¡¡Estamos en Halloween!!

A estas alturas, creo que todos conocemos los orígenes celtas de esta festividad. Aun así, haré un breve resumen sobre esta fiesta o celebración que a tantos gusta y/o atrae.

La palabra Halloween viene a ser la forma acortada en escocés de la expresión inglesa All Hallow’s Even, o All Hallow’s Eve, que viene a ser la víspera de todos los santos del 1 de noviembre.
La festividad celta conocida como Samhuinn, o Samhain, significa “fin del verano“. Viene de la combinación de las palabras en gaélico antiguo Samh (verano) y Fuin (final). Por lo tanto, es la celebración del cambio de estación; del fin del verano (luz) y comienzo del invierno (oscuridad). A través de Samhain, el año se dividía en dos mitades opuestas: luz y oscuridad, fertilidad y aridez, fuego y hielo… Vida y muerte.
Pero no quiero hablaros sobre los orígenes históricos de Halloween, sino del origen del famoso “Truco o trato” y del tallado de calabazas.

Trick or Treat

Originalmente, el “truco o trato” era una leyenda popular de origen céltico según la cual no solo los espíritus de los difuntos eran libres de vagar por la Tierra la noche de Samhain, si no toda clase de entes procedentes de todos los reinos espirituales. Entre ellos había un ser malévolo que deambulaba por pueblos y aldeas pidiendo el famoso “truco o trato“.
La leyenda asegura que lo mejor era hacer trato, sin importar el coste, ya que el truco que emplearía este malvado ser sería maldecir la casa y a sus habitantes. Dicho ser será conocido por el nombre de “Jack o’Lantern“, o “Jack el de la linterna“.

Pues bien, aunque se ha generalizado la traducción “truco” en castellano del inglés “trick” y “trato” literalmente por “treat“, su traducción exacta debería ser “susto o dulce“, o “travesura o golosina“. Por eso, cuando los niños disfrazados llaman a una casa y esta se niega a darles golosinas, ellos se verán obligados a gastarles una broma, siendo la más común arrojar huevos contra la puerta.

Jack el linterna y las tradicionales calabazas de Halloween

Jack o’Lantern, linterna de Jack en inglés, es una calabaza tallada con una vela encendida en su interior. Pero su origen tiene lugar en el folklore irlandés y escocés. Precisamente, en octubre de 2018, pude conocer esta leyenda mientras pasaba unos días en Edimburgo.

Hay varias versiones de esta leyenda o mito, pero la más conocida es esta:

“Jack estaba siendo perseguido por algunos aldeanos, a quienes había robado, cuando se encontró con el Diablo. Al decirle este que había llegado su hora de morir, Jack hizo un trato con el Diablo. Alegando que sus perseguidores eran fieles de Dios, le propone que se transforme en una moneda de plata. Con ella, pagaría a los aldeanos por los bienes robados. Después, el Diablo/moneda desaparecería misteriosamente, lo que originaría enfrentamientos y peleas entre los aldeanos.
El Diablo acepta el trato y se transforma en moneda, saltando así al interior de la bolsa de Jack. Pero, dentro, se encuentra con una cruz y se queda atrapado. Jack había engañado al Diablo y solo accede a liberarlo tras la firme promesa de no llevarse su alma jamás.
Tras un tiempo, como cualquier otro ser vivo, Jack muere. Obviamente, al cielo no podía ir por todas sus fechorías cometidas en vida. Pero al infierno, tampoco. Así que se encontró solo, sin saber a dónde ir y vagando por la oscuridad de las tinieblas.
El Diablo, a modo de burla tras verlo vagar sin rumbo y sin poder ver en la oscuridad, le lanza una brasa del fuego del infierno que nunca dejaría de arder. Jack ahueca uno de sus nabos, su comida favorita, y pone la braza en su interior, creando así una linterna con la que vagaría el resto de su eternidad. Por eso, pasó a ser conocido como Jack el de la linterna”.

Del tallado de nabos, se derivó al tallado de calabazas con la supuesta cara tenebrosa de Jack. Estas, se colocarían en las ventanas para ahuyentar al diablo y a todo espíritu maligno de sus hogares. Y en el norte España también se ahuecaban nabos y se colocaban velas para marcarles el camino a las almas hacia su regreso a la luz y descanso junto al Dios sol.

¿Os ha gustado la historia? ¿Ya tenéis vuestras calabazas talladas y bien colocadas en vuestras ventanas?

¡¡Feliz Halloween a todos!!

De reseñas y valoraciones anda el juego

Photo by Christian Wiediger on Unsplash

Recientemente, en Amazon, recibí una reseña negativa, más su correspondiente estrella, que ha provocado que bajase la puntuación de uno de mis libros y, por lo tanto, dejase de ser recomendado. Hasta ahí, puede parecer algo normal que a todos los escritores nos pasa y pasará tarde o temprano. Pero el problema viene cuando te das cuenta que esa valoración no habla sobre tu novela, si no que es más bien un problema técnico con el archivo.

Como escritora independiente que ha optado por la autopublicación, invirtiendo muchas horas de escritura, formación y dinero, toda valoración y reseña las considero muy importantes. No solo por temas motivacionales, si no porque te ayudan a aprender, mejorar y seguir trabajando. Por eso, se asumen las críticas ante un/a posible lector/a a quien no le haya gustado tu historia. No le podemos gustar a todos por igual.

Pues bien. Dicho esto, cuál mi sorpresa al recibir notificación sobre una nueva reseña a uno de mis libros publicados en la plataforma de Amazon y ver que, dicha valoración, nada tenía que ver con la novela en sí. No había podido leer mi libro por un fallo de compatibilidad con el archivo. Aun así, la estrella y la reseña negativa me las comí y ahí se quedarán fijadas en el tiempo. Eso ha provocado que, de 4,5 estrellas de puntuación que venía teniendo hasta ahora, bajase a un 3 y, por tanto, mi novela dejase de aparecer como lectura recomendada de la plataforma.

¿Que por qué os cuento esto? Pues porque os puede llegar a pasar algo así, tanto como escritores, como lectores. Si te ves en mi lado de la balanza, te aconsejo que te lo tomes con humor e incluso pienses que esa persona no es consciente de la tremenda faena que te acaba de hacer con semejante valoración. Y si alguna vez os veis en el lado del lector, os recomiendo que os pongáis en contacto con el/la autor/a, o en su defecto con la plataforma.
Las valoraciones y reseñas deberían ser solo unas críticas constructivas que hables sobre la historia en sí, la redacción, la estructura, los personajes, etcétera. Pero si no has podido leer el interior de una novela, malamente podrás valorar y/o reseñar. Es más, incluso se podría enviar un privado al escritor/a con nuestros puntos negativos que nosotros consideremos se deben mejorar.

