El puente del diablo

Hay lugares y momentos puntuales en donde la magia florece con fuerza.
Lugares donde, si recitas las palabras exactas, las puertas a otros mundos son abiertas para ti.
Lugares, a veces, malditos por el miedo a lo desconocido.

—¡No pienso casarme con un completo desconocido!—grita con efusividad la joven Alexandra.
Hacía unas horas que había empezado la discusión con sus padres, cuando irrumpieron en su pequeña biblioteca y la sacaron de la magia de sus lecturas para darle aquella devastadora noticia.

—¡Alexandra Röustchke!¡Obedecerás las órdenes de tu padre, y no discutirás más!—asevera su padre golpeando con fuerza su pequeño escritorio.

—¡He dicho que no!

—Pero, hija, ¿qué va a ser de ti, entonces?—pregunta su madre. Toma sus pequeñas y blancas manos entre las suyas, mirándola con tristeza y acariciándola con ternura.

—Madre, no quiero casarme con alguien a quien no conozco en absoluto. Yo quiero viajar, quiero conocer mundo, aprender de otras culturas…—responde Alexandra.

—Ya estamos. Esos absurdos libros tuyos no sirven más que para meterte paja en la cabeza. Viajar, dice. ¿Al país de las maravillas ese? ¿O quieres buscar a tu príncipe azul y vivir felices por siempre jamás?—dice su padre en tono despectivo, burlándose de ella.

—¡¿Y qué pasa si quiero creer en mundos mágicos donde la gente es feliz?! ¡¿Tan malo sería casarme por amor con alguien a quien tuviese la oportunidad de conocer antes?!

—¡Te casarás con ese muchacho, y punto!¡He dicho!—sentencia la fría voz de su padre.

Alexandra lo mira enfurecida, casi hasta con lágrimas en los ojos y con una angustia y frustración creciendo dentro de ella enorme. De forma airada, se levanta de su confortable butaca de lectura, azota el libro que estaba leyendo y sale caminando con paso firme. Pasa por delante de su padre y lo mira desafiantemente, con semblante altivo.

—¿A dónde te crees que vas, Alexandra?—pregunta cogiéndola con fuerza del brazo. Alexandra se suelta de forma brusca, notando aún la presión de los grandes y gruesos dedos de su padre sobre su carne.

—A dar un paseo para despejarme.

—Hija, es la noche de Walpurgis. No deberías…—se apresura a decir su madre.

—Tranquila, madre. Ninguna bruja se me llevará. Y si se me lleva, no será peor que lo que me queréis obligar a hacer.

Sin darles opción a una réplica, Alexandra sale corriendo de su gigantesca mansión de paredes rojizas como la sangre y desciende a gran velocidad la gran escalera de mármol blanco perfectamente pulida. Se dirige hacia las caballerizas, mientras recoge su larga melena rubia en un moño bajo para que no le moleste al cabalgar.

Siempre suele dar largos paseos en su yegua torda, y si es bajo una luna llena, mejor. La noche siempre la relaja, la ayuda a pensar y a crear todas esas fantásticas historias de mujeres libres que tienen el poder de controlar sus vidas. Mujeres fuertes e independientes que, a su vez, se enamoran con locura de hombres de igual fortaleza que ellas. Una utopía de vidas, pero su utopía personal. Un anhelo y un deseo con el que ha crecido desde que tiene uso de razón.

Quizás sea, en parte, culpa de su abuela materna. Una mujer a la que Alexandra siempre había admirado, y admira aún hoy en día en el que ya no estaba allí para darle sus sabios consejos. Fue una mujer fuerte, de carácter e ideas fijas, y muy independiente. Lo que no quiere decir que no fuese una excelente madre de sus hijos, y una gran amante de su esposo.

