Sohpie & Jared, dos grandes pilares de una amistad

Los dos grandes desconocidos, pero los pilares más importantes en la vida de Sheena Murray. Como ella misma los describe, son los que mejor completan sus propias carencias y los que consiguen mantenerla sujeta a esta realidad.

Sophie Campbell

Si algo define a la perfección a Sophie es que es un alma libre. Muchos dicen que es la antítesis de Sheena y es que más opuestas no pueden ser en verdad. Quizás por eso son tan buenas amigas, porque se complementan muy bien.

Al contrario que su amiga, Sophie es una persona extrovertida. Le gusta relacionarse con todo el mundo, teniendo siempre una visión muy positiva de todo. Impulsiva a la hora de tomar decisiones, ya que su mantra más repetido es “carpe díem”. Como ella siempre le dice a sus amigos: la vida está para vivirla y disfrutarla por entera.
De madre irlandesa y padre escocés, Sophie es una mujer esbelta de cabellos pelirrojos y de unos ojos azules, casi cristalinos. A pesar de si belleza, y de su gran aceptación entre los hombres, no le gusta comprometerse en relaciones serias. Eso no significa que nunca se haya enamorado. De hecho, guarda un gran secreto desde la universidad, y es que en esa época pareció haber conocido a un misterioso hombre que la dejó marcada. Y eso es lo único que sus amigos saben sobre ese amor de juventud.

Experta en la cultura egipcia antigua y moderna, Sophie es una reconocida antropóloga con varios trabajos publicados en las más importantes revistas sobre arqueología.

Jared James MacKenzie

El gran protector, el que siempre está cuidando de sus amigos y seres queridos, y un eterno enamorado de su amiga Sheena.

Arqueólogo y Teólogo de profesión, su especialidad es la demonología y la angeología. Tiene un especial interés en demostrar la no existencia de Dios. Tal vez, el tener una madre creyente que se refugió en la religión tras la muerte de su padre y su hermana pequeña en un horrible accidente, sea lo que le empujó por elegir esa profesión.

Jared, o Jarjam como lo apoda Sheena de forma cariñosa, es un hombre de gran atractivo. Alto y de cuerpo atlético, pelo color castaño claro y ojos azul oscuro, hacen de él todo un buen escocés.
De carácter fuerte, firme y fiel a sus principios, y con una gran y atrayente personalidad que provoca los suspiros de más de una mujer. Pero no de la que a él le interesa, aunque su conexión con Sheena es motivo de envidias e incluso el motivo de muchas de sus rupturas. Y es que, siempre que uno de los dos está mal, el otro lo sabe sin necesidad de hablarse. Ambos e buscan y se protegen, algo ciertamente extraño e inexplicable. Simplemente, parecen estar conectados de alguna forma mística.

Sheena, Jared y Sophie. Tres amigos que se complementan y se admiran por igual. Tres hermanos por elección y no por imposición.

Primer y segundo libro de la saga Eden

Comprendiendo a Lilith

Conocida como la primera mujer de Adán, Lilith sigue siendo la gran desconocida e incomprendida de la historia.

Creada para un propósito oculto, y obligada en cierta medida a cumplir con ello, siempre se rebeló contra todo plan impuesto sobre ella u orden injusta. Debido a esa rebeldía, Lilith tiene que soportar los mayores castigos por parte del que consideraba un padre.

En el momento de su creación, a Lilith se le asigna un protector. Un mentor que sería el encargado de educarla en el respeto, el conocimiento y la batalla. El elegido para esa misión no es otro que el propio Samael, quien ella admirará y respetará de tal forma que pronto sus sentimientos evolucionarán hasta ser tan profundos e intensos que la llegarán incluso a asustar.

Con un carácter fuerte, luchadora y de fuertes convicciones, Lilith pasa de ser una niña rebelde y testaruda, a una mujer de gran belleza y seguridad en sí misma. Se convierte en una gran guerrera, ya que ha sido entrenada por el mejor de los guerreros de toda la creación: Samael. Hábil en la lucha de espadas y el cuerpo a cuerpo, con una agilidad que enorgullece a su mentor.

De tez blanca y cuerpo esbelto; ojos verde esmeralda y una larga melena lisa color caoba oscuro con algunos mechones rojos. La perfecta conjunción de la tentación hecha mujer, tal y como Dios acaba refiriéndose a ella. Una mujer de gran belleza que sufrirá por amor, porque enamorarse del heredero del reino conlleva el mayor de los peligros.

Poca información escrita puedes llegar a encontrar sobre la primera mujer de Adán, salvo su nombre y que acabó rebelándose contra el mandato de Dios. Tal fue su osadía, que fue expulsada del reino de Eden y se dice que acabó convirtiéndose en la esposa de Lucifer, pasando así a ser la reina del infierno y la madre de todos los demonios. Se dice que Dios mandó matar a cientos de sus hijos en castigo por su rebeldía. Y, si profundizas bien en los textos que hablan sobre ella, su rebeldía se basaba en la negación a ser humillada por su esposo por el simple hecho de ser mujer. Se podría decir que Lilith es la primera feminista que decide levantarse en armas contra la tiranía de una jerarquía masculina.

Retratando a Miguel

Protector y confidente de su hermano Samael. Amigo, hermano y compañero de batalla, y el hijo más leal, capaz de obedecer las órdenes de su padre sin ponerla en entredicho.

Miguel es el más racional de todos sus hermanos, al que todos recurren en busca de consejo, y un gran confidente y guardián de los secretos de los demás. Pero, es, quizás, esa parte racional la que, a veces, le hace parecer un ser frío. Es el arcángel que más sopesa las cosas a la hora de tomar una decisión. Pero también es el más capacitado para tomar decisiones difíciles.
Al igual que su hermano Samael, Miguel es un gran guerrero, diestro en el manejo de la espada. Como mano derecha del ser más poderoso de la creación, se puede decir que juntos son invencibles; respetados y temidos a la vez.

Como todos sus hermanos, y como seres celestiales que son, Miguel es un ser dotado de gran belleza. De cabellos de un rubio claro, casi platino, su poder hipnótico está en su cristalina mirada. Y, aunque a él no le gusta alardear sobre ello, tiene el mismo magnetismo que su hermano Samael.
Es un ser muy familiar. Poco a poco irá descubriendo un lado oscuro de algunos de sus miembros que hará que todo su mundo se tambalee. Deberá tomar decisiones difíciles y elegir el bando correcto. Aunque tendrá claro que su lugar estará siempre junto a su hermano y no cesará en la lucha por restaurar el orden natural de las cosas…por mucho que ello implique ir en contra de todo lo que hasta ahora conocía.

Miguel, el eterno racional y fiel hermano y compañero en la lucha.

Le Mont Saint Michel
Se dice que los orígenes de la abadía actual deben datarse en torno a los siglos VIII o IX. Según se cuenta, el arcángel San Miguel se le apareció al obispo de Avranches, San Aubert, y le pidió erigir una iglesia en su nombre. Y así se hizo en el año 709 d.c.
Pero, hay que decir que ese monte ya era un lugar de culto druídico. De hecho, existía un gran megalito y un cementerio a su alrededor emplazado por los galos. Algunas tribus célticas ocuparon el bosque que lo rodeaban, al que se le conocía como Scissy. Y al monte lo nombraron como “Mi vel Tumba Beneni” o “Monte o Tumba de Belenus”, dios galo del sol.

Saint Michel es un lugar mágico que os recomiendo visitar. Sobre todo porque es el lugar donde la saga Eden nació y cobró forma.

¡¡Estamos en Halloween!!

A estas alturas, creo que todos conocemos los orígenes celtas de esta festividad. Aun así, haré un breve resumen sobre esta fiesta o celebración que a tantos gusta y/o atrae.

La palabra Halloween viene a ser la forma acortada en escocés de la expresión inglesa All Hallow’s Even, o All Hallow’s Eve, que viene a ser la víspera de todos los santos del 1 de noviembre.
La festividad celta conocida como Samhuinn, o Samhain, significa “fin del verano“. Viene de la combinación de las palabras en gaélico antiguo Samh (verano) y Fuin (final). Por lo tanto, es la celebración del cambio de estación; del fin del verano (luz) y comienzo del invierno (oscuridad). A través de Samhain, el año se dividía en dos mitades opuestas: luz y oscuridad, fertilidad y aridez, fuego y hielo… Vida y muerte.
Pero no quiero hablaros sobre los orígenes históricos de Halloween, sino del origen del famoso “Truco o trato” y del tallado de calabazas.

Trick or Treat

Originalmente, el “truco o trato” era una leyenda popular de origen céltico según la cual no solo los espíritus de los difuntos eran libres de vagar por la Tierra la noche de Samhain, si no toda clase de entes procedentes de todos los reinos espirituales. Entre ellos había un ser malévolo que deambulaba por pueblos y aldeas pidiendo el famoso “truco o trato“.
La leyenda asegura que lo mejor era hacer trato, sin importar el coste, ya que el truco que emplearía este malvado ser sería maldecir la casa y a sus habitantes. Dicho ser será conocido por el nombre de “Jack o’Lantern“, o “Jack el de la linterna“.

Pues bien, aunque se ha generalizado la traducción “truco” en castellano del inglés “trick” y “trato” literalmente por “treat“, su traducción exacta debería ser “susto o dulce“, o “travesura o golosina“. Por eso, cuando los niños disfrazados llaman a una casa y esta se niega a darles golosinas, ellos se verán obligados a gastarles una broma, siendo la más común arrojar huevos contra la puerta.

Jack el linterna y las tradicionales calabazas de Halloween

Jack o’Lantern, linterna de Jack en inglés, es una calabaza tallada con una vela encendida en su interior. Pero su origen tiene lugar en el folklore irlandés y escocés. Precisamente, en octubre de 2018, pude conocer esta leyenda mientras pasaba unos días en Edimburgo.

