De reseñas y valoraciones anda el juego

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Recientemente, en Amazon, recibí una reseña negativa, más su correspondiente estrella, que ha provocado que bajase la puntuación de uno de mis libros y, por lo tanto, dejase de ser recomendado. Hasta ahí, puede parecer algo normal que a todos los escritores nos pasa y pasará tarde o temprano. Pero el problema viene cuando te das cuenta que esa valoración no habla sobre tu novela, si no que es más bien un problema técnico con el archivo.

Como escritora independiente que ha optado por la autopublicación, invirtiendo muchas horas de escritura, formación y dinero, toda valoración y reseña las considero muy importantes. No solo por temas motivacionales, si no porque te ayudan a aprender, mejorar y seguir trabajando. Por eso, se asumen las críticas ante un/a posible lector/a a quien no le haya gustado tu historia. No le podemos gustar a todos por igual.

Pues bien. Dicho esto, cuál mi sorpresa al recibir notificación sobre una nueva reseña a uno de mis libros publicados en la plataforma de Amazon y ver que, dicha valoración, nada tenía que ver con la novela en sí. No había podido leer mi libro por un fallo de compatibilidad con el archivo. Aun así, la estrella y la reseña negativa me las comí y ahí se quedarán fijadas en el tiempo. Eso ha provocado que, de 4,5 estrellas de puntuación que venía teniendo hasta ahora, bajase a un 3 y, por tanto, mi novela dejase de aparecer como lectura recomendada de la plataforma.

¿Que por qué os cuento esto? Pues porque os puede llegar a pasar algo así, tanto como escritores, como lectores. Si te ves en mi lado de la balanza, te aconsejo que te lo tomes con humor e incluso pienses que esa persona no es consciente de la tremenda faena que te acaba de hacer con semejante valoración. Y si alguna vez os veis en el lado del lector, os recomiendo que os pongáis en contacto con el/la autor/a, o en su defecto con la plataforma.
Las valoraciones y reseñas deberían ser solo unas críticas constructivas que hables sobre la historia en sí, la redacción, la estructura, los personajes, etcétera. Pero si no has podido leer el interior de una novela, malamente podrás valorar y/o reseñar. Es más, incluso se podría enviar un privado al escritor/a con nuestros puntos negativos que nosotros consideremos se deben mejorar.

Como contadores y creadores de historias, para nosotros los escritores, nuestros libros son nuestros hijos. Los parimos con mucho esfuerzo, porque salen de nuestro interior, y esperamos que sean tratados con mimo y respeto. Y no todo le mundo logra filtrar bien las críticas y valoraciones negativas. Creo que hay que tener mucho cuidado con todo esto porque puedes acabar con la carrera literaria de otra persona en un solo click.
De tu valoración y reseña depende que un/a escritor/a independiente pueda seguir publicando sus historias. Bueno, cualquier escritor/a más bien, pero como este caso me pasó a mí…pues eso, me entendéis.

Termino el post animándoos a valorar, aunque solo sea con estrellas sin reseñas, las lecturas que hagáis. No os llevará mucho tiempo y a nosotros nos ayudáis un montón.

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Mi aventura como escritora

“Abandonad toda esperanza los que entráis aquí”

La divina comedia – Dante Alighieri

Estando sentada en mi pequeño despacho, pensando en cómo afrontar este post y recordando los inicios, me he dado cuenta que llevo metida en este mundo de la escritura desde 2016. Cuatro años de andanza con mis manuscritos, de rechazos con algunas editoriales, de palos mal dados en algunos concursos literarios, etc. Sí, han sido unos años muy intensos…y yo pensando que habían pasado nada, dos añitos de nada.

