Luna de Sangre (Hijos de la sangre 3)

—¡Abuela! ¡Cuéntame otra vez esa historia!—pide la pequeña Ioana sentada en el regazo de su abuela materna Viorica.

—Pequeña mía, ¿no te cansas de escucharla tantas veces?

—Me gusta mucho, abuela. Cuéntamela una última vez, porfi…—suplica la niña juntando sus manitas y entrelazando sus dedos.

Viorica mira con ternura a su joven nieta, de apenas unos ocho años, y con un cerebro muy curioso. Aprendía muy rápido para alguien de su edad, y en los entrenamientos sobre salía por encima de los demás compañeros como ella. Ioana iba a ser una gran cazadora, sin duda alguna, pero ¿estaría preparada para tomar el liderazgo de su familia y continuar con su linaje de grandes cazadores? Eso es algo que Viorica no tenía tan claro. El tiempo lo dirá.

—Está bien, Ioana. Te contaré la historia de tu nombre, de nuestra familia y de cómo un ser de la noche salvó nuestro linaje…─comienza Viorica a contar la historia de la familia Petronova.

***   ***   ***

—¡Ioana Petronova! ¡¿Cuántas veces he de decirte que no puedes salir sola del recinto por las noches?!—grita una enfurecida Claudia a la joven rusa que no hacía más que ocasionarle quebraderos de cabeza.

Como directora del internado para jóvenes cazadores huérfanos, su misión no es sólo la de entrenar y enseñar. También es la responsable de que se cumplan las normas y de proteger a las generaciones futuras para la lucha contra las criaturas de la noche. Pero Ioana se lo estaba poniendo verdaderamente difícil.

Aún recuerda aquella noche en la que apareció una cestita de mimbre ante sus puertas, con una nota: «Cuídenla bien, y háblenle de su familia masacrada por bestias salvajes. Su nombre es Ioana Petronova». Un bebé de apenas un año de edad, que dormía profundamente bajo el abrigo de la fría noche londinense. Claudia lo recuerda bien puesto que, aquella noche, el astro que gobernaba en los cielos era la conocida y temida luna de sangre.

—Pero directora, no es justo que nos tengan encerrados todo el tiempo. Somos cazadores, sabemos defendernos…—comienza a protestar Ioana.

—Estáis en proceso de formación, querida mía. Aun no sois auténticos cazadores. La caza no tiene nada que ver con los entrenamientos, Ioana. La caza es mucho más peligrosa. No sabéis lo que es enfrentarse a un vampiro, o a un licántropo, o cualquier otro ser de la noche. No, niña, no. Ahí fuera no estáis a salvo—explica Claudia.

—Pero…

—¡Basta, Ioana! No pondrás más en peligro a tus compañeros, ni a la escuela, ni a ti. Estás castigada a labores de archivo. Por el momento, se acabaron los entrenamientos hasta que aprendas disciplina y obediencia—sentencia—. Ahora, por favor, ve a la biblioteca y entrégale al señor Giles esta nota para que te asigne tus nuevas tareas.

Ioana coge la nota con desgana, resoplando y refunfuñando, y sale del despacho de Claudia. Fuera, se apoya contra las paredes revestidas de madera antigua y suspira. «Seguro que se ha chivado la insulsa de Aliena. Tendré que tener unas palabras con ella», piensa de camino hacia la gran biblioteca.

De poco le iba a servir ese castigo, pues tenía pensado volver a salir esa noche y nadie se lo podrá impedir. Por lo pronto, pasea de pasillo en pasillo arrastrando ese pesado carro lleno de libros. Su tarea asignada es la de archivar, y no investigar. Pero no puede evitar echarle algún que otro vistazo a los libros que va trasladando de estantería en estantería. Justo en ese momento, entre sus manos, tiene un libro titulado “Los grandes linajes de los cazadores”.