Hay varias versiones de esta leyenda o mito, pero la más conocida es esta:

“Jack estaba siendo perseguido por algunos aldeanos, a quienes había robado, cuando se encontró con el Diablo. Al decirle este que había llegado su hora de morir, Jack hizo un trato con el Diablo. Alegando que sus perseguidores eran fieles de Dios, le propone que se transforme en una moneda de plata. Con ella, pagaría a los aldeanos por los bienes robados. Después, el Diablo/moneda desaparecería misteriosamente, lo que originaría enfrentamientos y peleas entre los aldeanos.
El Diablo acepta el trato y se transforma en moneda, saltando así al interior de la bolsa de Jack. Pero, dentro, se encuentra con una cruz y se queda atrapado. Jack había engañado al Diablo y solo accede a liberarlo tras la firme promesa de no llevarse su alma jamás.
Tras un tiempo, como cualquier otro ser vivo, Jack muere. Obviamente, al cielo no podía ir por todas sus fechorías cometidas en vida. Pero al infierno, tampoco. Así que se encontró solo, sin saber a dónde ir y vagando por la oscuridad de las tinieblas.
El Diablo, a modo de burla tras verlo vagar sin rumbo y sin poder ver en la oscuridad, le lanza una brasa del fuego del infierno que nunca dejaría de arder. Jack ahueca uno de sus nabos, su comida favorita, y pone la braza en su interior, creando así una linterna con la que vagaría el resto de su eternidad. Por eso, pasó a ser conocido como Jack el de la linterna”.

Del tallado de nabos, se derivó al tallado de calabazas con la supuesta cara tenebrosa de Jack. Estas, se colocarían en las ventanas para ahuyentar al diablo y a todo espíritu maligno de sus hogares. Y en el norte España también se ahuecaban nabos y se colocaban velas para marcarles el camino a las almas hacia su regreso a la luz y descanso junto al Dios sol.

¿Os ha gustado la historia? ¿Ya tenéis vuestras calabazas talladas y bien colocadas en vuestras ventanas?

¡¡Feliz Halloween a todos!!

El puente del diablo

Hay lugares y momentos puntuales en donde la magia florece con fuerza.
Lugares donde, si recitas las palabras exactas, las puertas a otros mundos son abiertas para ti.
Lugares, a veces, malditos por el miedo a lo desconocido.

—¡No pienso casarme con un completo desconocido!—grita con efusividad la joven Alexandra.
Hacía unas horas que había empezado la discusión con sus padres, cuando irrumpieron en su pequeña biblioteca y la sacaron de la magia de sus lecturas para darle aquella devastadora noticia.

—¡Alexandra Röustchke!¡Obedecerás las órdenes de tu padre, y no discutirás más!—asevera su padre golpeando con fuerza su pequeño escritorio.

—¡He dicho que no!

—Pero, hija, ¿qué va a ser de ti, entonces?—pregunta su madre. Toma sus pequeñas y blancas manos entre las suyas, mirándola con tristeza y acariciándola con ternura.

—Madre, no quiero casarme con alguien a quien no conozco en absoluto. Yo quiero viajar, quiero conocer mundo, aprender de otras culturas…—responde Alexandra.

—Ya estamos. Esos absurdos libros tuyos no sirven más que para meterte paja en la cabeza. Viajar, dice. ¿Al país de las maravillas ese? ¿O quieres buscar a tu príncipe azul y vivir felices por siempre jamás?—dice su padre en tono despectivo, burlándose de ella.

—¡¿Y qué pasa si quiero creer en mundos mágicos donde la gente es feliz?! ¡¿Tan malo sería casarme por amor con alguien a quien tuviese la oportunidad de conocer antes?!

—¡Te casarás con ese muchacho, y punto!¡He dicho!—sentencia la fría voz de su padre.

Alexandra lo mira enfurecida, casi hasta con lágrimas en los ojos y con una angustia y frustración creciendo dentro de ella enorme. De forma airada, se levanta de su confortable butaca de lectura, azota el libro que estaba leyendo y sale caminando con paso firme. Pasa por delante de su padre y lo mira desafiantemente, con semblante altivo.

—¿A dónde te crees que vas, Alexandra?—pregunta cogiéndola con fuerza del brazo. Alexandra se suelta de forma brusca, notando aún la presión de los grandes y gruesos dedos de su padre sobre su carne.

—A dar un paseo para despejarme.

—Hija, es la noche de Walpurgis. No deberías…—se apresura a decir su madre.

—Tranquila, madre. Ninguna bruja se me llevará. Y si se me lleva, no será peor que lo que me queréis obligar a hacer.

Sin darles opción a una réplica, Alexandra sale corriendo de su gigantesca mansión de paredes rojizas como la sangre y desciende a gran velocidad la gran escalera de mármol blanco perfectamente pulida. Se dirige hacia las caballerizas, mientras recoge su larga melena rubia en un moño bajo para que no le moleste al cabalgar.

Siempre suele dar largos paseos en su yegua torda, y si es bajo una luna llena, mejor. La noche siempre la relaja, la ayuda a pensar y a crear todas esas fantásticas historias de mujeres libres que tienen el poder de controlar sus vidas. Mujeres fuertes e independientes que, a su vez, se enamoran con locura de hombres de igual fortaleza que ellas. Una utopía de vidas, pero su utopía personal. Un anhelo y un deseo con el que ha crecido desde que tiene uso de razón.

Quizás sea, en parte, culpa de su abuela materna. Una mujer a la que Alexandra siempre había admirado, y admira aún hoy en día en el que ya no estaba allí para darle sus sabios consejos. Fue una mujer fuerte, de carácter e ideas fijas, y muy independiente. Lo que no quiere decir que no fuese una excelente madre de sus hijos, y una gran amante de su esposo.

Alexandra siempre había visto el respeto y la admiración con la que su abuelo la miraba. Eso era lo que ella quería. Un amor así de grande, así de bonito y de respetuoso. No como sus padres, que se casaron muy jóvenes y casi sin apenas conocerse. El amor fue surgiendo con el paso de los años y de los hijos, pero ya no veía el mismo respeto y la misma pasión que solía ver entre sus abuelos. No, ella no quería un matrimonio como el de sus padres. Quería una historia de amor como la de sus abuelos.

Ensillada su yegua, monta sobre ella y sale al galope de las caballerizas, levantando la tierra a su paso. Dentro de los límites de la propiedad familiar hay un gran lago con un extraño puente que nadie sabe, con certeza, quién había sido el artífice de tal obra arquitectónica. Un puente que no puede ser transitado ni por caminantes de a pie, pero que, por su perfecta construcción, cuando lo miras en el reflejo del agua se puede ver un perfecto círculo. Algunos lugareños lo llaman El Puente del Diablo porque, tal perfecta proyección, tiene que ser cosa del mismísimo demonio.

Ya en la orilla del lago, cerca el puente, desmonta y se quita su precioso vestido azul turquesa. Deja la ropa perfectamente doblada junto a su montura, quedándose tan sólo con su camisón de fino lino blanco. Poco a poco se mete en las frías aguas del lago, emitiendo pequeñas protestas al sentir el dolor del cambio de temperatura en su cuerpo. La noche era perfecta para nadar relajadamente. En el cielo gobierna su tan preciosa luna llena, protegida por un grandísimo séquito de pequeñas estrellas brillantes y astros que tintinean de forma intermitente en el firmamento.

—Paz y tranquilidad…—susurra al cielo, dejándose mecer por las pequeñas olas producidas por su cuerpo al entrar en el agua.

Nada de una orilla a otra del lago para entrar en calor, hasta que decide dejar que su cuerpo flote a la deriva. Mirando las estrellas en el cielo, recuerda un viejo poema que su abuela le solía contar cuando era pequeña. Cierra los ojos y recita las palabras en voz alta, mientras el mecer del agua la va llevando hasta el puente.

«Abre las puertas de tu reino,
Y deja entrar a tu sierva.
Toma la llave del mío,
Que con mi fuego fue forjada
Y de mi corazón es esclava.»

El puente comienza a brillar formando una mágica puerta que Alexandra atraviesa sin ser consciente. Toma aire y respira profundamente, dejando que su cuerpo se relaje, estirando sus brazos y sus piernas. De pronto, oye unos extraños pasos provenientes de los matojos de la orilla. Cuando abre los ojos, se queda perpleja. Ante ella, y mirándola con semblante lascivo, un hombre robusto de larga y frondosa barba, y ojos castaños.

—Vaya, vaya. Mira lo que nos han traído hasta la orilla. Una perfecta ninfa del agua…—Rápidamente coge a Alexandra por el cuello y la saca del agua, levantándola en el aire. Es ahí donde ella se da cuenta de la pequeña estatura del hombre.

—Me estás ahogando, enano imbécil—protesta ella, arañando sus manos e intentando soltarse.

—Una ninfa peleona. Creo que a nuestro rey le vas a gustar mucho…

Alexandra le da una patada a su entrepierna, logrando así que la soltase doblándose de dolor. Ella intenta salir corriendo, pero él la vuelve a coger con fuerza del brazo. Se dispone a darle un bofetón cuando una flecha salida de la nada roza su mejilla, comenzando a sangrar. El enano se lleva la mano a la herida.

—¡Maldito elfo hijo de puta!¡Sal aquí, Björn El Cazador!—grita. De la oscuridad del bosque sale un hombre de gran altura, unos cabellos casi blancos y una enigmática mirada felina.

—¿Así es como tu rey te ha enseñado a tratar a las damas, Frodick?—pregunta acercándose a ellos con andares firmes y porte elegante. Mira a Alexandra y sonríe, guiñándole un ojo. «Hipnotizante y seductor…», piensa ella.

—Los elfos siempre tan románticos…—responde con desprecio Frodick, soltando a Alexandra y dejándola de pie en la orilla.

—Y los enanos siempre tan bárbaros y brutos—se burla su seductor salvador—. Mi nombre es…—dice mirándola a los ojos.

—Björn El Cazador, lo sé. Tengo oídos—responde con semblante altivo. Björn esboza una sonrisa y mira a Frodick.