Alexandra siempre había visto el respeto y la admiración con la que su abuelo la miraba. Eso era lo que ella quería. Un amor así de grande, así de bonito y de respetuoso. No como sus padres, que se casaron muy jóvenes y casi sin apenas conocerse. El amor fue surgiendo con el paso de los años y de los hijos, pero ya no veía el mismo respeto y la misma pasión que solía ver entre sus abuelos. No, ella no quería un matrimonio como el de sus padres. Quería una historia de amor como la de sus abuelos.

Ensillada su yegua, monta sobre ella y sale al galope de las caballerizas, levantando la tierra a su paso. Dentro de los límites de la propiedad familiar hay un gran lago con un extraño puente que nadie sabe, con certeza, quién había sido el artífice de tal obra arquitectónica. Un puente que no puede ser transitado ni por caminantes de a pie, pero que, por su perfecta construcción, cuando lo miras en el reflejo del agua se puede ver un perfecto círculo. Algunos lugareños lo llaman El Puente del Diablo porque, tal perfecta proyección, tiene que ser cosa del mismísimo demonio.

Ya en la orilla del lago, cerca el puente, desmonta y se quita su precioso vestido azul turquesa. Deja la ropa perfectamente doblada junto a su montura, quedándose tan sólo con su camisón de fino lino blanco. Poco a poco se mete en las frías aguas del lago, emitiendo pequeñas protestas al sentir el dolor del cambio de temperatura en su cuerpo. La noche era perfecta para nadar relajadamente. En el cielo gobierna su tan preciosa luna llena, protegida por un grandísimo séquito de pequeñas estrellas brillantes y astros que tintinean de forma intermitente en el firmamento.

—Paz y tranquilidad…—susurra al cielo, dejándose mecer por las pequeñas olas producidas por su cuerpo al entrar en el agua.

Nada de una orilla a otra del lago para entrar en calor, hasta que decide dejar que su cuerpo flote a la deriva. Mirando las estrellas en el cielo, recuerda un viejo poema que su abuela le solía contar cuando era pequeña. Cierra los ojos y recita las palabras en voz alta, mientras el mecer del agua la va llevando hasta el puente.

«Abre las puertas de tu reino,
Y deja entrar a tu sierva.
Toma la llave del mío,
Que con mi fuego fue forjada
Y de mi corazón es esclava.»

El puente comienza a brillar formando una mágica puerta que Alexandra atraviesa sin ser consciente. Toma aire y respira profundamente, dejando que su cuerpo se relaje, estirando sus brazos y sus piernas. De pronto, oye unos extraños pasos provenientes de los matojos de la orilla. Cuando abre los ojos, se queda perpleja. Ante ella, y mirándola con semblante lascivo, un hombre robusto de larga y frondosa barba, y ojos castaños.

—Vaya, vaya. Mira lo que nos han traído hasta la orilla. Una perfecta ninfa del agua…—Rápidamente coge a Alexandra por el cuello y la saca del agua, levantándola en el aire. Es ahí donde ella se da cuenta de la pequeña estatura del hombre.

—Me estás ahogando, enano imbécil—protesta ella, arañando sus manos e intentando soltarse.

—Una ninfa peleona. Creo que a nuestro rey le vas a gustar mucho…

Alexandra le da una patada a su entrepierna, logrando así que la soltase doblándose de dolor. Ella intenta salir corriendo, pero él la vuelve a coger con fuerza del brazo. Se dispone a darle un bofetón cuando una flecha salida de la nada roza su mejilla, comenzando a sangrar. El enano se lleva la mano a la herida.

—¡Maldito elfo hijo de puta!¡Sal aquí, Björn El Cazador!—grita. De la oscuridad del bosque sale un hombre de gran altura, unos cabellos casi blancos y una enigmática mirada felina.

—¿Así es como tu rey te ha enseñado a tratar a las damas, Frodick?—pregunta acercándose a ellos con andares firmes y porte elegante. Mira a Alexandra y sonríe, guiñándole un ojo. «Hipnotizante y seductor…», piensa ella.

