiero volver a sentirla… —Los balbuceos de Dimitri la hacen pasar de la angustia a la ira.
Como más antigua que él, y su creadora, lo coge fuertemente por el cuello y lo lanza al otro extremo de la habitación. Sus ojos estaban inyectados en sangre y sus venas estaban hinchadas, tanto que parecía que iban a explotar. Él, instintivamente, logra caer sobre sus pies y se enfrenta a ella. Dos seres de naturaleza inmortal y tan sólo cubiertos por sus propias pieles, se enzarzan a una dura pelea. Una lucha que acabó con ellos haciendo el amor como unos salvajes seres sedientos de sangre.
Tras finalizar, se dejan caer exhaustos sobre la cama. Él le cuenta, sin tapujos, cómo fue su encuentro con aquella mujer. Le cuenta que, de camino de vuelta de ver a sus padres, escuchó unas risas joviales y una música que le atrajo de una forma impulsiva, casi sin control. Dijo que comenzó a caminar como hipnotizado hacia una luz que, poco a poco, se iba haciendo más grande. Que llegó hasta una enorme hoguera donde había un gran grupo de gente tocando varios instrumentos y mujeres bailando alrededor de las abrasadoras llamas. Y fue ahí donde la conoció. Una joven gitana de cabellos negros y de mirada esmeralda, que no dudó en cogerlo de las manos y sacarlo a bailar con ella.
Que saltaron y rieron sin parar, hasta que ella se lo llevó al interior de su carromato e hicieron el amor. Recuerda cada centímetro del cuerpo de aquella mujer, cada rincón saboreado. Recuerda lo mareado que estaba de tal excitación que le había producido aquel encuentro. Recuerda, incluso, que ella tenía un violín y que él se ofreció a mostrarle su habilidad con el instrumento. Que estuvieron encerrados en aquel carromato durante días, desnudos y sin dejar de acariciarse. Que apenas comían nada, ni él sintió sed alguna.
Con cada palabra y cada explicación, Ksenia se sentía más muerta que nunca. Su compañero, el ser que había creado para ella, había posado los ojos en otra mujer de la misma forma en que ella los había posado sobre él en su día. Aquella verdad la entristeció de tal forma que la sed comenzó a apoderarse de ella. Sin más palabras, y habiendo dejado a Dimitri terminar con su relato, se levanta de la cama y se viste.
— ¿A dónde vas, mi amor?
—Necesito comer, Dimitri. Tu confesión me ha dejado algo alterada y, ahora, necesito saciarme.
—Te acompaño. —Él hizo amago de levantarse pero ella se lo impide.
—No. Quiero ir sola. Tú has tenido tu momento con otra mujer. Ahora me toca a mí. Intenta no meterte en más líos, y procura que no nos maten por tus escarceos—sentencia una más que dolida Ksenia. Dimitri sólo puede llegar a asentir con la cabeza pues, cuando quiso responder a aquellas acusaciones, ya estaba sólo en la habitación.

La rabia era un gran catalizador que aumentaba la sed hasta niveles casi incontrolables. Sólo los más viejos conseguían tener el poder de controlarse bien y, aunque ella era longeva, aún no entraba dentro de la Orden de los antiguos. Caminó absorta en sus pensamientos, tratando de controlar su ira, pero no conseguía apagar esa sed. Sólo podía hacer una cosa. Decidida, emprende camino hacia el origen de su desequilibrio.
Tal y como Dimitri le había descrito, no le fue difícil encontrar el campamento gitano, desoyendo sus propios consejos de mantenerse alejados de los únicos seres capaces de darles caza hasta la extinción. Y tal y como contó él, la música la envolvió de tal forma que le fue prácticamente imposible dar la vuelta. Comprendió, entonces, lo que sucedía. Los gitanos tocaban la música de la noche, la canción de los vampiros. Una música maldita para ellos que hacía que fuesen hacia ella como las polillas a la luz. Así era cómo los cazaban, así era como los desenmascaraban.
Lo que no entiende es por qué Dimitri seguía vivo, entonces. ¿Por qué le permitieron marchar? ¿Acaso querían usarlo para que los llevase hasta su nido? ¿Hasta ella? Sin control alguno sobre su cuerpo, Ksenia caminó hasta el centro de la congregación de cazadores que la miraban sonrientes y victoriosos. Vio, tal y como Dimitri contó en su historia, el grupo de bailarinas danzar alrededor de la hoguera y a los músicos tocando de forma alegre. Una joven la coge de las manos y la invita a bailar, algo que ella hace sin poder negarse. Y de igual forma que él le había descrito, se la llevó al interior de su carromato y comenzó a quitarle la ropa.
Sin saber cómo, Ksenia se vio desnuda sobre la cama de una joven gitana que saboreaba sin cesar cada rincón de su cuerpo. Esparcía por su piel una extraña crema e iba recitando unas palabras en un idioma desconocido para ella. No conseguía levantarse, no podía negarse a todo aquello. Estaba en un estado de embriaguez absoluta, como si la hubiesen drogado. En el exterior, la música seguía sonando. Y así siguió durante todo el ritual que la joven gitana recitó. Hasta que, sin saber cómo ni por qué, la música cesó y pasaron a oírse gritos en el exterior.
Como movida por un impulso, la joven gitana saca una daga y, al grito de Strigoi, se lanza contra una Ksenia aún hipnotizada. Creyó que sería su fin, se creyó muerta pues no conseguía que su cuerpo reaccionase para poder defenderse. Vio el brillante filo del cuchillo descender de forma vertiginosa sobre su muerto corazón, pero, sin saber cómo, la joven suelta la daga y la deja caer al suelo. Ksenia levanta la vista y ve a Dimitri aferrarse con rabia al cuello de la joven, bebiendo como un loco sediento recién convertido. No hubo gritos, no hubo lucha. Tan sólo un encolerizado Dimitri que acabó con cada uno de los integrantes de aquella caravana.