Quizás debería empezar por el principio, por mis inicios, pero eso me llevaría a remontarme a mi época de juventud. Digamos que siempre he tenido la necesidad de escribir, de contar historias sobre vidas de personajes que imaginaba en mi mente viviendo mil y una aventuras. Vidas que, en muchas ocasiones, hubiese deseado poder vivir en primera persona. Pero no me remontaré tan lejos, aunque sí puedo decir que estoy rescatando viejas historias guardadas y dándoles su más que merecido repaso. ¿Quién sabe? A lo mejor sale más de una bonita novela de ahí…

Me voy a ceñir solo a la aventura que ha sido para mí durante todos estos años, llenos de ilusiones, de fiascos, caídas y de volver a levantarse. Ha sido un camino largo, tedioso en algunas ocasiones, pero muy satisfactorio al final.
Cierto es que debes empezar en algún momento y cometer errores, caerte y golpearte. Pero también debes aprender de ello y levantarte para retomar el camino con más fuerza. Es duro, sí, pero, al final, los triunfos que consigues son tuyos. Nadie te ha regalado nada. A mí eso, personalmente, me encanta.

Llevo cuatro años de formación, de duro trabajo y de un gran esfuerzo que, a veces, no me puedo permitir por mi enfermedad. Pero aquí sigo y con la ilusión de futuros proyectos en mente que van tomando forma poco a poco. Perseverancia, ese es mi secreto y el de cualquier meta que te propongas. No desistir, ni permitírtelo siquiera. Por supuesto, con sus momentos de descanso y desconexión o te acabas volviendo loca/o. Como todo en la vida, hay que saber dosificarlo. Pero si a la primera piedra en el camino ya te das por vencido, no lograrás nunca cumplir tus objetivos.
Y no es fácil, nadie dijo nunca que lo fuera. Por eso se llama esfuerzo, porque no te lo regalan al salir del portal de casa. Pero, en serio, merece la pena. A mí, personalmente, me merece la pena con haber logrado salir de mi zona de confort y mostrar al mundo mis creaciones. No es fácil, y mucho menos para alguien introvertida como lo soy yo y a la que no le gusta nada de nada destacar en la vida. Me gusta ir a lo mío, a mi ritmo y con mi entorno en el que siento segura. Correr riesgos innecesarios es algo que no me suelo plantear mucho. Pero lo hice y me siento orgullosa de mi esfuerzo. Y más al ver los comentarios, en general, tan positivos y tan bonitos de otros lectores que conectan con mis historias y se enganchan a mi pluma. Eso no hay dinero que te lo pague.

Así que, como digo muchas veces y he oído decir a infinidad de escritores, a escribir se aprende escribiendo. La paciencia, la perseverancia y el tesón son la mejor compañía para cualquier camino que decidas emprender. Pero, sí diré, que se necesita mucha formación porque nadie nace aprendido. Y no pasa nada por reconocerlo y por pedir ayuda. Fórmate, asesórate y lee mucho a otros autores. Y con eso ya tienes las herramientas necesarias para poder comenzar tu andadura por el mundo literario.

Conviviendo con la fibromialgia (parte II)

Comienzo esta segunda parte de mi andadura por los escabrosos pasillos de una enfermedad crónica como es la fibromialgia y la fatiga crónica con el punto de inflexión al que terminé llegando y que, gracias posiblemente a mi cabezonería, me ha llevado a seguir el camino que me ha dado, a día de hoy, la posibilidad de tener una vida medianamente digna.

Y sonando de fondo mi canción favorita de todos los tiempo, These Days de Bon Jovi, empezamos con mi escalada personal. Como ya conté en la anterior entrada, el diagnóstico ya estaba conseguido y la batería de medicinas a digerir cada día también estaba servida: entre 10-12 pastillas todos los días durante casi dos años. Obviamente, con todos esos químicos en tu cuerpo recorriendo tus venas y arterias, no tienes ni ganas de comer. Pero, oye, engordas como un cerdo listo para la matanza. Para que os hagáis una idea: mido 1’69cm y llegué a pesar 100 kilos.