Comprueba que nadie la ve, ni siquiera el viejo y protestón de Giles, y abre el libro. Comienza a pasar las páginas hasta que se detiene en una de ellas. Boquiabierta y completamente atónita tiene ante ella la historia de su familia: Los Petronova. Emocionada por el hallazgo, lee detenidamente los relatos de las cacerías de la que había sido su familia. Pero, cuando llega al motivo de su desaparición, aparece Giles por el pasillo. Cierra el libro y lo coloca de nuevo sobre el carro, sonriendo nerviosa y esperando no haber sido pillada saltándose las normas nuevamente.

—¡Niña!¡Venga, que es la hora del cierre de la biblioteca! Ya se han ido todos y tú aquí entretenida. Eres muy lenta con tu trabajo, pequeña Petronova…—le recrimina el anciano.

—Soy una cazadora, no una archivera. Tal vez ese sea el motivo de mi lentitud—contesta con rebeldía.

—Ay, niña…Tienes tanto que aprender aun…

—Señor Giles, ¿conoció usted a mi familia?—pregunta Ioana dejando el carro junto a las estanterías y acercándose a él.

—Sí, por supuesto. He conocido a muchos cazadores.

—¿Podría hablarme sobre ellos?

—Tal vez en otro momento, niña. Ahora estoy muy cansado y quiero irme a la cama. Me espera un buen libro junto a mi mesilla de noche, y no quiero demorarme más—responde agitando su mano, indicándole que abandonase el recinto.

Ioana sale de allí, oyendo el enorme portazo que el bibliotecario da a sus espaldas al cerrar la puerta. Camina pensativa por los pasillos del internado, recordando lo leído sobre su familia. «Provengo de un linaje de grandes cazadores…»piensa emocionada. Ahora entiende muchas de sus extrañas habilidades. Lo llevaba en la sangre. Sonríe pensando en la cara que pondrá James cuando se lo cuente.

James MacKenzie es su mejor y único amigo en ese odioso lugar. Su cómplice en todas sus travesuras, y quien la ayudaba con la parte más tediosa del aprendizaje del oficio de cazadora: los exámenes. De ojos azules como el cielo y cabellos rubios como el sol, es todo lo opuesto a ella. Ioana es de piel dorada, ojos castaño oscuros y cabellos largos y negros como el ébano. Unos rasgos distintivos de familias de linaje gitano. Por eso, algunos de sus compañeros, la llamaban La Gitana.

—¡Eh! Pequeña traviesa, ¿te ha regañado mucho la directora Claudia?—pregunta James apareciendo junto a ella por sorpresa.

—Lo de siempre. Unos días archivando y me dejarán volver a los entrenamientos. De poco les va a servir pretender retenerme entre estas paredes…—responde.

—¿Vas a volver a escaparte, verdad?

—Eso sin dudarlo, querido James.

—Iré contigo, entonces—afirma el joven muchacho.

—¿Qué? No, James. No hagas que te castiguen a ti también por mi culpa—le dice cogiéndolo del brazo y obligándolo a mirarla. James la toma del mentón y sonríe.

—Me alaga que te preocupes tanto por mí, mi querida amiga, pero sé cuidarme solo. Además, siempre es mejor ir de dos. Es lo que se nos enseña siempre, ¿no es así?—contesta mirándola fijamente a los ojos. Ioana resopla resignada, sabiendo que tenía la batalla perdida.

—Está bien. A media noche en el lugar de siempre. Si no estás allí, me iré sin ti. Y, por favor, no le digas nada a la insulsa de Aliena o tendré que hablar seriamente con ella.

—Es ella la que me sigue a todas partes como un perrito faldero, Ioana. Yo no le he dicho nunca nada sobre ti, ni sobre nosotros—responde él.

—Tal vez debas contárselo, entonces—asevera Ioana con seriedad.

James la coge por la cintura, acercándola a su cuerpo y besándola profundamente. Ioana se sorprende ante su reacción, pero cede ante sus exigencias y se abraza a él. Durante unos minutos, se besan con pasión y deseo. Un deseo que había crecido entre ellos hacía tan sólo unos meses y que cada vez era más fuerte, aunque habían decidido llevarlo en secreto y poder disfrutar de su intimidad en sus encuentros nocturnos.

—Creo que ya se ha dado por enterada…—susurra James al oído de Ioana.