Cuando vio que Ksenia tardaba en volver, un temor se apoderó de él. Adivinando lo que su compañera se proponía a hacer, Dimitri se había vestido como una exhalación y había salido corriendo de la mansión en dirección al campamento gitano.
Al principio, la música se apoderó de él de la misma forma que la otra vez, pero al oír a algunos gitanos decir que “la vampira iba a ser sacrificada” no lo dudó. Sin saber cómo, rompió el embrujo y, llevado por la más grande de las rabias, cazó y mató a cada uno de ellos. Bebió de su sangre, dejándoles el tan temido último aliento de vida derramarse por sus abiertas gargantas.
Fue uno a uno entrando en cada carromato, aniquilando a todo ser vivo que se encontraba por el camino, hasta llegar al de la joven gitana que la había hecho el amor con tanta pasión las noches anteriores. Vio a Ksenia tendida sobre la cama, desnuda y embadurnada de un extraño y apestoso líquido. La gitana levantaba una daga con firmeza y adivinó cuáles eran sus intenciones.
Sin pensárselo dos veces, se lanzó sobre ella y la devoró. La devoró con rabia, con ira y con hambre. Y la devoró con tristeza, pues había sentido algo muy profundo por aquella muchacha. Estaba convencido de que se había enamorado de ella. Hasta que se dio cuenta que iba a matar a la mujer que en verdad amaba.
—Dimitri, debes parar… —Recuperadas sus fuerzas por completo, Ksenia posa su mano sobre el hombro de su compañero.
—Intentó matarte, intentó matarme haciéndome creer que estaba enamorado de ella. Debo matarla—contesta Dimitri entre gruñidos y con la boca llena de la sangre que brotaba del cuello de la joven.
—Mi amor, déjala caer. Debemos irnos, mi joven aprendiz—le dice ella con suavidad y dulzura.
Había venido en su busca, la había rescatado de una muerte segura. Y había descubierto lo mucho que la amaba, pues él también se puso en un serio peligro al asaltar sólo todo un campamento lleno de cazadores experimentados. ¿Quién era Dimitri? ¿En qué maravilloso ser se estaba convirtiendo? No sabía la respuesta, pero sí sabía que estaba deseando descubrirlo y pasar el resto de su eternidad junto a él.
—Quiero hacerla igual a mí. Enséñame a convertirla. —Dimitri se había convertido en un ser perverso. Había decidido convertir a su cazadora, en el ser que más odiaba en el mundo y que tanto le gustaba cazar: un vampiro. Ksenia, orgullosa de su creación, le enseña a crear su propia estirpe.