Como contadores y creadores de historias, para nosotros los escritores, nuestros libros son nuestros hijos. Los parimos con mucho esfuerzo, porque salen de nuestro interior, y esperamos que sean tratados con mimo y respeto. Y no todo le mundo logra filtrar bien las críticas y valoraciones negativas. Creo que hay que tener mucho cuidado con todo esto porque puedes acabar con la carrera literaria de otra persona en un solo click.
De tu valoración y reseña depende que un/a escritor/a independiente pueda seguir publicando sus historias. Bueno, cualquier escritor/a más bien, pero como este caso me pasó a mí…pues eso, me entendéis.

Termino el post animándoos a valorar, aunque solo sea con estrellas sin reseñas, las lecturas que hagáis. No os llevará mucho tiempo y a nosotros nos ayudáis un montón.

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Mi aventura como escritora

“Abandonad toda esperanza los que entráis aquí”

La divina comedia – Dante Alighieri

Estando sentada en mi pequeño despacho, pensando en cómo afrontar este post y recordando los inicios, me he dado cuenta que llevo metida en este mundo de la escritura desde 2016. Cuatro años de andanza con mis manuscritos, de rechazos con algunas editoriales, de palos mal dados en algunos concursos literarios, etc. Sí, han sido unos años muy intensos…y yo pensando que habían pasado nada, dos añitos de nada.

Quizás debería empezar por el principio, por mis inicios, pero eso me llevaría a remontarme a mi época de juventud. Digamos que siempre he tenido la necesidad de escribir, de contar historias sobre vidas de personajes que imaginaba en mi mente viviendo mil y una aventuras. Vidas que, en muchas ocasiones, hubiese deseado poder vivir en primera persona. Pero no me remontaré tan lejos, aunque sí puedo decir que estoy rescatando viejas historias guardadas y dándoles su más que merecido repaso. ¿Quién sabe? A lo mejor sale más de una bonita novela de ahí…

Me voy a ceñir solo a la aventura que ha sido para mí durante todos estos años, llenos de ilusiones, de fiascos, caídas y de volver a levantarse. Ha sido un camino largo, tedioso en algunas ocasiones, pero muy satisfactorio al final.
Cierto es que debes empezar en algún momento y cometer errores, caerte y golpearte. Pero también debes aprender de ello y levantarte para retomar el camino con más fuerza. Es duro, sí, pero, al final, los triunfos que consigues son tuyos. Nadie te ha regalado nada. A mí eso, personalmente, me encanta.

Llevo cuatro años de formación, de duro trabajo y de un gran esfuerzo que, a veces, no me puedo permitir por mi enfermedad. Pero aquí sigo y con la ilusión de futuros proyectos en mente que van tomando forma poco a poco. Perseverancia, ese es mi secreto y el de cualquier meta que te propongas. No desistir, ni permitírtelo siquiera. Por supuesto, con sus momentos de descanso y desconexión o te acabas volviendo loca/o. Como todo en la vida, hay que saber dosificarlo. Pero si a la primera piedra en el camino ya te das por vencido, no lograrás nunca cumplir tus objetivos.
Y no es fácil, nadie dijo nunca que lo fuera. Por eso se llama esfuerzo, porque no te lo regalan al salir del portal de casa. Pero, en serio, merece la pena. A mí, personalmente, me merece la pena con haber logrado salir de mi zona de confort y mostrar al mundo mis creaciones. No es fácil, y mucho menos para alguien introvertida como lo soy yo y a la que no le gusta nada de nada destacar en la vida. Me gusta ir a lo mío, a mi ritmo y con mi entorno en el que siento segura. Correr riesgos innecesarios es algo que no me suelo plantear mucho. Pero lo hice y me siento orgullosa de mi esfuerzo. Y más al ver los comentarios, en general, tan positivos y tan bonitos de otros lectores que conectan con mis historias y se enganchan a mi pluma. Eso no hay dinero que te lo pague.

Así que, como digo muchas veces y he oído decir a infinidad de escritores, a escribir se aprende escribiendo. La paciencia, la perseverancia y el tesón son la mejor compañía para cualquier camino que decidas emprender. Pero, sí diré, que se necesita mucha formación porque nadie nace aprendido. Y no pasa nada por reconocerlo y por pedir ayuda. Fórmate, asesórate y lee mucho a otros autores. Y con eso ya tienes las herramientas necesarias para poder comenzar tu andadura por el mundo literario.

El olor de la sangre (Hijos de la sangre 1)

Sintió el cálido y amargo sabor de la sangre derramarse por su garganta.
—Hum, óxido…hierro oxidado… —Las primeras palabras pronunciadas por un joven Dimitri, tras absorber el olor de la sangre que brotaba del cuello de aquella joven bailarina. Aún la sujetaba con fuerza entre sus fríos brazos, acariciándole sus largos y ondulados cabellos negros como el ébano. La miraba con deseo, con hambre, pero también con tristeza. Le acababa de quitar la vida a la joven que creía haber amado en secreto, la muchacha a la que tanto le gustaba ver bailar al son de la música de su violín. Aquella joven gitana de ojos verdes brillantes que lo tenía hipnotizado noche tras noche.
—Debemos irnos, mi joven aprendiz—le susurra su misteriosa dama de la noche.
—Quiero hacerla igual a mí. Enséñame a convertirla. —La desesperada súplica de Dimitri, provoca cierta congoja en el corazón de Ksenia. No era el primer Hijo de la Sangre que creaba, pero con Dimitri todo era diferente. Él era diferente.