—Los elfos siempre tan románticos…—responde con desprecio Frodick, soltando a Alexandra y dejándola de pie en la orilla.

—Y los enanos siempre tan bárbaros y brutos—se burla su seductor salvador—. Mi nombre es…—dice mirándola a los ojos.

—Björn El Cazador, lo sé. Tengo oídos—responde con semblante altivo. Björn esboza una sonrisa y mira a Frodick.

—Ahora es tu problema, amigo. Pero te aviso que tiene carácter, para ser una mujer.

—¡¿Cómo que para ser una mujer?! ¡Estúpido enano mal educado!—le reprocha Alexandra saltando sobre Frodick.

Björn la coge por la cintura, en el aire, evitando su ataque hacia su amigo y se la lleva de allí. Camina con ella cargada sobre su hombro, pataleando y protestando sin parar.

—¡Haz el favor de bajarme ahora mismo, maldita sea!—grita golpeando su espalda con sus puños. Él se ríe ante tal despliegue de energía y fortaleza. Estaba claro que no era una ninfa, ellas no son guerreras. Ésta muchacha era de corazón aguerrido, de fuerte carácter.

—Tal vez, si me pidieses las cosas con más educación…

—¡Oh! ¡Perdóneme, señor! ¡¿Cómo no se me había ocurrido antes?! ¡¿Dónde habré dejado mis modales?! ¡Oh, señor secuestrador quién quiera que seáis, ¿haríais el favor de dejar a esta humilde y delicada damisela en el suelo?!—protesta con sarcasmo.

Björn se para, la deposita en el suelo y la toma del mentón, obligándola a mirar fijamente a esos seductores ojos azules cristalinos. Alexandra traga saliva ante la cercanía de aquel cautivador y atrayente hombre. La coge por la cintura y acerca sus labios hasta los suyos. Su respiración se vuelve entrecortada y siente que su corazón empieza a latir a gran velocidad.

—¿Ves? No era tan difícil, después de todo…—le susurra en ese momento.

—¡Venga! Súbela a tu caballo y vámonos, o Craoldrich empezará a sospechar de nosotros—dice Frodick, apareciendo ante ellos montado en un caballo color marrón.

Sujeto de su mano derecha, lleva un precioso corcel negro. Grande, fuerte y robusto, con porte y trote elegante. «Bonito ejemplar de Frisón.», piensa Alexandra. Björn monta con gran agilidad, y extiende su brazo para ayudarla a ella a subir. Alexandra duda unos segundos, pero comprende que intentar huir sería la peor de las opciones. Además, ni siquiera sabe si podría llegar a su yegua antes de que la volviesen a apresar. Resignada, se coge del brazo de Björn y sube a la grupa del caballo.

—Al menos podrías decirme tu nombre, ya que tú sabes el mío—le dice en cuanto se ponen en camino.

—Alexandra Röustchke.

—Encantado, Alexandra Röustchke.

Cabalgan durante un largo tiempo, atravesando la espesura de aquel desconocido bosque para Alexandra. Observa todo a su alrededor, tratando de reconocer el lugar donde se hallaban, pero apenas logra ver siquiera el camino que llevaba a la mansión. Todo aquello le resulta completamente desconocido. Ese bosque no pertenecía a sus tierras, nada de lo que se iban encontrando pertenecía a los dominios de su familia.

Tras casi dos eternas horas a lomos de aquel majestuoso animal, llegan a un pequeño campamento levantado en un claro del bosque. «El bosque sin fin…», piensa Alexandra. Extraños seres pululaban por allí. Gente de estatura pequeña, al igual que Frodick, portando grandes hachas y martillos con pinta de pesar casi tanto como ellos. Otros hombres muy parecidos a Björn, de orejas puntiagudas, aunque algunos tenían los cabellos negros como el ébano. Y alejado de las tiendas, un carro con algunas mujeres de pieles pálidas con semblante entristecido. Alexandra se fija mejor en ellas y puede observar que tienen alas. Unas alas muy parecidas a las de las libélulas. «Esto tiene que ser un sueño. Demasiados libros de mundos de fantasía. Al final, padre tenía razón…», piensa.

