selkie
Relatos de Nessa

Selkie, piel de foca

Cuenta la leyenda que quien le roba la piel a una selkie puede obligarla a desposarse con él, y tienen fama de buenas esposas, aunque aquejadas de una perenne melancolía. Normalmente buscarán la forma de encontrar su piel y volver al mar sin previo aviso, dejando atrás todas las posesiones terrenales para volver a su lugar de origen.

Existe una historia del folklore feorés, islandés, irlandés y escocés que habla sobre animales marinos que cambian sus pieles para transformarse en mujeres y hombres de gran belleza. Dicen que, en las noches de luna llena, estos seres en forma de foca salen del agua y mudan su piel, ocultándola entre las rocas para poder volver al mar con las primeras luces del alba. Es aquí donde comienza ésta historia.

I

Una noche de luna llena, un joven Neill MacNeacail camina con paso firme por la orilla del río Abhainn An Leathuillt en la isla de Skye. Cargados a su espalda, lleva sus utensilios de excavación envueltos en una gruesa tela y perfectamente sujetos a su cuerpo. Decidido a obtener el mineral que se encontraba en esa zona, y que le ayudaría a fabricar la mejor cerveza de la isla, se dispone a preparar todo lo necesario para extraer la diatomita.  

De familia pesquera, Neill había decidido hacía unos años que no quería seguir con aquella profesión tan arriesgada. Dos de sus hermanos habían perdido la vida devorados por las gigantescas olas de aquel embravecido mar. Por el dolor de aquella pérdida, su madre había enfermado y muerto a los pocos meses de haber enterrado a sus hermanos. Ahora quedaban sólo él, su padre y sus dos hermanas pequeñas. No, Neill no iba a ser pescador por mucho que se disgustase su padre.

En cambio, decidió que se dedicaría a la fabricación de whisky y cerveza. Había oído contar a pescadores y gente de paso que, en la desembocadura de ese río, existía un mineral con unas maravillosas propiedades de filtrado. Reunió toda la información necesaria para su extracción y, un año después, se encontraba en aquella orilla.

El cielo estaba completamente despejado, gobernado por una fantástica luna llena que iluminaba a la perfección toda la isla. Millones de estrellas relucían en la lejanía del cosmos, tintineando en algunas ocasiones como si estuviesen tocando una mágica melodía. No hacía frío para ser finales de primavera, aunque el viento, a veces, parecía enfadarse por la invasión de un extraño.

Neill se quita su chaqueta y se arremanga camisa y pantalones para no empaparse la ropa. Armado con lo necesario, se dispone a meter sus descalzos pies en aquellas heladas aguas cuando escucha un ruido proveniente de la playa. Intrigado, deja sus bártulos sobre la tierra y camina agazapado, cobijándose entre las sombras que las rocas le proporcionan. Al principio no logra ver nada, pero, cuando se fija mejor en las olas que rompen en la costa, ve emerger una extraña figura.

De primeras, ve a una foca salir del mar, pero, para su mayor sorpresa, el animal comienza a desprenderse de toda su piel hasta transformarse en un ser humano. Una mujer de belleza inigualable que se aparecía ante él. De largos cabellos negros como la noche y unas curvas en las que te podrías perder para siempre, camina con la piel en sus manos hacía un pequeño montículo de rocas. La deposita con sumo cuidado y la cubre con pequeñas piedras. Mira al cielo, respira profundamente y comienza a danzar. Una sensual danza que mantiene a Neill totalmente hipnotizado.

No puede creerse lo que está viendo. Había oído historias sobre las selkies y su gran belleza, pero siempre las había considerado cuentos para entretener a los niños. Emocionado y con el corazón latiendo a gran velocidad, Neill se mueve para intentar acercarse, sin ser visto, y poder observarla más de cerca. Unas pequeñas piedras escondidas se desprenden y caen al suelo, delatando su presencia a la joven muchacha, quien lo mira fijamente.

Asustada, corre hacia su piel dispuesta a colocársela y desparecer entre las olas de la misma mágica forma en la que apareció. Neill sale corriendo tras ella.

—¡Espera! ¡No voy a hacerte daño!—se apresura a decirle. La joven se gira y lo mira.

—¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí?

—Soy Neill. Neill MacNeacail y sólo he venido a por tierra para la elaboración de mi cerveza—explica de forma tranquila—. Mis utensilios están allí. Puedes comprobarlo si quieres…—Señala hacia el lugar donde había dejado todas sus cosas, sin dejar de sonreír y tratando de transmitirle confianza. En verdad que no quería dañarla, tan sólo siente una enorme curiosidad por conocerla más.

Aún desconfiando de aquel humano, la muchacha camina sigilosa, sin dejar de observarlo, hacia el lugar que él le estaba señalando. Comprueba que dice la verdad, en cuanto a sus utensilios. Pero aún no confiaba del todo en sus verdaderas intenciones para con ella. Sujeta con fuerza su piel, sin dejar de mirarlo mirarlo. Él no deja de observarla embobado, recorriendo cada centímetro de su cuerpo con sus verdes ojos.

—Encantada, Neill MacNeacail. Yo soy…

—Una selkie.

—Seelie. Llámame Seelie—responde ella sonriendo.

—Bonito nombre para una hermosa mujer. — Neill, de forma caballerosa, toma su mano y le da un casto beso. Ella se ríe al sentir sus labios sobre su piel, nerviosa. Ese joven tiene algo en su mirada que la reconforta.

II

Hablan durante largo tiempo,  o más bien es ella quién responde a todas sus preguntas. Neill estaba ansioso por saber más sobre ella, sobre su especie. Ella le contesta con tranquilidad, sentada junto a él y mirando al infinito horizonte. Él le pregunta dónde viven; Seelie sonríe divertida y, señalando al frente, responde: «Donde el cielo se junta con el océano».