—Ahora es tu problema, amigo. Pero te aviso que tiene carácter, para ser una mujer.

—¡¿Cómo que para ser una mujer?! ¡Estúpido enano mal educado!—le reprocha Alexandra saltando sobre Frodick.

Björn la coge por la cintura, en el aire, evitando su ataque hacia su amigo y se la lleva de allí. Camina con ella cargada sobre su hombro, pataleando y protestando sin parar.

—¡Haz el favor de bajarme ahora mismo, maldita sea!—grita golpeando su espalda con sus puños. Él se ríe ante tal despliegue de energía y fortaleza. Estaba claro que no era una ninfa, ellas no son guerreras. Ésta muchacha era de corazón aguerrido, de fuerte carácter.

—Tal vez, si me pidieses las cosas con más educación…

—¡Oh! ¡Perdóneme, señor! ¡¿Cómo no se me había ocurrido antes?! ¡¿Dónde habré dejado mis modales?! ¡Oh, señor secuestrador quién quiera que seáis, ¿haríais el favor de dejar a esta humilde y delicada damisela en el suelo?!—protesta con sarcasmo.

Björn se para, la deposita en el suelo y la toma del mentón, obligándola a mirar fijamente a esos seductores ojos azules cristalinos. Alexandra traga saliva ante la cercanía de aquel cautivador y atrayente hombre. La coge por la cintura y acerca sus labios hasta los suyos. Su respiración se vuelve entrecortada y siente que su corazón empieza a latir a gran velocidad.

—¿Ves? No era tan difícil, después de todo…—le susurra en ese momento.

—¡Venga! Súbela a tu caballo y vámonos, o Craoldrich empezará a sospechar de nosotros—dice Frodick, apareciendo ante ellos montado en un caballo color marrón.

Sujeto de su mano derecha, lleva un precioso corcel negro. Grande, fuerte y robusto, con porte y trote elegante. «Bonito ejemplar de Frisón.», piensa Alexandra. Björn monta con gran agilidad, y extiende su brazo para ayudarla a ella a subir. Alexandra duda unos segundos, pero comprende que intentar huir sería la peor de las opciones. Además, ni siquiera sabe si podría llegar a su yegua antes de que la volviesen a apresar. Resignada, se coge del brazo de Björn y sube a la grupa del caballo.

—Al menos podrías decirme tu nombre, ya que tú sabes el mío—le dice en cuanto se ponen en camino.

—Alexandra Röustchke.

—Encantado, Alexandra Röustchke.

Cabalgan durante un largo tiempo, atravesando la espesura de aquel desconocido bosque para Alexandra. Observa todo a su alrededor, tratando de reconocer el lugar donde se hallaban, pero apenas logra ver siquiera el camino que llevaba a la mansión. Todo aquello le resulta completamente desconocido. Ese bosque no pertenecía a sus tierras, nada de lo que se iban encontrando pertenecía a los dominios de su familia.

Tras casi dos eternas horas a lomos de aquel majestuoso animal, llegan a un pequeño campamento levantado en un claro del bosque. «El bosque sin fin…», piensa Alexandra. Extraños seres pululaban por allí. Gente de estatura pequeña, al igual que Frodick, portando grandes hachas y martillos con pinta de pesar casi tanto como ellos. Otros hombres muy parecidos a Björn, de orejas puntiagudas, aunque algunos tenían los cabellos negros como el ébano. Y alejado de las tiendas, un carro con algunas mujeres de pieles pálidas con semblante entristecido. Alexandra se fija mejor en ellas y puede observar que tienen alas. Unas alas muy parecidas a las de las libélulas. «Esto tiene que ser un sueño. Demasiados libros de mundos de fantasía. Al final, padre tenía razón…», piensa.

—Hemos llegado. Permíteme que te ayude a bajar—dice Björn bajándose del caballo de un salto. Estira sus brazos para coger a Alexandra de la cintura y ayudarla a bajar sin romperse la crisma.

—Sé bajar sola de un caballo, gracias—protesta ella, apoyando sus manos en sus hombros.

Sin saber por qué, se deja coger por ese desconocido de sonrisa y mirada seductora. Como si apenas pesase más que una pluma, Björn la sujeta entre sus fuertes brazos y la deposita con cuidado en el suelo. Sus cuerpos se quedan peligrosamente cerca, con el lomo del caballo flanqueando su espalda. Se miran fijamente, con la respiración agitada y el corazón latiendo con fuerza.

—No dudo de tus aptitudes, pero me gusta ser caballeroso con una dama tan bella como tu—le susurra. Alexandra siente un cosquilleo recorrerle todo el cuerpo y comienza a sonrojarse.

—Aún no han llegado el resto de los buscadores. Será mejor que la metas en la jaula, junto a las demás…—comienza a decir Frodick, apareciendo junto a ellos y rompiendo la magia que se había creado en aquel momento.

—No la voy a meter en la jaula, amigo—responde Björn con semblante serio.

—¿Pero te has vuelto loco, Cazador? Si el rey se entera de que te has quedado a una de sus ninfas…

—No es una ninfa, Frodick. Mírala bien. ¿Dónde están sus alas?—Frodick dirige su mirada hacia Alexandra y recorre todo su cuerpo buscando alguna señal que le dé la razón. Se acaricia con delicadeza su espesa barba, mascullando para sí.

—Entonces, es una bruja—sentencia.

—Frodick, por favor. ¿Le ves pinta de bruja?—se burla de su amigo.

—Yo sé lo que vi en ese lago, y era magia. Así que, dime tú lo qué es. —Frodick se cruza de brazos, esperando una clara respuesta.

Björn mira a su amigo, pensando qué responder, pero opta por el silencio. Toma a Alexandra de la mano y se la lleva a su tienda. En la intimidad de su alojamiento, Björn comienza a desprenderse de sus armas mientras ella observa cada rincón de aquel lugar.

Diferentes tipos de arcos, espadas y pequeñas dagas junto a una especie de puf gigante. Una pequeña mesa con una serie de libros esparcidos. Siente el impulso de acercarse y coger uno de los libros, pero Björn se gira para mirarla.

—¿Por qué me has traído aquí? Según Frodick, mi lugar está en la jaula—dice Alexandra.

—Ambos sabemos que no eres una ninfa.

—¿Entonces soy una bruja?

—Aún no sé lo qué eres, Alexandra Röustchke, pero tengo pensado averiguarlo. —Björn se acerca ella lentamente, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella intenta caminar hacia atrás, pero tropieza con uno de los pilares que mantienen la tienda levantada—¿Te doy miedo?

—No. No es miedo lo que me produces, pero no sé cuáles son tus intenciones, Björn El Cazador.—Él sonríe, acaricia su mentón y le aparta el pelo de la cara para colocárselo tras sus orejas.—¿Ves algo que te guste?

—A decir verdad, sí. Pero quería comprobar que no eres una especie de elfo desconocido. ¿Quién eres, Alexandra Röustchke?¿Qué extraña y atrayente criatura eres?—susurra acariciando con suavidad sus mejillas. Ella sólo consigue tragar saliva al sentir el cálido aliento de su boca tan cerca de la suya.

—Sólo soy una chica que salió a cabalgar y que quiere volver a su casa—contesta nerviosa.

—¿Y sales a cabalgar sola, en mitad de la noche?¿Por qué?

—Mi-mi padre me dio una noticia que me disgustó, y…yo-yo me fui…—balbucea Alexandra. Las caricias de aquel hombre parecen causar una especie de hipnosis sobre ella, y una ardiente sensación en todo su cuerpo, como reclamando otro tipo de atenciones.

—Vaya…¿Y qué tan mala noticia ha podido darle un padre a una hija, como para que decidiese poner su vida en peligro de esa forma tan irresponsable?—Björn comienza a darle suaves y sensuales besos. Primero en sus mejillas, luego en el cuello.

—Pretende casarme con un completo desconocido…y yo me he negado…—responde Alexandra. Su cuerpo empieza a fallarle y comienza a moverse hacia él, pegándose aún más al de Björn. Su respiración se vuelve agitada, excitada por sus sensuales besos.

—¿Cuál es el problema?—pregunta él, mientras prosigue con sus besos y caricias.

—No me gustan los desconocidos…

—Mmm, quién lo diría.

Con el corazón a punto de estallar, Alexandra sucumbe a sus caricias y cierra los ojos aferrándose a su cuello para no perder el equilibrio. Björn la sujeta entre sus fuertes brazos y le da un profundo y apasionado beso, que hace que pierda casi el sentido. Nunca había estado antes con un hombre, ni nunca antes la habían besado así. Había fuego en sus labios, pasión en sus caricias y deseo en su mirada.

Björn le quita su blanca camisola, dejándola caer a los pies de la mujer que le había hipnotizado desde el primer instante en que la vio emerger de aquellas aguas. Con deseo, mira su pálido cuerpo recorriéndolo con sus manos y sintiendo una enorme urgencia de poseerla. Alexandra parecía estar lista para él y ya no podía contenerse más. Sin más preámbulos, la toma entre sus brazos, la deposita sobre su acolchada cama y le hace el amor con verdadera pasión.

—No me habías dicho que eras pura aún—dice Björn acariciando su desnudo hombro. Alexandra permanece tumbada sobre él, con los ojos cerrados.

—Bueno, no me diste tiempo a contarte nada más…

—Pues, ahora puedes hacerlo. Cuéntame, Alexa. ¿Qué o quién eres, y qué extraño hechizo has lanzado sobre mi?

Alexandra sonríe al oírle llamar de esa forma cariñosa, se incorpora y le da un suave beso en los labios. Él acaricia sus mejillas y le aparta sus rubios cabellos, para poder mirarla fijamente a los ojos. Ella comienza, entonces, a relatarle su historia y de cómo cree haber llegado hasta allí. Él escucha con atención, atraído por el embriagador sonido de su voz. De pronto, Frodick entra agitado en la tienda, como si hubiese visto a un fantasma.