—Hemos llegado. Permíteme que te ayude a bajar—dice Björn bajándose del caballo de un salto. Estira sus brazos para coger a Alexandra de la cintura y ayudarla a bajar sin romperse la crisma.

—Sé bajar sola de un caballo, gracias—protesta ella, apoyando sus manos en sus hombros.

Sin saber por qué, se deja coger por ese desconocido de sonrisa y mirada seductora. Como si apenas pesase más que una pluma, Björn la sujeta entre sus fuertes brazos y la deposita con cuidado en el suelo. Sus cuerpos se quedan peligrosamente cerca, con el lomo del caballo flanqueando su espalda. Se miran fijamente, con la respiración agitada y el corazón latiendo con fuerza.

—No dudo de tus aptitudes, pero me gusta ser caballeroso con una dama tan bella como tu—le susurra. Alexandra siente un cosquilleo recorrerle todo el cuerpo y comienza a sonrojarse.

—Aún no han llegado el resto de los buscadores. Será mejor que la metas en la jaula, junto a las demás…—comienza a decir Frodick, apareciendo junto a ellos y rompiendo la magia que se había creado en aquel momento.

—No la voy a meter en la jaula, amigo—responde Björn con semblante serio.

—¿Pero te has vuelto loco, Cazador? Si el rey se entera de que te has quedado a una de sus ninfas…

—No es una ninfa, Frodick. Mírala bien. ¿Dónde están sus alas?—Frodick dirige su mirada hacia Alexandra y recorre todo su cuerpo buscando alguna señal que le dé la razón. Se acaricia con delicadeza su espesa barba, mascullando para sí.

—Entonces, es una bruja—sentencia.

—Frodick, por favor. ¿Le ves pinta de bruja?—se burla de su amigo.

—Yo sé lo que vi en ese lago, y era magia. Así que, dime tú lo qué es. —Frodick se cruza de brazos, esperando una clara respuesta.

Björn mira a su amigo, pensando qué responder, pero opta por el silencio. Toma a Alexandra de la mano y se la lleva a su tienda. En la intimidad de su alojamiento, Björn comienza a desprenderse de sus armas mientras ella observa cada rincón de aquel lugar.

Diferentes tipos de arcos, espadas y pequeñas dagas junto a una especie de puf gigante. Una pequeña mesa con una serie de libros esparcidos. Siente el impulso de acercarse y coger uno de los libros, pero Björn se gira para mirarla.

—¿Por qué me has traído aquí? Según Frodick, mi lugar está en la jaula—dice Alexandra.

—Ambos sabemos que no eres una ninfa.

—¿Entonces soy una bruja?

—Aún no sé lo qué eres, Alexandra Röustchke, pero tengo pensado averiguarlo. —Björn se acerca ella lentamente, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella intenta caminar hacia atrás, pero tropieza con uno de los pilares que mantienen la tienda levantada—¿Te doy miedo?

—No. No es miedo lo que me produces, pero no sé cuáles son tus intenciones, Björn El Cazador.—Él sonríe, acaricia su mentón y le aparta el pelo de la cara para colocárselo tras sus orejas.—¿Ves algo que te guste?

—A decir verdad, sí. Pero quería comprobar que no eres una especie de elfo desconocido. ¿Quién eres, Alexandra Röustchke?¿Qué extraña y atrayente criatura eres?—susurra acariciando con suavidad sus mejillas. Ella sólo consigue tragar saliva al sentir el cálido aliento de su boca tan cerca de la suya.

—Sólo soy una chica que salió a cabalgar y que quiere volver a su casa—contesta nerviosa.

—¿Y sales a cabalgar sola, en mitad de la noche?¿Por qué?