Mientras la joven gitana dormía sobre su cama, Ksenia y Dimitri hicieron el amor sobre la sangre derramada de la cacería. Se dejaron llevar por la pasión y la victoria que suponía haber acabado con un grupo de cazadores tan grande como aquel. Pero había algo que Ksenia no comprendía. ¿Qué hacían exactamente allí esos gitanos? ¿Cómo sabían dónde debían cazar? Esas preguntas amartillaron su cabeza hasta que se levanta de forma impulsiva y comienza a rebuscar entre los papeles de los carromatos. Dimitri la seguía sin saber muy bien qué estaban buscando hasta que, de pronto, ella sale de uno de ellos con una carta en la mano y al grito de ¡Eureka!
Dimitri coge la carta y la lee con detenimiento. Con cada palabra, una vorágine de emociones se iba apoderando de él. Aquella carta la había escrito su padre. Era una desesperada solicitud de la ayuda de aquellos cazadores para devolverle a su querido y amado hijo. Aquel joven en el que había depositado tanto trabajo en formación para guiar y gobernar el linaje de su familia, y que le había sido arrebatado por un monstruo. Invadido por la furia, rompe la carta en mil pedazos y entra en el carromato de la gitana que empezaba a despertarse.
—Debes guiarla, igual que yo te guié a ti en su día, mi amor. Debe comer—afirma Ksenia.
—Y yo sé dónde llevarla a su primera cacería. —Sin más, la coge en brazos y se van los tres de camino a la gran mansión que, en su día, iba a ser la herencia de Dimitri. Todo un derroche de glamour y ostentosidad de aquella época en la que la apariencia era algo indispensable entre la gente de la alta sociedad.
De una patada, Dimitri abre las enormes y pesadas puertas del que había sido su hogar. Todos los allí presentes estaban atónitos y, a la vez, asustados, pues de todos era sabido la condición actual del joven heredero y su compañera.
— ¡¿Qué golpes son esos?! —grita el padre de Dimitri saliendo de su pequeña biblioteca de la planta baja de su mansión.
Un hombre anciano, envejecido más por las conspiraciones políticas a las que se dedicaba a jugar que por la edad en sí. De pelo blanco y una gran barriga que, a veces, le impedía dar vuelta en el butacón que usaba para sus lecturas. Al ver ante él a Dimitri, la palidez de su rostro se hizo aún más visible. Inmóvil y sin saber que hacer o decir, simplemente mira al que un día fue la mayor de sus esperanzas.
—Mi querido padre. Vengo a entregarle un presente, de parte de mi mujer y mío, por nuestra reciente unión como marido y mujer. —Aquellas palabras, dichas con tal firmeza, sorprendieron a todos, incluida Ksenia. Aunque en su caso, era una sorpresa más que agradable.
Su mujer. Dimitri acababa de nombrarla y presentarla como su esposa, y eso la llenó de orgullo y devoción. De un gran amor que pareció insuflarle la vida que hacía unas horas creía haber perdido. Dimitri acababa de aceptar ser su compañero inmortal, su rey y el padre de toda una familia que se había prometido crear junto a él. Y con tal alegría, Ksenia no pudo evitar sonreír.
—Hijo, y-yo…yo no…yo sólo quería salvarte, recuperarte… ¡ERAS MI HEREDERO, POR EL AMOR DE DIOS! ¡ESA MUJER TE HA CORROMPIDO! ¡ESTABA EN MI DERECHO COMO PADRE Y PATRIARCA DE ESTA FAMILIA! ¡LO HICE POR LA SANGRE! ¡POR EL LINAJE! —El nerviosismo de aquel hombre era cada vez más notable y no sabía qué decir para obtener el perdón de un más que enfurecido Dimitri.
— ¿Por la sangre? Bien. Creo que, en eso, te puedo ayudar. —Y sin más, Dimitri le susurra algo al oído a la gitana.
Como una exhalación, la muchacha salta de sus brazos al cuello del anciano patriarca de la familia Rusthoff. Entre gritos, tanto de los sirvientes que intentaban huir al ver aquella horrible estampa,como del padre de Dimitri, la excitación y el hambre por la caza empezó a apoderarse del recién proclamado matrimonio. Tan sólo con una mirada, Ksenia entendió lo que su esposo le acababa de decir. Una traviesa y risueña sonrisa, llena de lujuria y sed, asoma en el rostro de Dimitri que se gira hacia los asustados sirvientes y salta sobre ellos. Ella le sigue y, juntos, dan rienda suelta a la depravación de su especie.

*** *** ***

Cuerpos esparcidos por todos los rincones de la mansión, y completamente desangrados, es lo que se encontraron los que allí entraron a la mañana siguiente. Vecinos que habían oído los desgarradores gritos que provenían del interior, decidieron esperar al amparo de la protectora luz del día para llamar a las autoridades pertinentes y entrar en aquel tenebroso lugar. No se abrió expediente, no se dejó constancia escrita de lo que allí encontraron salvo las terribles pesadillas que tuvieron, los siguientes días, los que allí osaron entrar.
Nadie hablaba, nadie relataba. Sólo se oían rumores de lo que allí creen que sucedió. Y en todos los rumores que se contaban, había un dato que tenían en común: el olor de la sangre.

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