—¡Oh, vamos, Björn! ¿Es que te has vuelto loco? Como Craoldrich se entere, te va a cortar esas orejas de elfo tuyas y te va a destripar. Por no hablar de lo que le hará a ella…—protesta Frodick al verlos desnudos en la cama. Alexandra, sorprendida y avergonzada, se tapa rápidamente con una manta. Björn, en cambio, parecía cómodo mostrando su cuerpo desnudo y su masculinidad.

—¿Es que se avecina una guerra, Frod?—pregunta Björn con sarcasmo.

—Muy gracioso, cazador. Pero como os descubran, tendréis un serio problema. El rey viene con ellos. Parece ser que no he sido el único en enterarse de la llegada de tu bruja. La hechicera del reino ha sentido la magia del portal abrirse, y vienen para aquí. Vienen a por ella, Björn—explica Frodick.

Björn se levanta de un salto de la cama y comienza a vestirse a gran velocidad. Le pide a Alexandra que haga lo mismo, incluso le entrega una gruesa capa del mismo color que las hojas de los árboles, con una amplia capucha que mantendría su rostro y sus cabellos ocultos bajo su sombra.

—¿Se puede saber qué estás haciendo ahora, Björn? No cometas ninguna locura…

—Amigo mío, he de pedirte un gran favor.

—¿No me va a gustar, verdad?—Una pícara sonrisa asoma en el rostro de Björn. Su amigo le conocía bien. Los mira a ambos y suspira, resignado y sabiendo lo que debe hacer— Os conseguiré algo de ventaja, pero debéis salir ya del campamento y sin que nadie más os vea—les dice.

—Algún día te devolveré el favor, mi querido Frodick—afirma Björn dándole un fuerte abrazo a su amigo.

—Ya, ya. Me debes más de un favor, elfo. Tiendes a meterte en bastantes problemas, y a mí contigo.

Aprovechando la oscuridad de la noche y la espesura del bosque, Alexandra y Björn cabalgan a toda velocidad sin mirar atrás. Ella reconoce parte del camino por el que se estaban dirigiendo, y una enorme tristeza se apodera de ella: la lleva de vuelta al lago, de vuelta a su hogar. Se aferra con más fuerza a su cintura, pegando su rostro contra su robusta espalda, cerrando los ojos y dejando que las lágrimas arrollasen por sus mejillas.

Recorren la distancia en menor tiempo del que les había llevado el camino de ida. El caballo parece estar fatigado por el sobre esfuerzo de cabalgar a gran velocidad cargando con dos personas. Pero logran llegar a la orilla del lago sin ningún percance, y no parecía que nadie les hubiera seguido.

Björn desmonta de un salto y ayuda a bajar a Alexandra. La coge de la mano y camina con ella hacia la orilla. En ese momento, ella se para en seco y deja de caminar, apretando la mano su mano con fuerza. Él se gira y la mira.

—¿Y si no me quiero ir?—pregunta ella con los ojos anegados en lágrimas.

—Éste no es tu lugar, Alexa. No es tu mundo. Aquí sólo encontrarás peligros para los que no estás preparada, seres que estarán deseando poseerte y sacarte toda la magia de tu interior. No, no estás segura en un mundo donde la noche se ha adueñado de todo por largos e interminables mil años. Debes volver—explica él.

—Ven conmigo—Björn sonríe y, emocionado por la invitación de ella, la toma entre sus brazos y la besa.

—Mi lugar es este, mi amor. Éste es mi mundo, mi hogar.

—No quiero dejarte, Björn. No puedo…—comienza a decir ella con tristeza.

—Debes hacerlo, Alexa. Debo ponerte a salvo, o pereceremos los dos. Dime, ¿qué hiciste exactamente para abrir el portal?

—No lo sé. Yo-yo sólo nadaba y recitaba un poema que mi abuela me enseñó de pequeña…

—Bien. Nademos pues.

Björn se quita su ropa, toma a Alexandra de la mano y camina con ella aguas adentro del lago. Nadan juntos hasta llegar al puente por el que había cruzado. Él se coloca tras ella, abrazándola por la cintura y transmitiéndole calor y fuerza. Alexandra, con lágrimas en los ojos, comienza a recitar el poema. Entonces, una brillante luz aparece en el centro del puente y un portal parece abrirse ante ellos.

Alexandra puede ver al otro lado a su yegua esperando aún por ella, como si apenas hubiesen pasado varios minutos. Björn la gira para dejarla frente a él. Se miran fijamente, ella con lágrimas en los ojos y él con tristeza. Se abrazan y se besan con pasión. De pronto, las ramas de los árboles que había tras ellos se mueven agitadamente. Una serie de gritos y de voces les indican que les habían dado alcance.

—Vete, Alexa. Vete y encuentra tu felicidad—le susurra con tristeza.

Con una angustia atenazando su pequeño corazón, y una gran tristeza que jamás creerá curar, Alexandra nada hacia el otro lado del puente. Ya a salvo en su mundo, se gira para poder mirar aquellos cristalinos ojos por última vez. Pero cuando se fija más allá del hombre del que se acababa de enamorar, ve a una enorme bestia emerger de entre las aguas y cogiéndolo como si se tratase de una simple pluma. Grita al ver cómo lanzaba a Björn contra los árboles de la orilla, pero cuando nada para volver junto a él el portal cierra sus puertas y Alexandra se queda sola, desamparada y gritando de rabia al cielo de la noche.

Una semana había pasado desde su extraño viaje a un extraño mundo, donde había conocido a un hombre que le había robado el corazón. Un hombre que no sabe si estará vivo o muerto, que se puso en peligro por ella. Apenas salía de su cuarto. La mayor parte de las veces comía y cenaba allí, o en su pequeña biblioteca. Ni siquiera salía a cabalgar. Tan sólo deambulaba por las noches por los pasillos de su hogar, un hogar que sentía extraño.

Un buen día, Alexandra está sentada en su butacón de su rincón favorito en la biblioteca, leyendo un pequeño libro sobre seres mitológicos y el mundo féerico. Había dejado sus clásicos libros románticos y de otros mundos, para buscar información sobre portales y los habitantes de esos mágicos lugares. Concretamente, leía un libro sobre elfos. Concentrada en la lectura y algunas pinturas sobre esos seres mágicos, no se da cuenta que su madre estaba plantada frente a ella.

—Alexandra, los Scheidemann ya están aquí. Tu padre quiere que…—comienza a decirle su madre.

—Bien. Acabemos con esto de una vez.

Alexandra deja su libro sobre la repisa de la ventana, se atusa el vestido y el pelo, y sale caminando con paso firme y decidida. Su madre la sigue de cerca, nerviosa y apretando las manos. Quería conocer a ese desconocido con el que la querían casar y decirle que ya no era virgen. Tal vez así, consiga que la desprecie y anule el compromiso para que ella pueda concentrarse en encontrar la forma de volver junto al hombre que en verdad amaba.

Cuando llega a la altura de la escalera, toma aire y comienza a descender, sujetándose con fuerza al pasamano de madera tratando de obtener la fuerza necesaria para no salir corriendo de allí. Mientras desciende ve a su padre, que la mira fijamente con semblante serio e inquisidor. De espaldas a ella, y hablando con él, había dos hombres. Uno parece más o menos como su padre, aunque más fuerte de complexión. El otro, un muchacho joven de cabellos rubios como los de ella y atados en una sencilla coleta.

—¡Ah, mi querida Alexandra! Por fin estás aquí. Ven, quiero presentarte al señor Arthur Scheidemann y a su hijo…—comienza a presentar su padre. Cuando los dos hombres se giran para mirarla, Alexandra se queda de piedra al ver el rostro del joven muchacho.

—Björn—susurra aferrándose con fuerza a la escalera. Atónita, mira fijamente al joven que esboza una pícara y sensual sonrisa.

—Mi señora. Me llamo Björn Scheidemann y es un placer conocerla al fin—extiende su mano hacia ella, quien tiende la suya para dejar que sus labios se posen sobre su mano. Su cuerpo se estremece al sentir ese beso. Era él, pero ¿cómo?—. Le decía a vuestro padre que me gustaría poder dar un pequeño paseo a caballo con vos, para poder conocernos mejor, si aceptáis la compañía de un desconocido.

—Bueno, en verdad, yo esperaba que pudiésemos…—comenta su padre. Alexandra se apresura a bajar el resto de escaleras, interrumpiendo a su padre sin apenas mirarlo.

—Sí, quiero.

La rápida respuesta de Alexandra deja atónito a su padre, que parecía esperar su clásico ataque de furia como todos estos días atrás desde que le comunicase su compromiso. Su madre, por el contrario, parecía alegre al ver la reacción de su hija. Björn, por su parte, la mira divertido y le guiña un ojo disimuladamente.

Juntos, salen de la mansión y montan en sus caballos.

—¿Lista?—pregunta Björn.

—¿Para qué?

—Para volver a casa.

Y sin más, azuzan sus caballos y desaparecen en la espesura del bosque para no volver jamás.

Conociendo a Sheena

Arqueóloga reconocida y bien valorada entre sus compañeros de profesión, con diversos trabajos publicados en las revistas sobre arqueología más reconocidas a nivel mundial e infinidad de colaboraciones en varios proyectos. Su especialidad son sus estudios sobre las desconocidas, aun hoy en día, tribus indoeuropeas. Concretamente, los celtas.
De nacionalidad escocesa, vive y trabaja en Edimburgo, capital del país, como una de las principales directoras de su departamento en el Museo Nacional de Escocia.

De personalidad introvertida, Sheena Murray es una mujer que le gusta disfrutar de su soledad. Tan solo comparte su vida y sus sentimientos con sus seres queridos más cercanos, Jared y Sophie, a los que considera su familia.
No es muy amiga de las relaciones sociales, aunque, debido a su trabajo, se vea forzada a la interacción con el resto del mundo. Quizás por eso no sea una persona que guste a la gente en las primeras impresiones.
De cabellos color castaño-cobrizo, ondulado y melena larga, que siempre suele llevar recogida en una coleta alta; ojos del mismo color del ámbar; y una figura alta y esbelta, Sheena es una mujer de gran belleza natural… aunque ella no sea consciente y apenas explote su feminidad. Y no será porque sus amigos no se lo digan o hagan ver.