Desde que cruzaron sus miradas en aquel baile de máscaras, en Bucarest, sintió una fuerte conexión con aquel prometedor joven de ojos ambarinos. Un joven que no dudó en engatusarla con amables y sensuales palabras, adulaciones y hasta algún que otro chascarrillo que provocaba en ella una risa que hacía tiempo creyó haber perdido.
Hijo de un importante miembro de la corte real de Valaquia, Dimitri rebosaba confianza y seguridad en sus dotes de negociación. Tenía una gran facilidad de palabra y, por eso, era tan famoso entre los más importantes grupos de las féminas de la corte. A veces, incluso, pecaba de pretencioso y de soberbio pero esas eran las facetas que más le atraían de él. Todas esas cualidades le hacían un ser especial y sin miedo a mostrarse tal y como era. No dudaba en asaltar a las muchachas por los pasillos, en esconderse en las recámaras del palacio junto a alguna de las damas que reclamaban de sus espléndidas dotes como amante. No, Dimitri no era un ser normal.
Aunque ella fue la primera en posar la mirada en aquel joven rebosante de vida, él fue quien dio el primer paso. Con suma elegancia y delicadeza, Dimitri la había sacado a bailar aquellos acordes de piano y violín que tanto le gustaban. Bailaron y rieron durante horas, casi toda la noche, en aquella atestada pista de baile del gran salón del palacio. La gente los observaba y cuchicheaba mientras ellos se divertían sin ningún tipo de tapujos, ni vergüenza. Aquel descaro fue lo que la terminó de enamorar y, por eso, decidió tomarlo bajo su protección.
Cada tarde, Dimitri aparecía por la escalinata de su mansión de piedra y la deleitaba con la maravillosa música que producían sus dedos al acariciar aquellas cuerdas de aquel viejo violín. El violín de Nicolai, que llevaba sin ser tocado desde hacía más cien años. Aquel joven Dimitri le recordaba tanto a él, que no dejaba de observarlo completamente embelesada. Bailaba al compás de la música y sonreía sin cesar, mientras la devoraba con la mirada.
No pasaron muchos días, desde su primer encuentro, hasta que por fin se dejaron llevar por la pasión y la atracción que entre ambos había surgido. Ksenia creía que sería ella quién enseñaría a un joven Dimitri algunas artes amatorias, pero nada más lejos de la realidad. Fue él quien la enseñó a ella ciertas astucias en el lecho. Era un gran conocedor del cuerpo femenino y, como tal, un gran amante. Y así se fue estrechando su relación, y sus visitas cada vez eran más asiduas. Tanto fue así que, un buen día, Dimitri decidió trasladar su vivienda a su mansión. Después de tantos años de soledad, y de un corazón prácticamente frío, Ksenia volvía a sonreír. Volvía a ser feliz, volvía a sentir.
Nunca le había ocultado la verdad sobre su naturaleza, sobre quién era ella y el por qué de sus ausencias en la noche. Aunque sintió miedo el día que se lo confesó todo, se sorprendió al ver cómo Dimitri simplemente asentía con la cabeza y aceptaba su condición de Dama de la Noche. No tuvo miedo, no salió huyendo, ni intentó asesinarla. Nada cambió entre ellos, salvo la pasión. Una pasión que crecía cada día, a cada encuentro. Con cada beso y cada caricia. Hasta que un día le pide que lo convierta en un ser como ella. Ahí, todo cambió.

—Despierta, querido mío. Tengo mucho que enseñarte…—le había susurrado aquella noche.
Tras su última noche de pasión como humano, Ksenia decidió convertirlo en un Hijo de la Sangre como ella. En su compañero de la noche, su amante por siempre. Le había dado de beber su sangre, le había dejado saborear el jugo mortal de sus venas, para luego morder su latente yugular y devorar la sangre que brotó de ella. Para su sorpresa, no vio miedo en los ojos de Dimitri. Y, eso, la asustó. ¿Qué acaba de crear? ¿Qué ser saldría de aquella unión?
— ¿Ya soy como tú? —preguntó él, abriendo sus ojos y mirándola fijamente.
—Ya eres como yo, mi querido Dimitri. Ya eres un Hijo de la Sangre, mi compañero de por vida y mi aprendiz, por el momento. —Ksenia le extiende su mano, que él coge sonriente y con firmeza.

Aún recuerda su primera caza, juntos, y su primera víctima. Acechando entre las sombras, buscó a la que sería el sacrificio perfecto para él. Y no tardó en encontrarla. Las primeras horas son cruciales para un ser recién creado. Debe beber sangre, o morirá evaporado dejando un reguero de cenizas a su paso. Ksenia engatusa a una pareja de amantes que se habían escondido en el refugio de la oscuridad de uno de los callejones de Bucarest para poder desatar su pasión sin ser vistos. Siendo conocedora del apetito voraz que se tiene cuando se despierta por primera vez, no quiso demorar mucho aquello y pasó directamente a devorar el cuello del joven, mientras Dimitri sujetaba a la muchacha con una mano en su boca para impedir que los gritos alertaran al resto de los viandantes.
—Debes beber con tranquilidad, despacio, o absorberás su último aliento de vida y perecerás tú también con ella. —Casi como una madre que enseña a sus polluelos a levantar el vuelo, Ksenia acariciaba el revoltoso y negro pelo de un Dimitri que devoraba aquella joven con la típica impaciencia de un renacido.
—Tengo hambre, no puedo parar…—protesta él al ser obligado a soltarse del cuerpo inerte de la joven.
—Tranquilo, mi joven aprendiz. Tenemos toda la noche para tu entrenamiento, y el resto del día para nuestro disfrute personal. —Y tras aquellas palabras, movido por un impulso animal, Dimitri le hace el amor allí mismo. Entre dos cadáveres desangrados y tirados de cualquier forma sobre aquel frío y sucio suelo, desataron la pasión que había entre ambos. Fueron observados por los ojos sin vida de aquella pareja que tan sólo quería disfrutar de la intimidad de sus cuerpos, pero fueron condenados por la oscuridad.

Dimitri aprendía rápido, mucho más rápido que cualquier otro hijo creado por ella. Eso la hacía enorgullecerse tanto que no veía la hora de llevarlo ante su gremio y presentarlo como su consorte y jefe de su linaje. Esas aptitudes de liderazgo que había visto en él, cuando aún era humano, ahora eran más grandes. Sería un gran rey, tan grande como amante en la cama que era. Pero ¿y fiel? ¿Sería fiel a su amor? ¿Seguiría amando a su creadora para siempre? Pronto conocería la respuesta. Demasiado pronto.