Pues nada. A ponerse a dieta y a hacer el tan maravilloso ejercicio que todos te dicen que tienes que hacer porque tu cuerpo te duele por la inactividad. Te mentalizas y te dispones a ello, pero ¡SORPRESA! tu cuerpo no reacciona. Es más, pestañear te provoca tales dolores que ni te planteas hacer ningún movimiento más. Entonces, ¿qué narices hago, señores?¿Me suicido por sentirme un despojo de la sociedad? Era una opción, pero es que nunca en mi vida se me pasó por la mente. Sinceramente, amo demasiado la vida y todo lo que me rodea como para acabar con ella tan fríamente.

Con todo eso, las voces a mi alrededor no cesan en ningún momento. ¿Qué hice? Bien, volví a pedir ayuda al mismo especialista que en su día dejó claro que yo no tenía ninguna depresión y me dijo:

—Tienes que mandar a la mierda todos esos mensajes negativos y, sin entrar en debates con la gente, decirles que o te apoyan, o se van. Suena mal, pero tienes que ser más borde e intransigente con tu salud porque nadie más que tú sabe por lo que estás pasando.

—Uy, eso de ser borde se me da genial—respondí hasta orgullosa de poder explotar lo que siempre había considerado un gran defecto de mi personalidad.

Dicho y hecho. Dejé aflorar mi auténtica personalidad y ahí empezó todo a cambiar para bien. No os penséis que me paso el día mandando a paseo a la gente (que es una opción, pero saturas los caminos). Simplemente decidí centrarme en mi, en estudiar a fondo la enfermedad e ir anotando su evolución en mi cuerpo. Sí, lo fui anotando. Reíros, pero creo que es la mejor forma de que tomes conciencia de lo que le pasa a tu cuerpo.

Lo primero que hice fue dejar toda la medicación que me estaban dando, previa conversación con mi médico. Me senté a hablar con él y fui directa al grano: ¿hay alguna probabilidad de que mejore, o voy a tener siempre estos dolores horribles? La respuesta me lo dejó claro: nunca vas a dejar de sentir dolor.

Bien, pues tomé la decisión de limpiar mi cuerpo de los químicos que me mantenían en un estado casi vegetativo el día entero (en serio, los zombies de The Walking Dead tenían más vitalidad que yo) y me puse a buscar terapias alternativas. Hablé con más gente que las estaba aplicando, mientras dejaba que mi cuerpo limpiase toda esa batería de ponzoña que me habían metido. Os puedo asegurar que fue el año más difícil de mis casi cuarenta años. Horrible, no os podéis hacer una idea. Y no sólo por el síndrome de abstinencia que me dio, sino porque el dolor afloró con más fuerza aún.

Limpiado mi cuerpo de todo eso, comencé con las terapias alternativas. En concreto, con el CBD. ¡HA SIDO LA MEJOR IDEA QUE PUDE TENER! Comencé con las infusiones de cannabis cbd sativa para ayudar a mi cerebro a desconectar por las noches y el cambio, en pocos días, fue brutal. Hasta mi marido se sorprendió de lo alegre que me levantaba, dolorida, pero alegre.

Poco a poco fui introduciendo más elementos: aceite de cbd, melatonina natural, triptófano, vitaminas, etc. Todo de forma natural y saludable. Modificar las comidas según iba notando que me hacían mayor beneficio y un largo etc. Y todo, siguiendo consejos de gente en mi misma situación que decidieron hacer lo mismo que yo y llevaban mucho tiempo con estos tratamientos.

¡ALELUYA!¡HABEMUS VITA!

Llevo casi tres años con estos tratamientos y ahora puedo decir que he dejado de ser un zombie. Salgo, viajo, hasta hago deporte (el que mi cuerpo y la enfermedad te permite, obviamente, aunque para algunos sigue sin ser suficiente porque parece ser que si no levantas 200 kilos de hierro sobre tus espaldas y caminas 100 km no estás haciendo ejercicio).