Desde bien pequeña, siempre tuvo la sensación de no pertenecer a este tiempo. Tal vez, el hecho de ser adoptada y no saber nada acerca de sus orígenes la hayan llevado a sentirse desubicada por completo. El único ancla que la mantiene sujeta, y evita que salga huyendo, son su familia, amigos y seres queridos.

Sheena Murray es una mujer que, poco a poco, irá evolucionando a los largo de la saga. Descubrirá por fin la verdad sobre su nacimiento y se convertirá en alguien en quien jamás nadie hubiese imaginado que podría llegar a ser.

“Su destino lleva fijado en el tiempo, mucho antes de su nacimiento”

─ Saga Eden ─

De reseñas y valoraciones anda el juego

Photo by Christian Wiediger on Unsplash

Recientemente, en Amazon, recibí una reseña negativa, más su correspondiente estrella, que ha provocado que bajase la puntuación de uno de mis libros y, por lo tanto, dejase de ser recomendado. Hasta ahí, puede parecer algo normal que a todos los escritores nos pasa y pasará tarde o temprano. Pero el problema viene cuando te das cuenta que esa valoración no habla sobre tu novela, si no que es más bien un problema técnico con el archivo.

Como escritora independiente que ha optado por la autopublicación, invirtiendo muchas horas de escritura, formación y dinero, toda valoración y reseña las considero muy importantes. No solo por temas motivacionales, si no porque te ayudan a aprender, mejorar y seguir trabajando. Por eso, se asumen las críticas ante un/a posible lector/a a quien no le haya gustado tu historia. No le podemos gustar a todos por igual.

Pues bien. Dicho esto, cuál mi sorpresa al recibir notificación sobre una nueva reseña a uno de mis libros publicados en la plataforma de Amazon y ver que, dicha valoración, nada tenía que ver con la novela en sí. No había podido leer mi libro por un fallo de compatibilidad con el archivo. Aun así, la estrella y la reseña negativa me las comí y ahí se quedarán fijadas en el tiempo. Eso ha provocado que, de 4,5 estrellas de puntuación que venía teniendo hasta ahora, bajase a un 3 y, por tanto, mi novela dejase de aparecer como lectura recomendada de la plataforma.

¿Que por qué os cuento esto? Pues porque os puede llegar a pasar algo así, tanto como escritores, como lectores. Si te ves en mi lado de la balanza, te aconsejo que te lo tomes con humor e incluso pienses que esa persona no es consciente de la tremenda faena que te acaba de hacer con semejante valoración. Y si alguna vez os veis en el lado del lector, os recomiendo que os pongáis en contacto con el/la autor/a, o en su defecto con la plataforma.
Las valoraciones y reseñas deberían ser solo unas críticas constructivas que hables sobre la historia en sí, la redacción, la estructura, los personajes, etcétera. Pero si no has podido leer el interior de una novela, malamente podrás valorar y/o reseñar. Es más, incluso se podría enviar un privado al escritor/a con nuestros puntos negativos que nosotros consideremos se deben mejorar.

Como contadores y creadores de historias, para nosotros los escritores, nuestros libros son nuestros hijos. Los parimos con mucho esfuerzo, porque salen de nuestro interior, y esperamos que sean tratados con mimo y respeto. Y no todo le mundo logra filtrar bien las críticas y valoraciones negativas. Creo que hay que tener mucho cuidado con todo esto porque puedes acabar con la carrera literaria de otra persona en un solo click.
De tu valoración y reseña depende que un/a escritor/a independiente pueda seguir publicando sus historias. Bueno, cualquier escritor/a más bien, pero como este caso me pasó a mí…pues eso, me entendéis.

Termino el post animándoos a valorar, aunque solo sea con estrellas sin reseñas, las lecturas que hagáis. No os llevará mucho tiempo y a nosotros nos ayudáis un montón.

Photo by Maarten van den Heuvel on Unsplash

Luna de Sangre (Hijos de la sangre 3)

—¡Abuela! ¡Cuéntame otra vez esa historia!—pide la pequeña Ioana sentada en el regazo de su abuela materna Viorica.

—Pequeña mía, ¿no te cansas de escucharla tantas veces?

—Me gusta mucho, abuela. Cuéntamela una última vez, porfi…—suplica la niña juntando sus manitas y entrelazando sus dedos.

Viorica mira con ternura a su joven nieta, de apenas unos ocho años, y con un cerebro muy curioso. Aprendía muy rápido para alguien de su edad, y en los entrenamientos sobre salía por encima de los demás compañeros como ella. Ioana iba a ser una gran cazadora, sin duda alguna, pero ¿estaría preparada para tomar el liderazgo de su familia y continuar con su linaje de grandes cazadores? Eso es algo que Viorica no tenía tan claro. El tiempo lo dirá.

—Está bien, Ioana. Te contaré la historia de tu nombre, de nuestra familia y de cómo un ser de la noche salvó nuestro linaje…─comienza Viorica a contar la historia de la familia Petronova.

***   ***   ***

—¡Ioana Petronova! ¡¿Cuántas veces he de decirte que no puedes salir sola del recinto por las noches?!—grita una enfurecida Claudia a la joven rusa que no hacía más que ocasionarle quebraderos de cabeza.

Como directora del internado para jóvenes cazadores huérfanos, su misión no es sólo la de entrenar y enseñar. También es la responsable de que se cumplan las normas y de proteger a las generaciones futuras para la lucha contra las criaturas de la noche. Pero Ioana se lo estaba poniendo verdaderamente difícil.

Aún recuerda aquella noche en la que apareció una cestita de mimbre ante sus puertas, con una nota: «Cuídenla bien, y háblenle de su familia masacrada por bestias salvajes. Su nombre es Ioana Petronova». Un bebé de apenas un año de edad, que dormía profundamente bajo el abrigo de la fría noche londinense. Claudia lo recuerda bien puesto que, aquella noche, el astro que gobernaba en los cielos era la conocida y temida luna de sangre.

—Pero directora, no es justo que nos tengan encerrados todo el tiempo. Somos cazadores, sabemos defendernos…—comienza a protestar Ioana.

—Estáis en proceso de formación, querida mía. Aun no sois auténticos cazadores. La caza no tiene nada que ver con los entrenamientos, Ioana. La caza es mucho más peligrosa. No sabéis lo que es enfrentarse a un vampiro, o a un licántropo, o cualquier otro ser de la noche. No, niña, no. Ahí fuera no estáis a salvo—explica Claudia.

—Pero…

—¡Basta, Ioana! No pondrás más en peligro a tus compañeros, ni a la escuela, ni a ti. Estás castigada a labores de archivo. Por el momento, se acabaron los entrenamientos hasta que aprendas disciplina y obediencia—sentencia—. Ahora, por favor, ve a la biblioteca y entrégale al señor Giles esta nota para que te asigne tus nuevas tareas.

Ioana coge la nota con desgana, resoplando y refunfuñando, y sale del despacho de Claudia. Fuera, se apoya contra las paredes revestidas de madera antigua y suspira. «Seguro que se ha chivado la insulsa de Aliena. Tendré que tener unas palabras con ella», piensa de camino hacia la gran biblioteca.

De poco le iba a servir ese castigo, pues tenía pensado volver a salir esa noche y nadie se lo podrá impedir. Por lo pronto, pasea de pasillo en pasillo arrastrando ese pesado carro lleno de libros. Su tarea asignada es la de archivar, y no investigar. Pero no puede evitar echarle algún que otro vistazo a los libros que va trasladando de estantería en estantería. Justo en ese momento, entre sus manos, tiene un libro titulado “Los grandes linajes de los cazadores”.

Comprueba que nadie la ve, ni siquiera el viejo y protestón de Giles, y abre el libro. Comienza a pasar las páginas hasta que se detiene en una de ellas. Boquiabierta y completamente atónita tiene ante ella la historia de su familia: Los Petronova. Emocionada por el hallazgo, lee detenidamente los relatos de las cacerías de la que había sido su familia. Pero, cuando llega al motivo de su desaparición, aparece Giles por el pasillo. Cierra el libro y lo coloca de nuevo sobre el carro, sonriendo nerviosa y esperando no haber sido pillada saltándose las normas nuevamente.

—¡Niña!¡Venga, que es la hora del cierre de la biblioteca! Ya se han ido todos y tú aquí entretenida. Eres muy lenta con tu trabajo, pequeña Petronova…—le recrimina el anciano.

—Soy una cazadora, no una archivera. Tal vez ese sea el motivo de mi lentitud—contesta con rebeldía.

—Ay, niña…Tienes tanto que aprender aun…

—Señor Giles, ¿conoció usted a mi familia?—pregunta Ioana dejando el carro junto a las estanterías y acercándose a él.

—Sí, por supuesto. He conocido a muchos cazadores.

—¿Podría hablarme sobre ellos?

—Tal vez en otro momento, niña. Ahora estoy muy cansado y quiero irme a la cama. Me espera un buen libro junto a mi mesilla de noche, y no quiero demorarme más—responde agitando su mano, indicándole que abandonase el recinto.

Ioana sale de allí, oyendo el enorme portazo que el bibliotecario da a sus espaldas al cerrar la puerta. Camina pensativa por los pasillos del internado, recordando lo leído sobre su familia. «Provengo de un linaje de grandes cazadores…»piensa emocionada. Ahora entiende muchas de sus extrañas habilidades. Lo llevaba en la sangre. Sonríe pensando en la cara que pondrá James cuando se lo cuente.

