Yo Dimitri (Hijos de la sangre 2)

Hacía más de quinientos años de la muerte de Ksenia y de su renuncia a ejercer como rey de los Hijos de la Sangre. Hasta abandonó su puesto de líder de su propio clan. Dimitri había elegido vagar en soledad el resto de su eternidad hasta que alguna fuerza mayor decidiese ponerle fin a su vida.
Sólo había una cosa que no podía cambiar: su sed de sangre. Le llevó muchos años controlar aquella sed, aquella necesidad de tomar la sangre de las gargantas de inocentes que se cruzaban en su camino. Intentó nutrirse de la sangre de los animales, pero tan sólo lo debilitaba y no podía permitirse estar débil. No cuando pesaba sobre él una sentencia de muerte por parte de los suyos.
Mi querido Dimitri…” El recuerdo de las últimas palabras pronunciadas por Ksenia, agonizando entre sus brazos, era su mayor sentencia. Tener que vivir con aquel tormento era el peor de los castigos que se le podía imponer a un ser inmortal. ¿Cómo no se dio cuenta de lo que sucedía? ¿En qué momento, Ksenia y él, habían perdido el control sobre sus hijos, su clan? Rememorar aquellas semanas era un dolor que atenazaba constantemente su frío y muerto corazón.

—Debes perdonar a Gitana, mi amor—dice Ksenia.
Aún estaban exhaustos tras la cacería. Había sido una noche muy instructiva para sus hijos, tanto los renacidos como los ya instruidos en el arte de la caza. Todo un grupo de cazadores, bailando alrededor de aquella gran hoguera y al son de la música, que no se esperaban un ataque así.
—No puedo, Ksenia. Aún no. Eso que ha hecho, esa atrocidad…—responde Dimitri, tumbado desnudo boca arriba en su confortable cama. Tras cada cacería, siempre se despertaba un hambre voraz entre ellos y culminaban con sus cuerpos totalmente desnudos y haciendo el amor con pasión, locura y devoción.
—Ella sólo ha hecho lo que se le ha enseñado. Lo que tú le has enseñado, Dimitri.
—Jamás la enseñé a devorar bebés. Ni a desmembrarlos con esa saña, ese sadismo. No, yo no la entrené para eso—asevera con semblante serio.
El recuerdo de aquella imagen de Gitana sosteniendo el cadáver de ese pequeño cuerpo que apenas rondaría los seis meses de vida, le golpea con dureza. Tanto que hasta le hace estremecerse. Y la posterior discusión con ella no hacía más que empeorar la situación. Gitana le había reprochado que se hubiese vuelto tan blando y selectivo a la hora de cazar. Para ella, ese bebé, era un potencial cazador y, tal y como él le había enseñado, todos los cazadores eran peligrosos para su especie y, por lo tanto, debían morir.
—Amor mío, ¿ya no recuerdas el sadismo con el que atacaste aquel grupo de cazadores en Bucarest? Acabaste con todos y cada uno de ellos, sin hacerte ni un solo rasguño. Aquella masacre viajó por todas partes llegando a oídos de los ancianos. Un vampiro que caza a nuestros mayores enemigos, un vampiro que extermina a los asesinos de los vampiros. Gitana nació ese día, ¿recuerdas? Tú la creaste. Es nuestra primera hija juntos. No puedes darle la espalda así…—Con su dulce y melodiosa voz, Ksenia siempre lograba ablandar el frío corazón de Dimitri.
—Aquello fue diferente, querida. Iban a matarte, o a hacerte cosas peores. Simplemente actué por instinto, me dejé llevar por mi…—comienza a explicarle.
—…por tu condición de vampiro. Un Hijo de la Sangre, al igual que ella.
—Pues tal vez debamos empezar a cambiar eso. Ya es hora de una evolución en nuestra especie. Tal vez, así, dejen de temernos y sentir la necesidad de darnos caza. Tal vez…—Ksenia se incorpora sobre su torso desnudo y le mira fijamente, sorprendida por las palabras de Dimitri.