De pronto, se pone en pie de un salto, coge a Neill de la mano y lo obliga a seguirla.

—Espera, ¿a dónde me llevas?—pregunta intrigado.

—Al agua. Vamos a nadar bajo la luna.

—Pero, no puedo meterme en el mar con la ropa…— Sin darle tiempo a terminar, Seelie le ayuda a desprenderse de su vestimenta de forma apresurada.

Desnudos los dos, corren hacia las heladas aguas del mar de las hébridas. Nadan, bucean, ríen y juegan como dos jóvenes enamorados. Neill la coge por la cintura, la acerca a su cuerpo y la besa profundamente. Al principio, Seelie se sorprende, pero pronto cede ante sus exigencias. Se abraza a su cuello, profundizando en el beso, lo que hace que Neill pierda prácticamente el control. El deseo crece por momentos hasta que sucumben a la pasión y hacen el amor en el agua con el batir de las olas.

Con las primeras luces del alba, los jóvenes amantes se despiertan arropados por el grueso tartán de Neill. Se miran y se sonríen durante unos instantes. Él acaricia sus mejillas con ternura; ella besa la palma de su mano. De pronto, el canto de las gaviotas transmite un mensaje a la joven que hace que en su rostro aparezca la tristeza.

—He de irme…— Seelie se levanta, toma su piel de entre las piedras y camina hacia el agua sin mirar atrás.

—¡Espera! ¿Cuándo volveré a verte?

Aquella pregunta, que denotaba un gran deseo de volver a verla por parte de Neill, hace que a ella se le agite el corazón de alegría. Se para en la orilla y, con las olas rompiendo en sus desnudas piernas, se gira y le mira fijamente a los ojos.

—Con la siguiente luna llena, Neill MacNeacail. Vuelve a ésta playa y volveremos a vernos. — Y sin demorarse mucho más, Seelie se viste con su piel y se zambulle en las frías aguas del mar. «Hasta la siguiente luna llena, mi amor», susurra Neill al viento que agita la espuma de las olas.

Tal y como prometieron, en la siguiente luna llena se volvieron a reencontrar. Y en las siguientes siete lunas. Pero, una mañana, al aflorar las luces del nuevo día, Seelie no retorna al agua. Para sorpresa de Neill, ella le entrega su piel y le pide que la guarde en un lugar secreto donde ella no pueda encontrarla. De esa forma, se quedaría con él para siempre. Él, emocionado, la toma entre sus brazos y la besa con pasión.

III

Durante diez largos meses, su amor iba creciendo. Hasta que un día, Neill debe salir a faenar con su dolorido padre, quien padecía la afección de los pescadores. Sus manos ya no podían lidiar con las redes de pesca, ni sujetar con fuerza una caña, y la venta de la cerveza de Neill no era lo suficientemente grande como para poder alimentar a toda la familia. Angustiada y con una horrible sensación en lo más profundo de su corazón, Seelie se abraza y se despide de él en el pequeño puerto de Scorrybreac.

El tiempo pasaba muy lentamente para Seelie. Miraba el mar rogándole que lo protegiese y se lo devolviese pronto. Pero el mar no la quiso escuchar. El mar estaba furioso porque ella abandonó su hogar y a su familia por elegir vivir entre aquellos humanos que cazaban y mataban a los de su especie. Con un fuerte rugido proveniente de las nubes del horizonte, el mar descarga su furia y gigantescas olas envuelven las embarcaciones que se veían faenando en la lejanía.

Tras unas largas y horribles horas, el sol rompe la oscuridad del cielo y comienza a dar luz a la bahía. Los vecinos de la zona salen de sus casas y se dirigen hacia la costa para encontrarse con el horror en sus playas. Los restos de las embarcaciones de los pescadores que habían salido aquella mañana esparcidos por toda la costa.

Apenas se habían salvado unos pocos, pero Neill y su padre no estaban entre los supervivientes. Rota de dolor, Seelie cae al suelo y grita. Con los ojos anegados en lágrimas, maldice a las aguas que la vieron nacer y le habían dado un hogar. Junto a ella estaban las mujeres y madres de los demás pescadores devorados por el mar.

De pronto, siente una mano que se posa sobre su hombro en señal de duelo. Seelie se gira y ve a las hermanas de Neill, que la miraban también con lágrimas en los ojos. Se abrazan y lloran desconsoladamente hasta que la más pequeña le entrega un paquete envuelto en un trozo del tartán de Neill.

—Mi hermano me pidió que te lo entregase si le ocurría algo—balbucea entre sollozos la pequeña MacNeacail.

Seelie lo toma entre sus manos y lo acaricia, reconociendo aquella tela. El plaid que los arropaba en sus encuentros en aquella alejada y solitaria playa donde se habían conocido. Una cuerda de una de las redes de pesca mantenía bien sujeto el envoltorio. Lo desanuda y lo abre con cuidado, con manos temblorosas. Se queda atónita al ver lo que hay en su interior: su piel. Neill la había guardado, tal y como ella le había dicho. Acaricia con ternura y gran tristeza su vestimenta, y abraza con fuerza a las jóvenes muchachas. Aquella noche, al amparo de las sombras y alejada de todos, Seelie se vuelve a poner su piel y se sumerge en las aguas de la bahía para no volver jamás.

Dicen que a veces se la ve nadando mar adentro, buscando a su amado desesperadamente. Y que, en los días que más sopla el viento, las olas parecen susurrar el nombre de Neill.

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Nessa McDubh
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