James MacKenzie es su mejor y único amigo en ese odioso lugar. Su cómplice en todas sus travesuras, y quien la ayudaba con la parte más tediosa del aprendizaje del oficio de cazadora: los exámenes. De ojos azules como el cielo y cabellos rubios como el sol, es todo lo opuesto a ella. Ioana es de piel dorada, ojos castaño oscuros y cabellos largos y negros como el ébano. Unos rasgos distintivos de familias de linaje gitano. Por eso, algunos de sus compañeros, la llamaban La Gitana.

—¡Eh! Pequeña traviesa, ¿te ha regañado mucho la directora Claudia?—pregunta James apareciendo junto a ella por sorpresa.

—Lo de siempre. Unos días archivando y me dejarán volver a los entrenamientos. De poco les va a servir pretender retenerme entre estas paredes…—responde.

—¿Vas a volver a escaparte, verdad?

—Eso sin dudarlo, querido James.

—Iré contigo, entonces—afirma el joven muchacho.

—¿Qué? No, James. No hagas que te castiguen a ti también por mi culpa—le dice cogiéndolo del brazo y obligándolo a mirarla. James la toma del mentón y sonríe.

—Me alaga que te preocupes tanto por mí, mi querida amiga, pero sé cuidarme solo. Además, siempre es mejor ir de dos. Es lo que se nos enseña siempre, ¿no es así?—contesta mirándola fijamente a los ojos. Ioana resopla resignada, sabiendo que tenía la batalla perdida.

—Está bien. A media noche en el lugar de siempre. Si no estás allí, me iré sin ti. Y, por favor, no le digas nada a la insulsa de Aliena o tendré que hablar seriamente con ella.

—Es ella la que me sigue a todas partes como un perrito faldero, Ioana. Yo no le he dicho nunca nada sobre ti, ni sobre nosotros—responde él.

—Tal vez debas contárselo, entonces—asevera Ioana con seriedad.

James la coge por la cintura, acercándola a su cuerpo y besándola profundamente. Ioana se sorprende ante su reacción, pero cede ante sus exigencias y se abraza a él. Durante unos minutos, se besan con pasión y deseo. Un deseo que había crecido entre ellos hacía tan sólo unos meses y que cada vez era más fuerte, aunque habían decidido llevarlo en secreto y poder disfrutar de su intimidad en sus encuentros nocturnos.

—Creo que ya se ha dado por enterada…—susurra James al oído de Ioana.

Aliena estaba tras ellos, mirándolos atónita y con los ojos comenzando a llenarse de lágrimas. Ioana se gira para mirarla fijamente, sonriendo de forma victoriosa. La joven enamorada de su chico responde a su sonrisa con una mirada llena de rabia y dolor. James abraza a Ioana y le da un beso en la mejilla, reafirmando así su relación y haciéndola pública por fin. Aliena se gira bruscamente y sale corriendo de allí, seguida por sus tres amigas.

—Intuyo que me dará muchos problemas…—comenta Ioana suspirando.

—¿Acaso no te los está dando ya?—bromea él.

A media noche Ioana y James saltan el muro que separa el internado con el mundo exterior. Esa noche, la luna era grande e iluminaba a la perfección las calles del Londres victoriano atestado aún de transeúntes y carros que no dejaban de circular de un lado para otro. Caminaron hasta llegar al principio de Broad Street, pero un policía les impide el paso.

—Esta zona está en cuarentena por un brote de cólera, muchachos. Será mejor que cambiéis vuestro camino y volváis a casa. No deberíais andar por estas calles a estas horas…—les informa el agente.

Sin protestar, ni preguntar mucho más, James toma de la mano a Ioana y se alejan de allí rodeando la calle para evitar el contacto con aquella calle. Sin darse cuenta, entran en una zona conocida como el barrio de las prostitutas. A su paso salen mujeres ofreciendo sus servicios, y provocando la risa de los muchachos.

De pronto, de uno de los callejones que comunicaban con Broad Street, se oyen unos gritos de auxilio. Ioana, sin pensarlo, sale corriendo en ayuda de la joven que gritaba entre las sombras de la noche.

Agitada por la carrera, Ioana saca de su chaqueta su afilada daga. Camina lentamente, observando todo a su alrededor y prestando mucha atención a los sonidos que aquella lúgubre calle emitía. Al fondo ve unos pies asomar de entre una pila de cajas. Se acerca y ve a una joven tendida en el suelo, desangrada. Se agacha ante el cuerpo y mira su cuello: marcas de mordida. «Descansa en paz, amiga», susurra cerrándole los ojos.

En ese instante, Ioana siente un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Una clara señal de alerta que le informa que no está sola en ese callejón. Sin pensárselo dos veces, salta hacia atrás sobre la sombría figura que se erguía a sus espaldas y trata de clavarle su daga en el corazón. Con un rápido y ágil movimiento, ese ser de la noche la desarma y la sujeta con fuerza, colocando la punta de su daga peligrosamente contra su garganta. Ioana traga saliva, creyéndose muerta, y cierra los ojos esperando el golpe final.

—No te he salvado la vida para que andes jugando a ser cazadora, Ioana Petronova—susurra aquel misterioso ser.

—Yo no estoy jugando a nada. Soy una cazadora—responde forcejeando e intentando soltarse de los fuertes brazos que la tenían apresada.

—Si fueses una cazadora no te habría podido desarmar tan fácilmente, muchacha.

—¡Suéltame, maldita sea!—Ioana logra soltarse de su captor y lo enfrenta con la mirada.

Ante ella tenía a un apuesto hombre, alto, de facciones marcadas y ojos ambarinos de mirada felina. Hipnotizante y embriagador el aroma que desprendía ese extraño ser. Al momento se da cuenta que tiene ante ella a un vampiro muy poderoso, pero del que no tenía miedo. Le mira fijamente, sintiendo familiaridad con aquellos ojos semejantes a los de un majestuoso león. Él la mira sonriendo, haciéndole entrega de su daga.

—Debes cogerla con más firmeza, o la volverás a perder de nuevo—afirma.

—Al menos podrías decirme quién eres, y cómo es que sabes mi nombre—protesta ella cogiendo de forma brusca su daga y guardándola de nuevo en su chaqueta.

—Mi nombre es Dimitri y soy quien te salvó de una muerte segura cuando aun eras un bebé—Esa respuesta la deja completamente atónita y boquiabierta.

—Ioana…—se oye decir tras ellos.

James aparece de entre las sombras, con su mano colocada en su cuello. De entre sus dedos brota sangre. El joven camina tambaleándose, tropezando con las cajas que hay junto al cadáver de la muchacha que acababa de encontrar. Ioana se apresura a sujetarlo con fuerza, pudiendo ver los dos orificios que había en su cuello. Le habían mordido, pero ¿quién? Dimitri no podía haber sido porque estaba con ella. Había otro vampiro en ese callejón.

Con la ayuda de Dimitri, tumban al muchacho en el suelo. Ioana tiene los ojos anegados en lágrimas, lamentando lo sucedido y recordando las advertencias de Claudia y de todos sus profesores: «Siempre estás poniendo en peligro a tus compañeros». James comienza a ponerse pálido por la pérdida de sangre, el final parecía inminente.

Dimitri, al ver la angustia de la muchacha que tanto le había costado mantener a salvo, se quita su chaqueta, se arremanga la camisa y se muerde la muñeca. De su herida comienza a brotar sangre negra coagulada que acerca a los labios del muchacho. Indica a James que debe beber de su sangre si quiere vivir. Éste toma su muñeca entre sus manos con fuerza y bebe. El vampiro emite un gruñido al sentir la succión de su sangre y aprieta los dientes. Ioana, sorprendida por la generosidad de un ser de la noche, le da las gracias por su ayuda.

—Vaya, vaya, vaya…Así que aquí estás, pequeña. Me ha costado mucho encontrarte. He recorrido un largo camino, ¿sabes? Pero por fin te tengo ante mí. A los dos—comenta una voz femenina de entre las sombras.

Aparece ante ellos otra hija de la sangre. Una vampira que la mira con absoluto deseo, relamiéndose y saboreando su tan preciada presa. Ioana la mira con pánico en los ojos. Ese ser de la noche no era para nada amigable, y algo en su interior le gritaba que debía salir huyendo de allí. Pero no iba a dejar solo a James. Lucharía hasta la muerte, si era necesario.

—Gitana…—balbucea Dimitri debilitado por la pérdida de sangre transmitida a James.

—Hola, Cazador—responde la vampira mirando a Dimitri con absoluto odio—. De nada han servido tus esfuerzos por mantenerla oculta y a salvo de mi, padre. Al final, la he encontrado. Tal y como tú me has enseñado a cazar. Por fin tengo ante mí a la presa que más me ha costado apresar. Prefería que aun fuese ese lindo y tierno bebé que me encontré en esa bonita mansión de San Petersburgo, pero haré una excepción contigo, niña—sentencia mirando a Ioana con hambre.

—¡¿Tú mataste a mis padres?!—grita la joven.

Llevaba por un impulso, Ioana salta sobre Gitana empuñando con fuerza y firmeza su daga. No se percata de que tenía ante ella a una vampira antigua y poderosa, experta en la caza y lucha contra los de su especie. Todos sus intentos de ataques resultaban inútiles. Sólo conseguía asestar golpes al aire mientras Gitana se reía de forma burlona de ella. De pronto, sale corriendo detrás de ella a pesar de los gritos de desesperación de Dimitri por retenerla junto a ellos.

Sin darse cuenta, Ioana se encuentra sola entre la vacía y tenebrosa Broad Street. Por suerte, una de sus muchas y grandes habilidades es ver con facilidad en la noche. Camina despacio mirando a su alrededor, tratando de ver alguna señal que le indique por dónde se había ido la asesina de su familia. Oye unas risas provenientes de otro callejón y corre hacia ellas. Las ratas que correteaban por la calle salen despavoridas al sentir las fuertes pisadas de Ioana en el suelo.

De repente, siente que algo la coge con fuerza del cuello y la lanza contra una de las paredes del callejón. Se golpea con fuerza la espalda y la cabeza al caer al suelo, lo que la deja algo desorientada. Trata de ponerse en pie, pero no lo consigue. Palpa a su alrededor buscando su daga.