Ahora viene la parte divertida del momento en el que estoy. Es más una determinación que he tomado y que, al menos a mi, me funciona.

Le puse cara a la enfermedad y nombre: Michín, el mono que toca platillos dentro de mi cuerpo.
Él está a su bola ahí dentro, dándole al asunto, hasta que se aburre y empieza a toquetear botones que no debe. Es ahí cuando mi cuerpo se dedica a hacer cosas raras. Por ejemplo, para poneros en situación: Cojo una taza sin mayor problema que el sujetarla con la mano. Michín toca botones y, de pronto, mi cerebro le manda la orden a mi mano de abrirse y ¡poff! a la porra la taza. Todo esto, viéndolo con cara de idiota y pensando “¿Qué eres gilipollas?”.

Pues ese es Michín, el mono que me hace la vida mucho más divertida (porque, realmente, es divertida).

En este punto, decir que la memoria falla mucho y olvidas palabras. También es Michín, que toquetea lo que no debe y cuando intentas decir lápiz, verbalizas algo así como “fuera de juego”. ¿Por qué? No tengo ni idea, pero es super divertido porque estás siendo consciente de todo como si tuvieses un ente apoderándose de tu cuerpo y haciendo lo que le da real gana con él. Sin mencionar la cara que se le queda a la gente que está contigo en ese momento.

Podéis imaginaros lo difícil que es escribir una novela con un compañero de juegos tan divertido como Michín. Que, a veces, me veo negra para encontrar el nombre exacto de un lugar, o una palabra que signifique lo que en mi cerebro se lee claramente. Es muy complicado, pero bueno. Discuto con él cada cinco minutos, llegamos a un acuerdo y me deja tranquila por unas horas. También discuto con mi ordenador, no os penséis que esto es sólo con Michín, jejeje.

Y nada. Este es mi largo y tedioso a veces camino con la fibromialgia y la fatiga crónica. Por si aún hay alguno que no sabe lo que se siente con esta enfermedad, voy a explicarlo con un ejemplo: Imaginaros tener un dolor de muelas intenso a todas horas, durante todos los días de vuestra vida. Pues eso es tener fibromialgia y fatiga crónica.

Hasta aquí mi relato resumido de estos años de lucha y peleas diarias. Ahora me toca seguir trabajando en mis libros y poder seguir publicándolos.

Conviviendo con la fibromialgia (parte I)

Aquí me encuentro, escribiendo un texto sobre mi experiencia con esta enfermedad y escuchando música a la vez. Y voy a comenzar la nota con un consejo: “Cuando vuestro médico os diga que debéis parar porque vuestro cuerpo no está respondiendo bien, y si no paras, será tu cuerpo el que tome el mando, hacedle caso.”

Yo no lo hice y seguí sobrecargándolo hasta que, efectivamente, tomó el control por mi. Y ahora, así estamos: discutiendo como un matrimonio todo el día mi cuerpo y yo.

Sé cual fue el detonante de la enfermedad, pero no fue quién la creó. No. Cada día se sabe más sobre ella y tengo claro que me viene de mucho más lejos, aunque es cierto que siempre hay un detonante que la activa. Ese, me lo guardo para mi.

Me diagnosticaron por primera vez con treinta y tres años, y fue de la forma más simpática. No os voy a agobiar con los detalles, pero sí os diré que me vi sentada en una sala de urgencias ante un médico que me decía su diagnóstico: “Puede ser una muela picada, o un tumor cerebral.” Algunos romperían a llorar, o a gritar. A mi me dio por reírme y decirle: “Entonces, ¿que pido consulta para el oncólogo y para el dentista?”. El propio médico se sorprendió de mi reacción porque no era lo normal, pero no sé que se esperaba. Joven y con un diagnóstico así, ¿qué querían que hiciese?¿Tirarme a las vías del tren? Pues me lo tomé con humor.