—No creo que a los ancianos les guste ésta nueva visión tuya, Dimitri. Y menos cuando están a punto de nombrarte nuestro rey…
—Bueno, no tienen por qué enterarse. El cambio comenzará con nuestra ascensión porque, amor mío, cuando sea nombrado rey, tú serás mi reina. —Y tras aquellas palabras, los futuros reyes vuelven a ser apresados por la pasión de sus cuerpos desnudos.

Días más tarde, Dimitri se encuentra recorriendo los pasillos de una enorme y antigua mansión situada a orillas del río Nevá en San Petersburgo. Como siempre, otra incursión en el seno de un gran grupo de cazadores. Pero había algo diferente en este grupo. Nunca había oído hablar de cazadores con ese estatus tan alto entre la sociedad. Generalmente eran grupos de gitanos a los que solían dar caza, ya sea en sus poblados o en el trayecto de sus viajes.
Allí había salas de estudio, una grande y gigantesca biblioteca donde había libros que se refería a ellos como Seres Sobrenaturales. Y otras mil especies más de seres que viven bajo el abrigo de la noche. Libros de historia, libros de ciencia, libros de religión. ¿Qué extraño lugar era ese?
Dimitri camina entre cuerpos desangrados en el suelo, envueltos muchos de ellos por papeles que había esparcidos a su alrededor. Sus hijos devorando aún a los supervivientes de aquella masacre, quienes lo miraban con absoluto terror y suplicando piedad. Extrañas armas colgadas por todas y cada una de las paredes de aquella oscura mansión.
Ve a Gitana subir corriendo las enormes escaleras de mármol gris, como si la persiguiese el mismísimo demonio. De pronto, escucha un sonido: el lamento de un bebé. Una enorme punzada le atenaza el corazón. Como una exhalación, Dimitri sube aquellas escaleras siguiendo el sonido del llanto.
Cuando entra en una de las habitaciones, encuentra a Gitana con un bebé entre sus brazos y dispuesta a devorarlo. Sus ojos lo miraban con hambre, se relamía de pensar en lo sabrosa que iba a ser esa sangre mientras el pequeño niño se agitaba entre sus brazos y lloraba sin cesar.
— ¡Suéltalo ahora mismo, Gitana! —Con una sepulcral voz y una fría mirada, Dimitri ordena a su hija que cese en su ataque.
— ¿Por qué? Pronto será un cazador más que matará y buscará la forma de exterminar nuestra especie—responde con soberbia.
—Te he dado una orden, Gitana. No me obligues a…
— ¿A qué? ¿A castigarme otra vez? ¿Vas a castigarme por hacer lo que tú me has enseñado todo éste tiempo? Yo era como ellos, sé cómo piensan. Cuando naces cazador, nada te cambia. Nada, salvo la muerte. El bebé debe morir—sentencia.
Gitana abre sus fauces y se dispone a clavar sus colmillos en el frágil cuerpo del niño, pero Dimitri es más rápido que ella y, en dos zancadas, llega hasta su altura. Le arrebata el niño de los brazos, la coge con fuerza del cuello y la lanza fuera de la habitación. Gitana, airada y llena de rabia, simplemente se levanta y se aleja de allí.
Dimitri coge una manta y arropa al niño que no dejaba de llorar como si presintiese que la muerte estaba rondado a su alrededor. No puede evitar sonreír cuando este le sujeta uno de sus fríos dedos con fuerza y emite una pequeña y tierna sonrisa. Recuerda, entonces, su deseo de ser padre cuando estaba vivo. Y posiblemente tuviese algún que otro hijo bastardo, pero ya nunca lo sabría.
De pronto, y como salida de la nada, Gitana salta sobre él portando un largo cuchillo de plata. Dimitri sólo puede ver, con absoluta sorpresa e incredulidad, la figura de su primera hija dispuesta a acabar con la vida de su creador. Se gira con la intención de proteger al pequeño con su cuerpo, esperando sentir el tan horrible frío acero clavarse en su espalda. Pero no siente nada.