—Te veo muy alegre en éste día tan gris y silencioso, mi amor. ¿Quieres compartir conmigo el motivo de tal despliegue? —le pregunta al verlo entrar tan jovial y saltarín por su habitación.
—He conocido a alguien increíble. —Dimitri no dejaba de sonreír, mientras se quitaba las botas y la ropa poco a poco.
—Pues sí que te ha sentado bien la visita a tus familiares. Háblame de él. —Ksenia cierra el libro que estaba leyendo y lo deja sobre su mesita de noche para escuchar con atención la fabulosa historia que le contaría él.
—No es él. Es ella. —Aquella confesión dejó a Ksenia completamente helada, más de lo que ya estaba. Incluso creyó sentir que su corazón comenzaba a latir con fuerza, aunque llevaba muerto desde hacía más de cien años.
— ¿Una mujer? ¿Dónde la conociste? —Temía preguntar, temía la respuesta, pero temía aún más perderlo a él.
—Ha llegado una caravana de gitanos a Bucarest. Están acampados a las afueras de la ciud…—comienza a relatar.
— ¡¿Gitanos?! —Ksenia se levanta de golpe de la cama, asustada y temerosa; pálida más aún de lo que suele estar. Aquella expresión de horror, sorprendió tanto a Dimitri que se levanta corriendo a abrazarla. Nunca la había visto tan asustada. ¡Qué diablos! Nunca la había visto asustada.
—Tranquilízate, Ksenia…—susurra para tranquilizarla.
— ¡¿Dime que no has estado con ellos?!
—Cielo, pero ¿qué te pasa con los gitanos?
—Que nos conocen, Dimitri. Que saben de nuestra existencia. Que, como nosotros, son criaturas de la noche. Que son cazadores de nuestra especie. —Aquel dato, nuevo para él, lo dejó prácticamente en shock. ¿Acaso alguien podía matarlos? ¿Por qué no le había explicado aquello antes? —No puedes acercarte a ellos, Dimitri. ¿Lo entiendes? No debes dejarte ver, sobre todo por la noche—asevera ella con firmeza.
—Pero…no puedo. Quiero volver a verla. Quiero…quiero volver a sentirla… —Los balbuceos de Dimitri la hacen pasar de la angustia a la ira.
Como más antigua que él, y su creadora, lo coge fuertemente por el cuello y lo lanza al otro extremo de la habitación. Sus ojos estaban inyectados en sangre y sus venas estaban hinchadas, tanto que parecía que iban a explotar. Él, instintivamente, logra caer sobre sus pies y se enfrenta a ella. Dos seres de naturaleza inmortal y tan sólo cubiertos por sus propias pieles, se enzarzan a una dura pelea. Una lucha que acabó con ellos haciendo el amor como unos salvajes seres sedientos de sangre.
Tras finalizar, se dejan caer exhaustos sobre la cama. Él le cuenta, sin tapujos, cómo fue su encuentro con aquella mujer. Le cuenta que, de camino de vuelta de ver a sus padres, escuchó unas risas joviales y una música que le atrajo de una forma impulsiva, casi sin control. Dijo que comenzó a caminar como hipnotizado hacia una luz que, poco a poco, se iba haciendo más grande. Que llegó hasta una enorme hoguera donde había un gran grupo de gente tocando varios instrumentos y mujeres bailando alrededor de las abrasadoras llamas. Y fue ahí donde la conoció. Una joven gitana de cabellos negros y de mirada esmeralda, que no dudó en cogerlo de las manos y sacarlo a bailar con ella.
Que saltaron y rieron sin parar, hasta que ella se lo llevó al interior de su carromato e hicieron el amor. Recuerda cada centímetro del cuerpo de aquella mujer, cada rincón saboreado. Recuerda lo mareado que estaba de tal excitación que le había producido aquel encuentro. Recuerda, incluso, que ella tenía un violín y que él se ofreció a mostrarle su habilidad con el instrumento. Que estuvieron encerrados en aquel carromato durante días, desnudos y sin dejar de acariciarse. Que apenas comían nada, ni él sintió sed alguna.
Con cada palabra y cada explicación, Ksenia se sentía más muerta que nunca. Su compañero, el ser que había creado para ella, había posado los ojos en otra mujer de la misma forma en que ella los había posado sobre él en su día. Aquella verdad la entristeció de tal forma que la sed comenzó a apoderarse de ella. Sin más palabras, y habiendo dejado a Dimitri terminar con su relato, se levanta de la cama y se viste.
— ¿A dónde vas, mi amor?
—Necesito comer, Dimitri. Tu confesión me ha dejado algo alterada y, ahora, necesito saciarme.
—Te acompaño. —Él hizo amago de levantarse pero ella se lo impide.
—No. Quiero ir sola. Tú has tenido tu momento con otra mujer. Ahora me toca a mí. Intenta no meterte en más líos, y procura que no nos maten por tus escarceos—sentencia una más que dolida Ksenia. Dimitri sólo puede llegar a asentir con la cabeza pues, cuando quiso responder a aquellas acusaciones, ya estaba sólo en la habitación.

La rabia era un gran catalizador que aumentaba la sed hasta niveles casi incontrolables. Sólo los más viejos conseguían tener el poder de controlarse bien y, aunque ella era longeva, aún no entraba dentro de la Orden de los antiguos. Caminó absorta en sus pensamientos, tratando de controlar su ira, pero no conseguía apagar esa sed. Sólo podía hacer una cosa. Decidida, emprende camino hacia el origen de su desequilibrio.
Tal y como Dimitri le había descrito, no le fue difícil encontrar el campamento gitano, desoyendo sus propios consejos de mantenerse alejados de los únicos seres capaces de darles caza hasta la extinción. Y tal y como contó él, la música la envolvió de tal forma que le fue prácticamente imposible dar la vuelta. Comprendió, entonces, lo que sucedía. Los gitanos tocaban la música de la noche, la canción de los vampiros. Una música maldita para ellos que hacía que fuesen hacia ella como las polillas a la luz. Así era cómo los cazaban, así era como los desenmascaraban.
Lo que no entiende es por qué Dimitri seguía vivo, entonces. ¿Por qué le permitieron marchar? ¿Acaso querían usarlo para que los llevase hasta su nido? ¿Hasta ella? Sin control alguno sobre su cuerpo, Ksenia caminó hasta el centro de la congregación de cazadores que la miraban sonrientes y victoriosos. Vio, tal y como Dimitri contó en su historia, el grupo de bailarinas danzar alrededor de la hoguera y a los músicos tocando de forma alegre. Una joven la coge de las manos y la invita a bailar, algo que ella hace sin poder negarse. Y de igual forma que él le había descrito, se la llevó al interior de su carromato y comenzó a quitarle la ropa.
Sin saber cómo, Ksenia se vio desnuda sobre la cama de una joven gitana que saboreaba sin cesar cada rincón de su cuerpo. Esparcía por su piel una extraña crema e iba recitando unas palabras en un idioma desconocido para ella. No conseguía levantarse, no podía negarse a todo aquello. Estaba en un estado de embriaguez absoluta, como si la hubiesen drogado. En el exterior, la música seguía sonando. Y así siguió durante todo el ritual que la joven gitana recitó. Hasta que, sin saber cómo ni por qué, la música cesó y pasaron a oírse gritos en el exterior.
Como movida por un impulso, la joven gitana saca una daga y, al grito de Strigoi, se lanza contra una Ksenia aún hipnotizada. Creyó que sería su fin, se creyó muerta pues no conseguía que su cuerpo reaccionase para poder defenderse. Vio el brillante filo del cuchillo descender de forma vertiginosa sobre su muerto corazón, pero, sin saber cómo, la joven suelta la daga y la deja caer al suelo. Ksenia levanta la vista y ve a Dimitri aferrarse con rabia al cuello de la joven, bebiendo como un loco sediento recién convertido. No hubo gritos, no hubo lucha. Tan sólo un encolerizado Dimitri que acabó con cada uno de los integrantes de aquella caravana.