Ese fue el primer peldaño de una larga lucha y escalada a una “estabilidad” positiva en mi vida actual. No os negaré que fue dura, y aún lo sigue siendo porque esto no tiene cura. Hubo muchas pruebas médicas, analíticas, pinchazos en la cabeza, etc. Después, me inflan a pastillas que podían provocar de todo: entumecimiento de articulaciones, fallo de memoria, fallo en la vista, fallo multiorgánico, y hasta unas cuyas contraindicaciones decían que había “posibilidad de tener pensamientos asesinos” (esta parte es muy divertida porque mi marido sudaba en frío cuando nos lo explicaba el neurólogo XD). Obviamente, con toda esa batería de químicos, me puse como un globo aerostático. Porque no os engañéis: los médicos, cuando no saben lo que tienes, para paliar el dolor te inflan a cortisona por un tubo.

Apenas comía, ni salía casi de la cama porque, en esas condiciones de debilidad ilógica, era imposible ni vestirse. No era capaz ni de coger una taza porque me moría de dolores, o simplemente se me caía al suelo sin lógica alguna. Así me vi: joven, sin saber lo que tenía exactamente y teniendo que ayudarme muchas veces a desvestirme, incluso a ducharme porque sola no podía.

A todo eso, tienes que aguantar que tu entorno te diga lindeces como “eso es que eres una vaga”, “lo que tienes que hacer salir y ponerte a trabajar”, “está todo en tu cabeza”,”eres una exagerada”, un largo etc. Te lo acabas creyendo, ojo. Por muy fuerte de mente que seas (y yo me considero muy fuerte en ese aspecto, llamarlo cabezonería o lo que queráis, pero no se me maneja tan fácilmente), acabas doblegándote y llegando a pensar que puede que te lo estés inventando.

Llegados a este punto, y habiendo analizado todas las posibles opciones, accedí a hablar con un terapeuta. Pero cuál fue mi sorpresa cuando el psicólogo, por tres veces que me mandaron los médicos de la tan maravillosa Seguridad Social, escribe un informe diciendo que ni tengo depresión, ni problemas mentales (salvo las locuras típicas que van con mi personalidad). Que lo único que necesitaba era un diagnóstico claro para poder tomar las riendas de mi vida.
¡POR FIN UN MÉDICO QUE ME ESCUCHA Y ME TIENDE LA MANO!

Pues bien, diagnóstico definitivo: fibromialgia, fatiga crónica y el sistema inmune como las maracas de machín. A partir de aquí, ya podemos ponernos a trabajar en ello y encontrar un equilibrio lo bastante confortable para poder sobrellevar el día a día.

Brevemente resumido el camino hasta ahora recorrido en esta primera parte. En la segunda, ya hablaré de cómo voy llevando el día a día y de lo que a mi me funcionó para obtener una leve estabilidad, que no mejoría.

Creando un reino. Creando Eden

Crear unas saga no es algo fácil. No sale de la noche a la mañana, ni en unas horas que emplees delante de tu ordenador o libreta. Realmente, una saga lleva mucho mucho tiempo de gestación.
Primero se empieza por la idea. Ese momento en el que se te enciende la bombilla y empiezas a generar ideas e imágenes formando una historia. Eso te puede pasar de cualquier manera: una canción, un libro, una película, una imagen, una conversación… En mi caso, ese momento se remonta a un tiempo muy lejano en mi vida. Concrétamente a mi infancia.