—Mi-mi padre me dio una noticia que me disgustó, y…yo-yo me fui…—balbucea Alexandra. Las caricias de aquel hombre parecen causar una especie de hipnosis sobre ella, y una ardiente sensación en todo su cuerpo, como reclamando otro tipo de atenciones.

—Vaya…¿Y qué tan mala noticia ha podido darle un padre a una hija, como para que decidiese poner su vida en peligro de esa forma tan irresponsable?—Björn comienza a darle suaves y sensuales besos. Primero en sus mejillas, luego en el cuello.

—Pretende casarme con un completo desconocido…y yo me he negado…—responde Alexandra. Su cuerpo empieza a fallarle y comienza a moverse hacia él, pegándose aún más al de Björn. Su respiración se vuelve agitada, excitada por sus sensuales besos.

—¿Cuál es el problema?—pregunta él, mientras prosigue con sus besos y caricias.

—No me gustan los desconocidos…

—Mmm, quién lo diría.

Con el corazón a punto de estallar, Alexandra sucumbe a sus caricias y cierra los ojos aferrándose a su cuello para no perder el equilibrio. Björn la sujeta entre sus fuertes brazos y le da un profundo y apasionado beso, que hace que pierda casi el sentido. Nunca había estado antes con un hombre, ni nunca antes la habían besado así. Había fuego en sus labios, pasión en sus caricias y deseo en su mirada.

Björn le quita su blanca camisola, dejándola caer a los pies de la mujer que le había hipnotizado desde el primer instante en que la vio emerger de aquellas aguas. Con deseo, mira su pálido cuerpo recorriéndolo con sus manos y sintiendo una enorme urgencia de poseerla. Alexandra parecía estar lista para él y ya no podía contenerse más. Sin más preámbulos, la toma entre sus brazos, la deposita sobre su acolchada cama y le hace el amor con verdadera pasión.

—No me habías dicho que eras pura aún—dice Björn acariciando su desnudo hombro. Alexandra permanece tumbada sobre él, con los ojos cerrados.

—Bueno, no me diste tiempo a contarte nada más…

—Pues, ahora puedes hacerlo. Cuéntame, Alexa. ¿Qué o quién eres, y qué extraño hechizo has lanzado sobre mi?

Alexandra sonríe al oírle llamar de esa forma cariñosa, se incorpora y le da un suave beso en los labios. Él acaricia sus mejillas y le aparta sus rubios cabellos, para poder mirarla fijamente a los ojos. Ella comienza, entonces, a relatarle su historia y de cómo cree haber llegado hasta allí. Él escucha con atención, atraído por el embriagador sonido de su voz. De pronto, Frodick entra agitado en la tienda, como si hubiese visto a un fantasma.

—¡Oh, vamos, Björn! ¿Es que te has vuelto loco? Como Craoldrich se entere, te va a cortar esas orejas de elfo tuyas y te va a destripar. Por no hablar de lo que le hará a ella…—protesta Frodick al verlos desnudos en la cama. Alexandra, sorprendida y avergonzada, se tapa rápidamente con una manta. Björn, en cambio, parecía cómodo mostrando su cuerpo desnudo y su masculinidad.

—¿Es que se avecina una guerra, Frod?—pregunta Björn con sarcasmo.

—Muy gracioso, cazador. Pero como os descubran, tendréis un serio problema. El rey viene con ellos. Parece ser que no he sido el único en enterarse de la llegada de tu bruja. La hechicera del reino ha sentido la magia del portal abrirse, y vienen para aquí. Vienen a por ella, Björn—explica Frodick.

Björn se levanta de un salto de la cama y comienza a vestirse a gran velocidad. Le pide a Alexandra que haga lo mismo, incluso le entrega una gruesa capa del mismo color que las hojas de los árboles, con una amplia capucha que mantendría su rostro y sus cabellos ocultos bajo su sombra.

—¿Se puede saber qué estás haciendo ahora, Björn? No cometas ninguna locura…

—Amigo mío, he de pedirte un gran favor.