Cuando vio que Ksenia tardaba en volver, un temor se apoderó de él. Adivinando lo que su compañera se proponía a hacer, Dimitri se había vestido como una exhalación y había salido corriendo de la mansión en dirección al campamento gitano.
Al principio, la música se apoderó de él de la misma forma que la otra vez, pero al oír a algunos gitanos decir que “la vampira iba a ser sacrificada” no lo dudó. Sin saber cómo, rompió el embrujo y, llevado por la más grande de las rabias, cazó y mató a cada uno de ellos. Bebió de su sangre, dejándoles el tan temido último aliento de vida derramarse por sus abiertas gargantas.
Fue uno a uno entrando en cada carromato, aniquilando a todo ser vivo que se encontraba por el camino, hasta llegar al de la joven gitana que la había hecho el amor con tanta pasión las noches anteriores. Vio a Ksenia tendida sobre la cama, desnuda y embadurnada de un extraño y apestoso líquido. La gitana levantaba una daga con firmeza y adivinó cuáles eran sus intenciones.
Sin pensárselo dos veces, se lanzó sobre ella y la devoró. La devoró con rabia, con ira y con hambre. Y la devoró con tristeza, pues había sentido algo muy profundo por aquella muchacha. Estaba convencido de que se había enamorado de ella. Hasta que se dio cuenta que iba a matar a la mujer que en verdad amaba.
—Dimitri, debes parar… —Recuperadas sus fuerzas por completo, Ksenia posa su mano sobre el hombro de su compañero.
—Intentó matarte, intentó matarme haciéndome creer que estaba enamorado de ella. Debo matarla—contesta Dimitri entre gruñidos y con la boca llena de la sangre que brotaba del cuello de la joven.
—Mi amor, déjala caer. Debemos irnos, mi joven aprendiz—le dice ella con suavidad y dulzura.
Había venido en su busca, la había rescatado de una muerte segura. Y había descubierto lo mucho que la amaba, pues él también se puso en un serio peligro al asaltar sólo todo un campamento lleno de cazadores experimentados. ¿Quién era Dimitri? ¿En qué maravilloso ser se estaba convirtiendo? No sabía la respuesta, pero sí sabía que estaba deseando descubrirlo y pasar el resto de su eternidad junto a él.
—Quiero hacerla igual a mí. Enséñame a convertirla. —Dimitri se había convertido en un ser perverso. Había decidido convertir a su cazadora, en el ser que más odiaba en el mundo y que tanto le gustaba cazar: un vampiro. Ksenia, orgullosa de su creación, le enseña a crear su propia estirpe.

Mientras la joven gitana dormía sobre su cama, Ksenia y Dimitri hicieron el amor sobre la sangre derramada de la cacería. Se dejaron llevar por la pasión y la victoria que suponía haber acabado con un grupo de cazadores tan grande como aquel. Pero había algo que Ksenia no comprendía. ¿Qué hacían exactamente allí esos gitanos? ¿Cómo sabían dónde debían cazar? Esas preguntas amartillaron su cabeza hasta que se levanta de forma impulsiva y comienza a rebuscar entre los papeles de los carromatos. Dimitri la seguía sin saber muy bien qué estaban buscando hasta que, de pronto, ella sale de uno de ellos con una carta en la mano y al grito de ¡Eureka!
Dimitri coge la carta y la lee con detenimiento. Con cada palabra, una vorágine de emociones se iba apoderando de él. Aquella carta la había escrito su padre. Era una desesperada solicitud de la ayuda de aquellos cazadores para devolverle a su querido y amado hijo. Aquel joven en el que había depositado tanto trabajo en formación para guiar y gobernar el linaje de su familia, y que le había sido arrebatado por un monstruo. Invadido por la furia, rompe la carta en mil pedazos y entra en el carromato de la gitana que empezaba a despertarse.
—Debes guiarla, igual que yo te guié a ti en su día, mi amor. Debe comer—afirma Ksenia.
—Y yo sé dónde llevarla a su primera cacería. —Sin más, la coge en brazos y se van los tres de camino a la gran mansión que, en su día, iba a ser la herencia de Dimitri. Todo un derroche de glamour y ostentosidad de aquella época en la que la apariencia era algo indispensable entre la gente de la alta sociedad.
De una patada, Dimitri abre las enormes y pesadas puertas del que había sido su hogar. Todos los allí presentes estaban atónitos y, a la vez, asustados, pues de todos era sabido la condición actual del joven heredero y su compañera.
— ¡¿Qué golpes son esos?! —grita el padre de Dimitri saliendo de su pequeña biblioteca de la planta baja de su mansión.
Un hombre anciano, envejecido más por las conspiraciones políticas a las que se dedicaba a jugar que por la edad en sí. De pelo blanco y una gran barriga que, a veces, le impedía dar vuelta en el butacón que usaba para sus lecturas. Al ver ante él a Dimitri, la palidez de su rostro se hizo aún más visible. Inmóvil y sin saber que hacer o decir, simplemente mira al que un día fue la mayor de sus esperanzas.
—Mi querido padre. Vengo a entregarle un presente, de parte de mi mujer y mío, por nuestra reciente unión como marido y mujer. —Aquellas palabras, dichas con tal firmeza, sorprendieron a todos, incluida Ksenia. Aunque en su caso, era una sorpresa más que agradable.
Su mujer. Dimitri acababa de nombrarla y presentarla como su esposa, y eso la llenó de orgullo y devoción. De un gran amor que pareció insuflarle la vida que hacía unas horas creía haber perdido. Dimitri acababa de aceptar ser su compañero inmortal, su rey y el padre de toda una familia que se había prometido crear junto a él. Y con tal alegría, Ksenia no pudo evitar sonreír.
—Hijo, y-yo…yo no…yo sólo quería salvarte, recuperarte… ¡ERAS MI HEREDERO, POR EL AMOR DE DIOS! ¡ESA MUJER TE HA CORROMPIDO! ¡ESTABA EN MI DERECHO COMO PADRE Y PATRIARCA DE ESTA FAMILIA! ¡LO HICE POR LA SANGRE! ¡POR EL LINAJE! —El nerviosismo de aquel hombre era cada vez más notable y no sabía qué decir para obtener el perdón de un más que enfurecido Dimitri.
— ¿Por la sangre? Bien. Creo que, en eso, te puedo ayudar. —Y sin más, Dimitri le susurra algo al oído a la gitana.
Como una exhalación, la muchacha salta de sus brazos al cuello del anciano patriarca de la familia Rusthoff. Entre gritos, tanto de los sirvientes que intentaban huir al ver aquella horrible estampa,como del padre de Dimitri, la excitación y el hambre por la caza empezó a apoderarse del recién proclamado matrimonio. Tan sólo con una mirada, Ksenia entendió lo que su esposo le acababa de decir. Una traviesa y risueña sonrisa, llena de lujuria y sed, asoma en el rostro de Dimitri que se gira hacia los asustados sirvientes y salta sobre ellos. Ella le sigue y, juntos, dan rienda suelta a la depravación de su especie.