Tal y como expliqué, de forma breve y resumida, en el primer libro de Eden, mis primeros años de estudios los realicé en un colegio de monjas. La lectura de la biblia era algo obligatorio, por así decirlo, y la religión cristiana algo que ni se podía plantear uno cuestionarla. Salvo yo. Como siempre me ha pasado a lo largo de mi vida, necesito razonar todo lo que tengo ante mí y comprenderlo. No soy mucho de creer por simple hecho de tener Fe. Eso, ciertamente, me ha causado bastantes problemas y no solo hablando en temas religiosos. Ya sabéis que una persona que no se deja manipular fácilmente, ni se cree todo lo que le dicen, es considerada casi una paria de la sociedad. Resumiendo bastante, para no alargar mucho el artículo, digamos que siempre tuve mis dudas sobre lo que me contaban de los ángeles, arcángeles, Lilith, Samael y todos los seres mitológicos de los que se habla en las llamadas “Sagradas Escrituras”. Siempre hacía la misma pregunta: ¿Alguien conoce la versión del famoso hijo expulsado del reino de los cielos? Y con esa duda, fuí creciendo y dándole vueltas, alguna que otra vez, a esa posibilidad.

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Cuando decidí retomar esa historia, anoté las ideas que me habían ido surgiendo durante todos estos años para hacerme un pequeña mapa visual de todo. Una vez plasmado a grandes rasgos lo que yo pretendía contar, tocaba indagar de forma más profunda en esos temas. Había que documentarse al máximo, siempre teniendo claro que se trataba de una fantasía.
Empecé con la idea de crear un solo libro cuyo título iba a ser “La sombra de Eva” y hablaría sobre la historia de Lilith, la primera esposa de Adan (no, no voy a tildar este nombre porque no es de origen castellano y me niego a castellanizarlo todo. Los nombres deberían ser escritor, pronunciados y utilizados en sus formas originales). Leí mucho sobre ella, me documenté todo lo que pude y no ha sido fácil porque no os creáis que hay muchos textos o libros que hablen claramente sobre ella. Más bien te dan pequeñas pinceladas. Me gustaba lo que me iba encontrando, pero, aún así, no acababa de hacer esa explosión en mi cabeza. Esa que te golpea con cientos de imágenes y empieza a enlazarte historias hasta formar una más grande. Decidí dejarlo reposar un tiempo y darle vueltas desde otra perspectiva.

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Escribí otras cosas, me centré en distraer mi cerebro un poco para poder retomarlo más adelante y estar más fresca. Pero esa historia seguía martilleando con fuerza en mi mente. Hasta que un día, escuchando a uno de mis grupos favoritos en la presentación de su nuevo disco, obtuve la tan ansiada explosión. Todo empezó a cobrar sentido. El mapa empezó a trazar líneas que iban uniendo unos textos con otros y me iban diciendo qué historia debía contar. Y no era la que yo había iniciado, no. La historia que golpeó con fuerza en mi mente y en todo mi interior era responder aquella pregunta que siempre hacía de pequeña en el colegio. Esa pregunta tenía un claro protagonista que me pedía contar su historia: Samael. Y así comencé sin prisa, pero sin descanso.

A parte de la estricta y exhaustiva documentación para esta saga, había que añadirle mi empeño por aprender el oficio de la escritura. Porque no sirve solo con tener una buena idea, o un buen plan. Hay que formarse para hacerlo bien. Y con esta historia quería hacerlo muy bien. Así que, me vi envuelta en un mar de libros formativos para mi crecimiento y aprendizaje como escritora, y en textos, documentos y artículos sobre los seres mitológicos que llevan conviviendo con la humanidad desde sus orígenes.
Fue saliendo un libro, dos, tres… Cuando me quise dar cuenta, tenía seis libros creados con sus argumentos y su línea temporal creada. Personajes principales creados con sus propias personalidades, diferentes reinos, etc. En fin, que me lié la manta a la cabeza y se me fue de las manos la cosa. Pero he de confesar que me divertí mucho, aunque me causó alguna que otra jaqueca horrible. Tanta información en un cerebro, creedme, no es buena. Pero al final conseguí lo que quería y la historia me tiene cada día más enganchada. ¡Ya véis! ¡Enganchada a mi propia saga! Merece la pena tanto esfuerzo. Al menos, para mí y con eso ya me siento una ganadora.

Y como digo en la introducción del primer libro de la saga:

Bienvenidos al reino de Eden