—¿Buscas esto, querida?—pregunta Gitana saltando sobre ella, sonriendo y relamiéndose mientras movía la daga entre sus dedos.

Sintiendo el frío aliento de la vampira sobre su rostro, Ioana trata de luchar contra ella, pero las fuerzas la abandonan y parece estar a punto de desmayarse. Entonces, Gitana abre sus fauces para asestarle el golpe final, pero sin saber cómo, sale volando por los aires.

—Ioana… Ioana levántate, vamos—asevera Dimitri con desesperación, cogiendo a la muchacha entre sus brazos.

—Dimitri…—balbucea ella.

—Vamos, niña. No he pasado por tantos tormentos para perderte ahora. Vamos, levanta—Dimitri la ayuda a incorporarse y toma su rostro entre sus manos, asegurándose de que está bien—¿Crees que puedes llegar hasta tu amigo?

—Sí, creo que podré. ¿Y tú?—pregunta angustiada. Dimitri sonríe y acaricia sus mejillas.

—Tranquila. Estaré bien. Pero debes irte y llevarte a James contigo. Dentro de los muros del internado estaréis a salvo.

—Ven con nosotros.

—Sabes que no puedo, Ioana…—comienza a decir Dimitri cuando Gitana aparece ante ellos en ese momento. Él se coloca delante de la muchacha, protegiéndola con su cuerpo─ Gitana, esto es entre tú y yo. Deja que se marchen.

—¡Oh, qué tierno! ¿Qué diría la difunta Ksenia sobre tu cambio de actitud, Dimitri? El Cazador de cazadores, protector de una de las más antiguas casas de exterminadores de nuestra propia raza—comenta con sarcasmo la vampira, avanzando lentamente hacia ellos—. Creo que a los ancianos no les va a gustar nada esta nueva actitud tuya, querido Padre…

—¡Ioana, corre!—ordena Dimitri a la muchacha, quien asiente con la cabeza y sale corriendo sin mirar atrás.

La sangre que Dimitri le había dado a James parece haberle transmitido más fuerza de la que antes tenía, porque corría sujetando la mano de Ioana con fuerza como si no le acabasen de atacar. Saltan el muro del internado y entran sin ser vistos, arropados por la noche y las sombras proyectadas por la arboleda del interior de la escuela que da a los edificios de los dormitorios.

Exhaustos, entran en la habitación de Ioana que, por suerte, estaba vacía. No tienen fuerzas ni para encender la vela de la mesita de noche que hay junto a su cama. Sólo se sientan en el blando colchón, con la respiración agitada y sin soltar sus manos entrelazadas. Ioana mira a James, quien la observa con absoluto asombro y sin comprender lo que acababa de ocurrir. Se fija en las heridas de cuello, unas heridas que habían desaparecido por completo.

Llevados por la excitación y la agitación de lo ocurrido, se lanzan el uno en los brazos del otro y se besan con pasión. Con gran apremio, se quitan la ropa y hacen el amor en absoluto silencio, tendidos sobre una cama que rechinaba con cada movimiento. Al terminar, se quedan dormidos abrazados y desnudos, arropados por las gruesas mantas de su cama. Sólo una leve brisa, fría como el hielo, despierta a Ioana.

Al abrir los ojos, ve que su ventana está abierta dejando pasar la brillante luz de la gran luna llena de aquella noche. No debían ser más de las cuatro de la mañana. Ioana se levanta para cerrarla y se fija en una extraña nota junto a la vela apagada. La coge y lee con atención, sentada en el borde de su cama: «Gitana ya no será más un problema para ti, Ioana. Pero, por favor, no vuelvas a correr un riesgo innecesario. Dimitri». Se asoma a la venta con emoción y ve al extraño vampiro observarla desde las sombras del otro lado del muro del internado. Ioana asiente con la cabeza en señal de gratitud y éste desaparece.

A la mañana siguiente, en un descuido de Giles, vuelve a coger el libro de los linajes y busca de nuevo a su familia. Quería averiguar por qué esa vampira llamada Gitana había asesinado a todo su linaje, y por qué había seguido su rastro durante tanto tiempo. ¿Qué extraña obsesión tenía ese ser de la noche con ella?

Rápidamente encuentra las páginas que hablan sobre su familia y lee atentamente cada palabra escrita hasta llegar al día de sus muertes. Cuando llega al final de la lectura, Ioana deja caer el libro al suelo, atónita y con los ojos llenándosele poco a poco de lágrimas. No puede creerse lo que acaba de leer:

“La familia Petronova fue salvajemente asesinada por el clan vampiro liderado por Ksenia y Dimitri Rusthoff alias El Cazador de cazadores. Un clan sanguinario y poderoso dedicado al exterminio de los cazadores de la noche. Sorprendentemente, la última de los Petronova salvó su vida milagrosamente. Tras esos horribles acontecimientos, nada se sabe de Dimitri o de su clan. Se cree que ha podido morir en aquella cacería, ya que se hallaron restos de polvo de vampiro en la habitación de la pequeña Petronova”

Ioana se lleva las manos a la cara, llorando desconsoladamente y negando con la cabeza. No podía ser, debía de haber algún tipo de error al transcribir aquellos textos. El vampiro que les había salvado la vida a ella y a James, el que la había salvado cuando era aun un bebé, no podía tratarse del causante de las muertes de toda su familia. Derrotada, se deja caer al suelo, sollozando y sin dejar de llorar. Tan sólo un nombre rondaba por su cabeza: Dimitri Rusthoff, El Cazador de cazadores.

Descubriendo a Samaël

Como dicen las escrituras, Samaël era el hijo predilecto de Dios/Yahweh; el más leal y más fiel; comandante de las legiones angelicales y protector de la creación más preciada creada por su padre: la humanidad.

De porte elegante, siempre fue considerado el arcángel más hermoso de todos sus hermanos. No solo por su físico, si no por sus facciones perfectamente cinceladas. A sus dorados cabellos se le suman sus enigmáticos ojos azules, de profunda e hipnotizadora mirada. Samaël fue creado para ser amado y deseado por todo aquel que se acercase a él. El amante perfecto.

Pero no solo es diestro en el amor. La lucha es su gran fuerte y lo que en verdad resalta en él. Temido y admirado de igual forma, Samaël ha nacido para la batalla. Su fuerza, su tesón y su decisión hacen de él un ser prácticamente invencible.
De personalidad fuerte, firme en sus decisiones y siempre fiel a sus principios, se le debe sumar un carácter impulsivo y temperamental. Es por eso que es el único, de todos sus hermanos, capaz de atreverse a contrariar a su padre. Cuando creía que se estaba cometiendo una injusticia, no dudaba en hacerlo saber y, si así se diese el caso, oponerse. Y por ello fue castigado con la expulsión de su hogar.

Lucifer, o Portador de luz, apodo por el que le llama su madre de forma cariñosa y por el que será más conocido, aunque será asociado más con el mal que con el bien.
Con sus seis alas y su espada flamante, que solo puede ser empuñada por él, hacen que sea el ser más poderoso de todos y, por tanto, el más odiado.

La historia de Samaël siempre ha tenido un enorme poder de atracción sobre mí. Quizás por eso sentía la necesidad de crear esta saga, de contar su historia.
Realmente, apenas he cambiado nada sobre su personalidad o su físico. Considero que se le describe a la perfección en todas las escrituras. Su porte, su fiereza en la lucha…tan solo algunas pequeñas pinceladas de mi propia cosecha, pero poco más puedo añadir salvo que quiero uno para mí.

Le Génie du mal, o El genio del mal, o El Lucifer de Lieja.

Guillaume Greefs, 1848-Catedral de San Pablo de Lieja, Bélgica

La creación de una escultura maldita, la cual fue ocultada al público por considerarla demasiado hermosa para mostrar al ángel caído y que os animo a que busquéis porque es digna de conocer. Y la escultura, también. Aunque para eso, hay que irse hasta Lieja.

Foto: Luc Viatour

Yo Dimitri (Hijos de la sangre 2)

Hacía más de quinientos años de la muerte de Ksenia y de su renuncia a ejercer como rey de los Hijos de la Sangre. Hasta abandonó su puesto de líder de su propio clan. Dimitri había elegido vagar en soledad el resto de su eternidad hasta que alguna fuerza mayor decidiese ponerle fin a su vida.
Sólo había una cosa que no podía cambiar: su sed de sangre. Le llevó muchos años controlar aquella sed, aquella necesidad de tomar la sangre de las gargantas de inocentes que se cruzaban en su camino. Intentó nutrirse de la sangre de los animales, pero tan sólo lo debilitaba y no podía permitirse estar débil. No cuando pesaba sobre él una sentencia de muerte por parte de los suyos.
Mi querido Dimitri…” El recuerdo de las últimas palabras pronunciadas por Ksenia, agonizando entre sus brazos, era su mayor sentencia. Tener que vivir con aquel tormento era el peor de los castigos que se le podía imponer a un ser inmortal. ¿Cómo no se dio cuenta de lo que sucedía? ¿En qué momento, Ksenia y él, habían perdido el control sobre sus hijos, su clan? Rememorar aquellas semanas era un dolor que atenazaba constantemente su frío y muerto corazón.