*** *** ***

Cuerpos esparcidos por todos los rincones de la mansión, y completamente desangrados, es lo que se encontraron los que allí entraron a la mañana siguiente. Vecinos que habían oído los desgarradores gritos que provenían del interior, decidieron esperar al amparo de la protectora luz del día para llamar a las autoridades pertinentes y entrar en aquel tenebroso lugar. No se abrió expediente, no se dejó constancia escrita de lo que allí encontraron salvo las terribles pesadillas que tuvieron, los siguientes días, los que allí osaron entrar.
Nadie hablaba, nadie relataba. Sólo se oían rumores de lo que allí creen que sucedió. Y en todos los rumores que se contaban, había un dato que tenían en común: el olor de la sangre.

Conviviendo con la fibromialgia (parte II)

Comienzo esta segunda parte de mi andadura por los escabrosos pasillos de una enfermedad crónica como es la fibromialgia y la fatiga crónica con el punto de inflexión al que terminé llegando y que, gracias posiblemente a mi cabezonería, me ha llevado a seguir el camino que me ha dado, a día de hoy, la posibilidad de tener una vida medianamente digna.

Y sonando de fondo mi canción favorita de todos los tiempo, These Days de Bon Jovi, empezamos con mi escalada personal. Como ya conté en la anterior entrada, el diagnóstico ya estaba conseguido y la batería de medicinas a digerir cada día también estaba servida: entre 10-12 pastillas todos los días durante casi dos años. Obviamente, con todos esos químicos en tu cuerpo recorriendo tus venas y arterias, no tienes ni ganas de comer. Pero, oye, engordas como un cerdo listo para la matanza. Para que os hagáis una idea: mido 1’69cm y llegué a pesar 100 kilos.

Pues nada. A ponerse a dieta y a hacer el tan maravilloso ejercicio que todos te dicen que tienes que hacer porque tu cuerpo te duele por la inactividad. Te mentalizas y te dispones a ello, pero ¡SORPRESA! tu cuerpo no reacciona. Es más, pestañear te provoca tales dolores que ni te planteas hacer ningún movimiento más. Entonces, ¿qué narices hago, señores?¿Me suicido por sentirme un despojo de la sociedad? Era una opción, pero es que nunca en mi vida se me pasó por la mente. Sinceramente, amo demasiado la vida y todo lo que me rodea como para acabar con ella tan fríamente.

Con todo eso, las voces a mi alrededor no cesan en ningún momento. ¿Qué hice? Bien, volví a pedir ayuda al mismo especialista que en su día dejó claro que yo no tenía ninguna depresión y me dijo:

—Tienes que mandar a la mierda todos esos mensajes negativos y, sin entrar en debates con la gente, decirles que o te apoyan, o se van. Suena mal, pero tienes que ser más borde e intransigente con tu salud porque nadie más que tú sabe por lo que estás pasando.

—Uy, eso de ser borde se me da genial—respondí hasta orgullosa de poder explotar lo que siempre había considerado un gran defecto de mi personalidad.

Dicho y hecho. Dejé aflorar mi auténtica personalidad y ahí empezó todo a cambiar para bien. No os penséis que me paso el día mandando a paseo a la gente (que es una opción, pero saturas los caminos). Simplemente decidí centrarme en mi, en estudiar a fondo la enfermedad e ir anotando su evolución en mi cuerpo. Sí, lo fui anotando. Reíros, pero creo que es la mejor forma de que tomes conciencia de lo que le pasa a tu cuerpo.

Lo primero que hice fue dejar toda la medicación que me estaban dando, previa conversación con mi médico. Me senté a hablar con él y fui directa al grano: ¿hay alguna probabilidad de que mejore, o voy a tener siempre estos dolores horribles? La respuesta me lo dejó claro: nunca vas a dejar de sentir dolor.

Bien, pues tomé la decisión de limpiar mi cuerpo de los químicos que me mantenían en un estado casi vegetativo el día entero (en serio, los zombies de The Walking Dead tenían más vitalidad que yo) y me puse a buscar terapias alternativas. Hablé con más gente que las estaba aplicando, mientras dejaba que mi cuerpo limpiase toda esa batería de ponzoña que me habían metido. Os puedo asegurar que fue el año más difícil de mis casi cuarenta años. Horrible, no os podéis hacer una idea. Y no sólo por el síndrome de abstinencia que me dio, sino porque el dolor afloró con más fuerza aún.