Aliena estaba tras ellos, mirándolos atónita y con los ojos comenzando a llenarse de lágrimas. Ioana se gira para mirarla fijamente, sonriendo de forma victoriosa. La joven enamorada de su chico responde a su sonrisa con una mirada llena de rabia y dolor. James abraza a Ioana y le da un beso en la mejilla, reafirmando así su relación y haciéndola pública por fin. Aliena se gira bruscamente y sale corriendo de allí, seguida por sus tres amigas.

—Intuyo que me dará muchos problemas…—comenta Ioana suspirando.

—¿Acaso no te los está dando ya?—bromea él.

A media noche Ioana y James saltan el muro que separa el internado con el mundo exterior. Esa noche, la luna era grande e iluminaba a la perfección las calles del Londres victoriano atestado aún de transeúntes y carros que no dejaban de circular de un lado para otro. Caminaron hasta llegar al principio de Broad Street, pero un policía les impide el paso.

—Esta zona está en cuarentena por un brote de cólera, muchachos. Será mejor que cambiéis vuestro camino y volváis a casa. No deberíais andar por estas calles a estas horas…—les informa el agente.

Sin protestar, ni preguntar mucho más, James toma de la mano a Ioana y se alejan de allí rodeando la calle para evitar el contacto con aquella calle. Sin darse cuenta, entran en una zona conocida como el barrio de las prostitutas. A su paso salen mujeres ofreciendo sus servicios, y provocando la risa de los muchachos.

De pronto, de uno de los callejones que comunicaban con Broad Street, se oyen unos gritos de auxilio. Ioana, sin pensarlo, sale corriendo en ayuda de la joven que gritaba entre las sombras de la noche.

Agitada por la carrera, Ioana saca de su chaqueta su afilada daga. Camina lentamente, observando todo a su alrededor y prestando mucha atención a los sonidos que aquella lúgubre calle emitía. Al fondo ve unos pies asomar de entre una pila de cajas. Se acerca y ve a una joven tendida en el suelo, desangrada. Se agacha ante el cuerpo y mira su cuello: marcas de mordida. «Descansa en paz, amiga», susurra cerrándole los ojos.

En ese instante, Ioana siente un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Una clara señal de alerta que le informa que no está sola en ese callejón. Sin pensárselo dos veces, salta hacia atrás sobre la sombría figura que se erguía a sus espaldas y trata de clavarle su daga en el corazón. Con un rápido y ágil movimiento, ese ser de la noche la desarma y la sujeta con fuerza, colocando la punta de su daga peligrosamente contra su garganta. Ioana traga saliva, creyéndose muerta, y cierra los ojos esperando el golpe final.

—No te he salvado la vida para que andes jugando a ser cazadora, Ioana Petronova—susurra aquel misterioso ser.

—Yo no estoy jugando a nada. Soy una cazadora—responde forcejeando e intentando soltarse de los fuertes brazos que la tenían apresada.

—Si fueses una cazadora no te habría podido desarmar tan fácilmente, muchacha.

—¡Suéltame, maldita sea!—Ioana logra soltarse de su captor y lo enfrenta con la mirada.

Ante ella tenía a un apuesto hombre, alto, de facciones marcadas y ojos ambarinos de mirada felina. Hipnotizante y embriagador el aroma que desprendía ese extraño ser. Al momento se da cuenta que tiene ante ella a un vampiro muy poderoso, pero del que no tenía miedo. Le mira fijamente, sintiendo familiaridad con aquellos ojos semejantes a los de un majestuoso león. Él la mira sonriendo, haciéndole entrega de su daga.

—Debes cogerla con más firmeza, o la volverás a perder de nuevo—afirma.

—Al menos podrías decirme quién eres, y cómo es que sabes mi nombre—protesta ella cogiendo de forma brusca su daga y guardándola de nuevo en su chaqueta.

—Mi nombre es Dimitri y soy quien te salvó de una muerte segura cuando aun eras un bebé—Esa respuesta la deja completamente atónita y boquiabierta.

—Ioana…—se oye decir tras ellos.