—Debes perdonar a Gitana, mi amor—dice Ksenia.
Aún estaban exhaustos tras la cacería. Había sido una noche muy instructiva para sus hijos, tanto los renacidos como los ya instruidos en el arte de la caza. Todo un grupo de cazadores, bailando alrededor de aquella gran hoguera y al son de la música, que no se esperaban un ataque así.
—No puedo, Ksenia. Aún no. Eso que ha hecho, esa atrocidad…—responde Dimitri, tumbado desnudo boca arriba en su confortable cama. Tras cada cacería, siempre se despertaba un hambre voraz entre ellos y culminaban con sus cuerpos totalmente desnudos y haciendo el amor con pasión, locura y devoción.
—Ella sólo ha hecho lo que se le ha enseñado. Lo que tú le has enseñado, Dimitri.
—Jamás la enseñé a devorar bebés. Ni a desmembrarlos con esa saña, ese sadismo. No, yo no la entrené para eso—asevera con semblante serio.
El recuerdo de aquella imagen de Gitana sosteniendo el cadáver de ese pequeño cuerpo que apenas rondaría los seis meses de vida, le golpea con dureza. Tanto que hasta le hace estremecerse. Y la posterior discusión con ella no hacía más que empeorar la situación. Gitana le había reprochado que se hubiese vuelto tan blando y selectivo a la hora de cazar. Para ella, ese bebé, era un potencial cazador y, tal y como él le había enseñado, todos los cazadores eran peligrosos para su especie y, por lo tanto, debían morir.
—Amor mío, ¿ya no recuerdas el sadismo con el que atacaste aquel grupo de cazadores en Bucarest? Acabaste con todos y cada uno de ellos, sin hacerte ni un solo rasguño. Aquella masacre viajó por todas partes llegando a oídos de los ancianos. Un vampiro que caza a nuestros mayores enemigos, un vampiro que extermina a los asesinos de los vampiros. Gitana nació ese día, ¿recuerdas? Tú la creaste. Es nuestra primera hija juntos. No puedes darle la espalda así…—Con su dulce y melodiosa voz, Ksenia siempre lograba ablandar el frío corazón de Dimitri.
—Aquello fue diferente, querida. Iban a matarte, o a hacerte cosas peores. Simplemente actué por instinto, me dejé llevar por mi…—comienza a explicarle.
—…por tu condición de vampiro. Un Hijo de la Sangre, al igual que ella.
—Pues tal vez debamos empezar a cambiar eso. Ya es hora de una evolución en nuestra especie. Tal vez, así, dejen de temernos y sentir la necesidad de darnos caza. Tal vez…—Ksenia se incorpora sobre su torso desnudo y le mira fijamente, sorprendida por las palabras de Dimitri.
—No creo que a los ancianos les guste ésta nueva visión tuya, Dimitri. Y menos cuando están a punto de nombrarte nuestro rey…
—Bueno, no tienen por qué enterarse. El cambio comenzará con nuestra ascensión porque, amor mío, cuando sea nombrado rey, tú serás mi reina. —Y tras aquellas palabras, los futuros reyes vuelven a ser apresados por la pasión de sus cuerpos desnudos.

Días más tarde, Dimitri se encuentra recorriendo los pasillos de una enorme y antigua mansión situada a orillas del río Nevá en San Petersburgo. Como siempre, otra incursión en el seno de un gran grupo de cazadores. Pero había algo diferente en este grupo. Nunca había oído hablar de cazadores con ese estatus tan alto entre la sociedad. Generalmente eran grupos de gitanos a los que solían dar caza, ya sea en sus poblados o en el trayecto de sus viajes.
Allí había salas de estudio, una grande y gigantesca biblioteca donde había libros que se refería a ellos como Seres Sobrenaturales. Y otras mil especies más de seres que viven bajo el abrigo de la noche. Libros de historia, libros de ciencia, libros de religión. ¿Qué extraño lugar era ese?
Dimitri camina entre cuerpos desangrados en el suelo, envueltos muchos de ellos por papeles que había esparcidos a su alrededor. Sus hijos devorando aún a los supervivientes de aquella masacre, quienes lo miraban con absoluto terror y suplicando piedad. Extrañas armas colgadas por todas y cada una de las paredes de aquella oscura mansión.
Ve a Gitana subir corriendo las enormes escaleras de mármol gris, como si la persiguiese el mismísimo demonio. De pronto, escucha un sonido: el lamento de un bebé. Una enorme punzada le atenaza el corazón. Como una exhalación, Dimitri sube aquellas escaleras siguiendo el sonido del llanto.
Cuando entra en una de las habitaciones, encuentra a Gitana con un bebé entre sus brazos y dispuesta a devorarlo. Sus ojos lo miraban con hambre, se relamía de pensar en lo sabrosa que iba a ser esa sangre mientras el pequeño niño se agitaba entre sus brazos y lloraba sin cesar.
— ¡Suéltalo ahora mismo, Gitana! —Con una sepulcral voz y una fría mirada, Dimitri ordena a su hija que cese en su ataque.
— ¿Por qué? Pronto será un cazador más que matará y buscará la forma de exterminar nuestra especie—responde con soberbia.
—Te he dado una orden, Gitana. No me obligues a…
— ¿A qué? ¿A castigarme otra vez? ¿Vas a castigarme por hacer lo que tú me has enseñado todo éste tiempo? Yo era como ellos, sé cómo piensan. Cuando naces cazador, nada te cambia. Nada, salvo la muerte. El bebé debe morir—sentencia.
Gitana abre sus fauces y se dispone a clavar sus colmillos en el frágil cuerpo del niño, pero Dimitri es más rápido que ella y, en dos zancadas, llega hasta su altura. Le arrebata el niño de los brazos, la coge con fuerza del cuello y la lanza fuera de la habitación. Gitana, airada y llena de rabia, simplemente se levanta y se aleja de allí.
Dimitri coge una manta y arropa al niño que no dejaba de llorar como si presintiese que la muerte estaba rondado a su alrededor. No puede evitar sonreír cuando este le sujeta uno de sus fríos dedos con fuerza y emite una pequeña y tierna sonrisa. Recuerda, entonces, su deseo de ser padre cuando estaba vivo. Y posiblemente tuviese algún que otro hijo bastardo, pero ya nunca lo sabría.
De pronto, y como salida de la nada, Gitana salta sobre él portando un largo cuchillo de plata. Dimitri sólo puede ver, con absoluta sorpresa e incredulidad, la figura de su primera hija dispuesta a acabar con la vida de su creador. Se gira con la intención de proteger al pequeño con su cuerpo, esperando sentir el tan horrible frío acero clavarse en su espalda. Pero no siente nada.
Deja con suma delicadeza al bebé en su cuna, se gira para enfrentarse a Gitana, pero lo que ven sus ojos lo deja casi en estado de shock. Ksenia estaba entre ambos, con la daga clavada en el corazón y retorciéndose de dolor con la inminente llegada de su muerte. Cae al suelo ante él, que se apresura a arrodillarse y tomarla entre sus brazos. Gitana, atónita y temerosa por la reacción de Dimitri, sale huyendo de la mansión y desaparece entre las frías sombras de la noche.
— ¡Ksenia, no! ¡Mi amor, tú no! —grita un desesperado Dimitri con el cuerpo de su amada comenzando a deshacerse.
—Mi amor, mi querido Dimitri…—susurra Ksenia sabiendo que había llegado su hora.
Con los ojos anegados en lágrimas, Dimitri ve cómo su amada reina abandona para siempre su compañía inmortal. Su cuerpo se deshace en minutos, siendo absorbidos sus líquidos por la alfombra de pelo blanco que había bajo sus cuerpos. Sólo quedaban los huesos, los restos de un amor que, en segundos, ya no volvería a sentir. Al intentar tomar la calavera entre sus manos, ésta se deshace en millones de granos de arena. Una brisa proveniente de la ventana abierta de la habitación arrastra por completo los restos de Ksenia.
Arrodillado, con los puños cerrados y las lágrimas arrollando por sus mejillas, Dimitri grita. Grita de dolor y desesperación; de rabia y odio. Grita por la soledad que se le avecina. Por la muerte de su gran amor, de su amante y fiel compañera desde hacía más de doscientos años. Poco a poco, el resto de sus hijos y de su clan fueron apareciendo por aquella habitación, arropando al que es su líder y llorando con él la pérdida de su madre.

Una semana más tarde, se encontraba ante el consejo de los ancianos. Había sido requerido ante ellos, ya que, tras la muerte de Ksenia, este les había notificado su decisión de renunciar a ser rey de los Hijos de la Sangre. Al parecer, nunca nadie se había opuesto a éste nombramiento y eso les inquietaba bastante.
—Parece ser que no sólo has decidido abandonar a tu clan y a toda tu especie, sino que has estado tramando una pequeña conspiración contra nosotros. Algo que tú llamas Evolución, ¿no es así, Dimitri? —El actual rey estaba ante él, exigiéndole respuestas ante tales acusaciones.
—No sé de dónde sacáis esa información, mi señor…—Dimitri comienza su alegato cuando, junto a los seis ancianos sentados en sus confortables sillones, ve a Gitana. En ese momento, comprende el por qué de su juicio. Deja de hablar, agacha la cabeza y sonríe.
— ¿Os hace gracia algo de todo esto, Cazador? —se oye decir a uno de los ancianos. Cazador, así era como le habían apodado. El Cazador de Cazadores.
Dimitri levanta la cabeza y dirige su mirada hacia Gitana, para luego pasar a observar uno a uno a todos los allí presentes. Con actitud altiva se gira y baja del púlpito en el que se colocaban todos los que iban a ser enjuiciados. Hace una reverencia ante el rey y los ancianos, sin dejar de sonreír, y comienza a caminar con paso firme y decidido hacia la salida.
El alboroto que se comienza a formar en aquella sala le divierte. Algunos estaban sorprendidos por su actitud rebelde; otros gritaban y vitoreaban la osada acción de Dimitri, y los ancianos gritaban completamente indignados ante su desfachatez. Podrían haber intentado apresarlo, o asesinarlo tal vez, pero su fama de gran luchador les mantenía inmóviles en sus posiciones. En algunos soldados pudo ver sonrisas de complicidad.
— ¡Alto ahí! ¡¿Cómo osas darnos la espalda a nosotros, a tu rey?! ¡¿Quién demonios te crees que eres?! —grita el rey en la lejanía de la sala. Dimitri se para en ese momento, toma aire y se gira muy lentamente.
—Yo soy Dimitri.
Y sin más, desaparece entre las sombras de la gélida noche de San Petersburgo para no volver jamás.