Limpiado mi cuerpo de todo eso, comencé con las terapias alternativas. En concreto, con el CBD. ¡HA SIDO LA MEJOR IDEA QUE PUDE TENER! Comencé con las infusiones de cannabis cbd sativa para ayudar a mi cerebro a desconectar por las noches y el cambio, en pocos días, fue brutal. Hasta mi marido se sorprendió de lo alegre que me levantaba, dolorida, pero alegre.

Poco a poco fui introduciendo más elementos: aceite de cbd, melatonina natural, triptófano, vitaminas, etc. Todo de forma natural y saludable. Modificar las comidas según iba notando que me hacían mayor beneficio y un largo etc. Y todo, siguiendo consejos de gente en mi misma situación que decidieron hacer lo mismo que yo y llevaban mucho tiempo con estos tratamientos.

¡ALELUYA!¡HABEMUS VITA!

Llevo casi tres años con estos tratamientos y ahora puedo decir que he dejado de ser un zombie. Salgo, viajo, hasta hago deporte (el que mi cuerpo y la enfermedad te permite, obviamente, aunque para algunos sigue sin ser suficiente porque parece ser que si no levantas 200 kilos de hierro sobre tus espaldas y caminas 100 km no estás haciendo ejercicio).

Ahora viene la parte divertida del momento en el que estoy. Es más una determinación que he tomado y que, al menos a mi, me funciona.

Le puse cara a la enfermedad y nombre: Michín, el mono que toca platillos dentro de mi cuerpo.
Él está a su bola ahí dentro, dándole al asunto, hasta que se aburre y empieza a toquetear botones que no debe. Es ahí cuando mi cuerpo se dedica a hacer cosas raras. Por ejemplo, para poneros en situación: Cojo una taza sin mayor problema que el sujetarla con la mano. Michín toca botones y, de pronto, mi cerebro le manda la orden a mi mano de abrirse y ¡poff! a la porra la taza. Todo esto, viéndolo con cara de idiota y pensando “¿Qué eres gilipollas?”.

Pues ese es Michín, el mono que me hace la vida mucho más divertida (porque, realmente, es divertida).

En este punto, decir que la memoria falla mucho y olvidas palabras. También es Michín, que toquetea lo que no debe y cuando intentas decir lápiz, verbalizas algo así como “fuera de juego”. ¿Por qué? No tengo ni idea, pero es super divertido porque estás siendo consciente de todo como si tuvieses un ente apoderándose de tu cuerpo y haciendo lo que le da real gana con él. Sin mencionar la cara que se le queda a la gente que está contigo en ese momento.

Podéis imaginaros lo difícil que es escribir una novela con un compañero de juegos tan divertido como Michín. Que, a veces, me veo negra para encontrar el nombre exacto de un lugar, o una palabra que signifique lo que en mi cerebro se lee claramente. Es muy complicado, pero bueno. Discuto con él cada cinco minutos, llegamos a un acuerdo y me deja tranquila por unas horas. También discuto con mi ordenador, no os penséis que esto es sólo con Michín, jejeje.

Y nada. Este es mi largo y tedioso a veces camino con la fibromialgia y la fatiga crónica. Por si aún hay alguno que no sabe lo que se siente con esta enfermedad, voy a explicarlo con un ejemplo: Imaginaros tener un dolor de muelas intenso a todas horas, durante todos los días de vuestra vida. Pues eso es tener fibromialgia y fatiga crónica.

Hasta aquí mi relato resumido de estos años de lucha y peleas diarias. Ahora me toca seguir trabajando en mis libros y poder seguir publicándolos.

Conviviendo con la fibromialgia (parte I)

Aquí me encuentro, escribiendo un texto sobre mi experiencia con esta enfermedad y escuchando música a la vez. Y voy a comenzar la nota con un consejo: “Cuando vuestro médico os diga que debéis parar porque vuestro cuerpo no está respondiendo bien, y si no paras, será tu cuerpo el que tome el mando, hacedle caso.”

Yo no lo hice y seguí sobrecargándolo hasta que, efectivamente, tomó el control por mi. Y ahora, así estamos: discutiendo como un matrimonio todo el día mi cuerpo y yo.

Sé cual fue el detonante de la enfermedad, pero no fue quién la creó. No. Cada día se sabe más sobre ella y tengo claro que me viene de mucho más lejos, aunque es cierto que siempre hay un detonante que la activa. Ese, me lo guardo para mi.

Me diagnosticaron por primera vez con treinta y tres años, y fue de la forma más simpática. No os voy a agobiar con los detalles, pero sí os diré que me vi sentada en una sala de urgencias ante un médico que me decía su diagnóstico: “Puede ser una muela picada, o un tumor cerebral.” Algunos romperían a llorar, o a gritar. A mi me dio por reírme y decirle: “Entonces, ¿que pido consulta para el oncólogo y para el dentista?”. El propio médico se sorprendió de mi reacción porque no era lo normal, pero no sé que se esperaba. Joven y con un diagnóstico así, ¿qué querían que hiciese?¿Tirarme a las vías del tren? Pues me lo tomé con humor.

Ese fue el primer peldaño de una larga lucha y escalada a una “estabilidad” positiva en mi vida actual. No os negaré que fue dura, y aún lo sigue siendo porque esto no tiene cura. Hubo muchas pruebas médicas, analíticas, pinchazos en la cabeza, etc. Después, me inflan a pastillas que podían provocar de todo: entumecimiento de articulaciones, fallo de memoria, fallo en la vista, fallo multiorgánico, y hasta unas cuyas contraindicaciones decían que había “posibilidad de tener pensamientos asesinos” (esta parte es muy divertida porque mi marido sudaba en frío cuando nos lo explicaba el neurólogo XD). Obviamente, con toda esa batería de químicos, me puse como un globo aerostático. Porque no os engañéis: los médicos, cuando no saben lo que tienes, para paliar el dolor te inflan a cortisona por un tubo.

Apenas comía, ni salía casi de la cama porque, en esas condiciones de debilidad ilógica, era imposible ni vestirse. No era capaz ni de coger una taza porque me moría de dolores, o simplemente se me caía al suelo sin lógica alguna. Así me vi: joven, sin saber lo que tenía exactamente y teniendo que ayudarme muchas veces a desvestirme, incluso a ducharme porque sola no podía.