—¿No me va a gustar, verdad?—Una pícara sonrisa asoma en el rostro de Björn. Su amigo le conocía bien. Los mira a ambos y suspira, resignado y sabiendo lo que debe hacer— Os conseguiré algo de ventaja, pero debéis salir ya del campamento y sin que nadie más os vea—les dice.

—Algún día te devolveré el favor, mi querido Frodick—afirma Björn dándole un fuerte abrazo a su amigo.

—Ya, ya. Me debes más de un favor, elfo. Tiendes a meterte en bastantes problemas, y a mí contigo.

Aprovechando la oscuridad de la noche y la espesura del bosque, Alexandra y Björn cabalgan a toda velocidad sin mirar atrás. Ella reconoce parte del camino por el que se estaban dirigiendo, y una enorme tristeza se apodera de ella: la lleva de vuelta al lago, de vuelta a su hogar. Se aferra con más fuerza a su cintura, pegando su rostro contra su robusta espalda, cerrando los ojos y dejando que las lágrimas arrollasen por sus mejillas.

Recorren la distancia en menor tiempo del que les había llevado el camino de ida. El caballo parece estar fatigado por el sobre esfuerzo de cabalgar a gran velocidad cargando con dos personas. Pero logran llegar a la orilla del lago sin ningún percance, y no parecía que nadie les hubiera seguido.

Björn desmonta de un salto y ayuda a bajar a Alexandra. La coge de la mano y camina con ella hacia la orilla. En ese momento, ella se para en seco y deja de caminar, apretando la mano su mano con fuerza. Él se gira y la mira.

—¿Y si no me quiero ir?—pregunta ella con los ojos anegados en lágrimas.

—Éste no es tu lugar, Alexa. No es tu mundo. Aquí sólo encontrarás peligros para los que no estás preparada, seres que estarán deseando poseerte y sacarte toda la magia de tu interior. No, no estás segura en un mundo donde la noche se ha adueñado de todo por largos e interminables mil años. Debes volver—explica él.

—Ven conmigo—Björn sonríe y, emocionado por la invitación de ella, la toma entre sus brazos y la besa.

—Mi lugar es este, mi amor. Éste es mi mundo, mi hogar.

—No quiero dejarte, Björn. No puedo…—comienza a decir ella con tristeza.

—Debes hacerlo, Alexa. Debo ponerte a salvo, o pereceremos los dos. Dime, ¿qué hiciste exactamente para abrir el portal?

—No lo sé. Yo-yo sólo nadaba y recitaba un poema que mi abuela me enseñó de pequeña…

—Bien. Nademos pues.

Björn se quita su ropa, toma a Alexandra de la mano y camina con ella aguas adentro del lago. Nadan juntos hasta llegar al puente por el que había cruzado. Él se coloca tras ella, abrazándola por la cintura y transmitiéndole calor y fuerza. Alexandra, con lágrimas en los ojos, comienza a recitar el poema. Entonces, una brillante luz aparece en el centro del puente y un portal parece abrirse ante ellos.

Alexandra puede ver al otro lado a su yegua esperando aún por ella, como si apenas hubiesen pasado varios minutos. Björn la gira para dejarla frente a él. Se miran fijamente, ella con lágrimas en los ojos y él con tristeza. Se abrazan y se besan con pasión. De pronto, las ramas de los árboles que había tras ellos se mueven agitadamente. Una serie de gritos y de voces les indican que les habían dado alcance.

—Vete, Alexa. Vete y encuentra tu felicidad—le susurra con tristeza.

Con una angustia atenazando su pequeño corazón, y una gran tristeza que jamás creerá curar, Alexandra nada hacia el otro lado del puente. Ya a salvo en su mundo, se gira para poder mirar aquellos cristalinos ojos por última vez. Pero cuando se fija más allá del hombre del que se acababa de enamorar, ve a una enorme bestia emerger de entre las aguas y cogiéndolo como si se tratase de una simple pluma. Grita al ver cómo lanzaba a Björn contra los árboles de la orilla, pero cuando nada para volver junto a él el portal cierra sus puertas y Alexandra se queda sola, desamparada y gritando de rabia al cielo de la noche.