Deja con suma delicadeza al bebé en su cuna, se gira para enfrentarse a Gitana, pero lo que ven sus ojos lo deja casi en estado de shock. Ksenia estaba entre ambos, con la daga clavada en el corazón y retorciéndose de dolor con la inminente llegada de su muerte. Cae al suelo ante él, que se apresura a arrodillarse y tomarla entre sus brazos. Gitana, atónita y temerosa por la reacción de Dimitri, sale huyendo de la mansión y desaparece entre las frías sombras de la noche.
— ¡Ksenia, no! ¡Mi amor, tú no! —grita un desesperado Dimitri con el cuerpo de su amada comenzando a deshacerse.
—Mi amor, mi querido Dimitri…—susurra Ksenia sabiendo que había llegado su hora.
Con los ojos anegados en lágrimas, Dimitri ve cómo su amada reina abandona para siempre su compañía inmortal. Su cuerpo se deshace en minutos, siendo absorbidos sus líquidos por la alfombra de pelo blanco que había bajo sus cuerpos. Sólo quedaban los huesos, los restos de un amor que, en segundos, ya no volvería a sentir. Al intentar tomar la calavera entre sus manos, ésta se deshace en millones de granos de arena. Una brisa proveniente de la ventana abierta de la habitación arrastra por completo los restos de Ksenia.
Arrodillado, con los puños cerrados y las lágrimas arrollando por sus mejillas, Dimitri grita. Grita de dolor y desesperación; de rabia y odio. Grita por la soledad que se le avecina. Por la muerte de su gran amor, de su amante y fiel compañera desde hacía más de doscientos años. Poco a poco, el resto de sus hijos y de su clan fueron apareciendo por aquella habitación, arropando al que es su líder y llorando con él la pérdida de su madre.

Una semana más tarde, se encontraba ante el consejo de los ancianos. Había sido requerido ante ellos, ya que, tras la muerte de Ksenia, este les había notificado su decisión de renunciar a ser rey de los Hijos de la Sangre. Al parecer, nunca nadie se había opuesto a éste nombramiento y eso les inquietaba bastante.
—Parece ser que no sólo has decidido abandonar a tu clan y a toda tu especie, sino que has estado tramando una pequeña conspiración contra nosotros. Algo que tú llamas Evolución, ¿no es así, Dimitri? —El actual rey estaba ante él, exigiéndole respuestas ante tales acusaciones.
—No sé de dónde sacáis esa información, mi señor…—Dimitri comienza su alegato cuando, junto a los seis ancianos sentados en sus confortables sillones, ve a Gitana. En ese momento, comprende el por qué de su juicio. Deja de hablar, agacha la cabeza y sonríe.
— ¿Os hace gracia algo de todo esto, Cazador? —se oye decir a uno de los ancianos. Cazador, así era como le habían apodado. El Cazador de Cazadores.
Dimitri levanta la cabeza y dirige su mirada hacia Gitana, para luego pasar a observar uno a uno a todos los allí presentes. Con actitud altiva se gira y baja del púlpito en el que se colocaban todos los que iban a ser enjuiciados. Hace una reverencia ante el rey y los ancianos, sin dejar de sonreír, y comienza a caminar con paso firme y decidido hacia la salida.
El alboroto que se comienza a formar en aquella sala le divierte. Algunos estaban sorprendidos por su actitud rebelde; otros gritaban y vitoreaban la osada acción de Dimitri, y los ancianos gritaban completamente indignados ante su desfachatez. Podrían haber intentado apresarlo, o asesinarlo tal vez, pero su fama de gran luchador les mantenía inmóviles en sus posiciones. En algunos soldados pudo ver sonrisas de complicidad.
— ¡Alto ahí! ¡¿Cómo osas darnos la espalda a nosotros, a tu rey?! ¡¿Quién demonios te crees que eres?! —grita el rey en la lejanía de la sala. Dimitri se para en ese momento, toma aire y se gira muy lentamente.
—Yo soy Dimitri.
Y sin más, desaparece entre las sombras de la gélida noche de San Petersburgo para no volver jamás.