A todo eso, tienes que aguantar que tu entorno te diga lindeces como “eso es que eres una vaga”, “lo que tienes que hacer salir y ponerte a trabajar”, “está todo en tu cabeza”,”eres una exagerada”, un largo etc. Te lo acabas creyendo, ojo. Por muy fuerte de mente que seas (y yo me considero muy fuerte en ese aspecto, llamarlo cabezonería o lo que queráis, pero no se me maneja tan fácilmente), acabas doblegándote y llegando a pensar que puede que te lo estés inventando.

Llegados a este punto, y habiendo analizado todas las posibles opciones, accedí a hablar con un terapeuta. Pero cuál fue mi sorpresa cuando el psicólogo, por tres veces que me mandaron los médicos de la tan maravillosa Seguridad Social, escribe un informe diciendo que ni tengo depresión, ni problemas mentales (salvo las locuras típicas que van con mi personalidad). Que lo único que necesitaba era un diagnóstico claro para poder tomar las riendas de mi vida.
¡POR FIN UN MÉDICO QUE ME ESCUCHA Y ME TIENDE LA MANO!

Pues bien, diagnóstico definitivo: fibromialgia, fatiga crónica y el sistema inmune como las maracas de machín. A partir de aquí, ya podemos ponernos a trabajar en ello y encontrar un equilibrio lo bastante confortable para poder sobrellevar el día a día.

Brevemente resumido el camino hasta ahora recorrido en esta primera parte. En la segunda, ya hablaré de cómo voy llevando el día a día y de lo que a mi me funcionó para obtener una leve estabilidad, que no mejoría.

Creando un reino. Creando Eden

Crear unas saga no es algo fácil. No sale de la noche a la mañana, ni en unas horas que emplees delante de tu ordenador o libreta. Realmente, una saga lleva mucho mucho tiempo de gestación.
Primero se empieza por la idea. Ese momento en el que se te enciende la bombilla y empiezas a generar ideas e imágenes formando una historia. Eso te puede pasar de cualquier manera: una canción, un libro, una película, una imagen, una conversación… En mi caso, ese momento se remonta a un tiempo muy lejano en mi vida. Concrétamente a mi infancia.

Tal y como expliqué, de forma breve y resumida, en el primer libro de Eden, mis primeros años de estudios los realicé en un colegio de monjas. La lectura de la biblia era algo obligatorio, por así decirlo, y la religión cristiana algo que ni se podía plantear uno cuestionarla. Salvo yo. Como siempre me ha pasado a lo largo de mi vida, necesito razonar todo lo que tengo ante mí y comprenderlo. No soy mucho de creer por simple hecho de tener Fe. Eso, ciertamente, me ha causado bastantes problemas y no solo hablando en temas religiosos. Ya sabéis que una persona que no se deja manipular fácilmente, ni se cree todo lo que le dicen, es considerada casi una paria de la sociedad. Resumiendo bastante, para no alargar mucho el artículo, digamos que siempre tuve mis dudas sobre lo que me contaban de los ángeles, arcángeles, Lilith, Samael y todos los seres mitológicos de los que se habla en las llamadas “Sagradas Escrituras”. Siempre hacía la misma pregunta: ¿Alguien conoce la versión del famoso hijo expulsado del reino de los cielos? Y con esa duda, fuí creciendo y dándole vueltas, alguna que otra vez, a esa posibilidad.

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Cuando decidí retomar esa historia, anoté las ideas que me habían ido surgiendo durante todos estos años para hacerme un pequeña mapa visual de todo. Una vez plasmado a grandes rasgos lo que yo pretendía contar, tocaba indagar de forma más profunda en esos temas. Había que documentarse al máximo, siempre teniendo claro que se trataba de una fantasía.
Empecé con la idea de crear un solo libro cuyo título iba a ser “La sombra de Eva” y hablaría sobre la historia de Lilith, la primera esposa de Adan (no, no voy a tildar este nombre porque no es de origen castellano y me niego a castellanizarlo todo. Los nombres deberían ser escritor, pronunciados y utilizados en sus formas originales). Leí mucho sobre ella, me documenté todo lo que pude y no ha sido fácil porque no os creáis que hay muchos textos o libros que hablen claramente sobre ella. Más bien te dan pequeñas pinceladas. Me gustaba lo que me iba encontrando, pero, aún así, no acababa de hacer esa explosión en mi cabeza. Esa que te golpea con cientos de imágenes y empieza a enlazarte historias hasta formar una más grande. Decidí dejarlo reposar un tiempo y darle vueltas desde otra perspectiva.

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Escribí otras cosas, me centré en distraer mi cerebro un poco para poder retomarlo más adelante y estar más fresca. Pero esa historia seguía martilleando con fuerza en mi mente. Hasta que un día, escuchando a uno de mis grupos favoritos en la presentación de su nuevo disco, obtuve la tan ansiada explosión. Todo empezó a cobrar sentido. El mapa empezó a trazar líneas que iban uniendo unos textos con otros y me iban diciendo qué historia debía contar. Y no era la que yo había iniciado, no. La historia que golpeó con fuerza en mi mente y en todo mi interior era responder aquella pregunta que siempre hacía de pequeña en el colegio. Esa pregunta tenía un claro protagonista que me pedía contar su historia: Samael. Y así comencé sin prisa, pero sin descanso.

A parte de la estricta y exhaustiva documentación para esta saga, había que añadirle mi empeño por aprender el oficio de la escritura. Porque no sirve solo con tener una buena idea, o un buen plan. Hay que formarse para hacerlo bien. Y con esta historia quería hacerlo muy bien. Así que, me vi envuelta en un mar de libros formativos para mi crecimiento y aprendizaje como escritora, y en textos, documentos y artículos sobre los seres mitológicos que llevan conviviendo con la humanidad desde sus orígenes.
Fue saliendo un libro, dos, tres… Cuando me quise dar cuenta, tenía seis libros creados con sus argumentos y su línea temporal creada. Personajes principales creados con sus propias personalidades, diferentes reinos, etc. En fin, que me lié la manta a la cabeza y se me fue de las manos la cosa. Pero he de confesar que me divertí mucho, aunque me causó alguna que otra jaqueca horrible. Tanta información en un cerebro, creedme, no es buena. Pero al final conseguí lo que quería y la historia me tiene cada día más enganchada. ¡Ya véis! ¡Enganchada a mi propia saga! Merece la pena tanto esfuerzo. Al menos, para mí y con eso ya me siento una ganadora.

Y como digo en la introducción del primer libro de la saga:

Bienvenidos al reino de Eden