Una semana había pasado desde su extraño viaje a un extraño mundo, donde había conocido a un hombre que le había robado el corazón. Un hombre que no sabe si estará vivo o muerto, que se puso en peligro por ella. Apenas salía de su cuarto. La mayor parte de las veces comía y cenaba allí, o en su pequeña biblioteca. Ni siquiera salía a cabalgar. Tan sólo deambulaba por las noches por los pasillos de su hogar, un hogar que sentía extraño.

Un buen día, Alexandra está sentada en su butacón de su rincón favorito en la biblioteca, leyendo un pequeño libro sobre seres mitológicos y el mundo féerico. Había dejado sus clásicos libros románticos y de otros mundos, para buscar información sobre portales y los habitantes de esos mágicos lugares. Concretamente, leía un libro sobre elfos. Concentrada en la lectura y algunas pinturas sobre esos seres mágicos, no se da cuenta que su madre estaba plantada frente a ella.

—Alexandra, los Scheidemann ya están aquí. Tu padre quiere que…—comienza a decirle su madre.

—Bien. Acabemos con esto de una vez.

Alexandra deja su libro sobre la repisa de la ventana, se atusa el vestido y el pelo, y sale caminando con paso firme y decidida. Su madre la sigue de cerca, nerviosa y apretando las manos. Quería conocer a ese desconocido con el que la querían casar y decirle que ya no era virgen. Tal vez así, consiga que la desprecie y anule el compromiso para que ella pueda concentrarse en encontrar la forma de volver junto al hombre que en verdad amaba.

Cuando llega a la altura de la escalera, toma aire y comienza a descender, sujetándose con fuerza al pasamano de madera tratando de obtener la fuerza necesaria para no salir corriendo de allí. Mientras desciende ve a su padre, que la mira fijamente con semblante serio e inquisidor. De espaldas a ella, y hablando con él, había dos hombres. Uno parece más o menos como su padre, aunque más fuerte de complexión. El otro, un muchacho joven de cabellos rubios como los de ella y atados en una sencilla coleta.

—¡Ah, mi querida Alexandra! Por fin estás aquí. Ven, quiero presentarte al señor Arthur Scheidemann y a su hijo…—comienza a presentar su padre. Cuando los dos hombres se giran para mirarla, Alexandra se queda de piedra al ver el rostro del joven muchacho.

—Björn—susurra aferrándose con fuerza a la escalera. Atónita, mira fijamente al joven que esboza una pícara y sensual sonrisa.

—Mi señora. Me llamo Björn Scheidemann y es un placer conocerla al fin—extiende su mano hacia ella, quien tiende la suya para dejar que sus labios se posen sobre su mano. Su cuerpo se estremece al sentir ese beso. Era él, pero ¿cómo?—. Le decía a vuestro padre que me gustaría poder dar un pequeño paseo a caballo con vos, para poder conocernos mejor, si aceptáis la compañía de un desconocido.

—Bueno, en verdad, yo esperaba que pudiésemos…—comenta su padre. Alexandra se apresura a bajar el resto de escaleras, interrumpiendo a su padre sin apenas mirarlo.

—Sí, quiero.

La rápida respuesta de Alexandra deja atónito a su padre, que parecía esperar su clásico ataque de furia como todos estos días atrás desde que le comunicase su compromiso. Su madre, por el contrario, parecía alegre al ver la reacción de su hija. Björn, por su parte, la mira divertido y le guiña un ojo disimuladamente.

Juntos, salen de la mansión y montan en sus caballos.

—¿Lista?—pregunta Björn.

—¿Para qué?

—Para volver a casa.

Y sin más, azuzan sus caballos y desaparecen en la espesura del bosque para no volver jamás.