James aparece de entre las sombras, con su mano colocada en su cuello. De entre sus dedos brota sangre. El joven camina tambaleándose, tropezando con las cajas que hay junto al cadáver de la muchacha que acababa de encontrar. Ioana se apresura a sujetarlo con fuerza, pudiendo ver los dos orificios que había en su cuello. Le habían mordido, pero ¿quién? Dimitri no podía haber sido porque estaba con ella. Había otro vampiro en ese callejón.

Con la ayuda de Dimitri, tumban al muchacho en el suelo. Ioana tiene los ojos anegados en lágrimas, lamentando lo sucedido y recordando las advertencias de Claudia y de todos sus profesores: «Siempre estás poniendo en peligro a tus compañeros». James comienza a ponerse pálido por la pérdida de sangre, el final parecía inminente.

Dimitri, al ver la angustia de la muchacha que tanto le había costado mantener a salvo, se quita su chaqueta, se arremanga la camisa y se muerde la muñeca. De su herida comienza a brotar sangre negra coagulada que acerca a los labios del muchacho. Indica a James que debe beber de su sangre si quiere vivir. Éste toma su muñeca entre sus manos con fuerza y bebe. El vampiro emite un gruñido al sentir la succión de su sangre y aprieta los dientes. Ioana, sorprendida por la generosidad de un ser de la noche, le da las gracias por su ayuda.

—Vaya, vaya, vaya…Así que aquí estás, pequeña. Me ha costado mucho encontrarte. He recorrido un largo camino, ¿sabes? Pero por fin te tengo ante mí. A los dos—comenta una voz femenina de entre las sombras.

Aparece ante ellos otra hija de la sangre. Una vampira que la mira con absoluto deseo, relamiéndose y saboreando su tan preciada presa. Ioana la mira con pánico en los ojos. Ese ser de la noche no era para nada amigable, y algo en su interior le gritaba que debía salir huyendo de allí. Pero no iba a dejar solo a James. Lucharía hasta la muerte, si era necesario.

—Gitana…—balbucea Dimitri debilitado por la pérdida de sangre transmitida a James.

—Hola, Cazador—responde la vampira mirando a Dimitri con absoluto odio—. De nada han servido tus esfuerzos por mantenerla oculta y a salvo de mi, padre. Al final, la he encontrado. Tal y como tú me has enseñado a cazar. Por fin tengo ante mí a la presa que más me ha costado apresar. Prefería que aun fuese ese lindo y tierno bebé que me encontré en esa bonita mansión de San Petersburgo, pero haré una excepción contigo, niña—sentencia mirando a Ioana con hambre.

—¡¿Tú mataste a mis padres?!—grita la joven.

Llevaba por un impulso, Ioana salta sobre Gitana empuñando con fuerza y firmeza su daga. No se percata de que tenía ante ella a una vampira antigua y poderosa, experta en la caza y lucha contra los de su especie. Todos sus intentos de ataques resultaban inútiles. Sólo conseguía asestar golpes al aire mientras Gitana se reía de forma burlona de ella. De pronto, sale corriendo detrás de ella a pesar de los gritos de desesperación de Dimitri por retenerla junto a ellos.

Sin darse cuenta, Ioana se encuentra sola entre la vacía y tenebrosa Broad Street. Por suerte, una de sus muchas y grandes habilidades es ver con facilidad en la noche. Camina despacio mirando a su alrededor, tratando de ver alguna señal que le indique por dónde se había ido la asesina de su familia. Oye unas risas provenientes de otro callejón y corre hacia ellas. Las ratas que correteaban por la calle salen despavoridas al sentir las fuertes pisadas de Ioana en el suelo.

De repente, siente que algo la coge con fuerza del cuello y la lanza contra una de las paredes del callejón. Se golpea con fuerza la espalda y la cabeza al caer al suelo, lo que la deja algo desorientada. Trata de ponerse en pie, pero no lo consigue. Palpa a su alrededor buscando su daga.

—¿Buscas esto, querida?—pregunta Gitana saltando sobre ella, sonriendo y relamiéndose mientras movía la daga entre sus dedos.

Sintiendo el frío aliento de la vampira sobre su rostro, Ioana trata de luchar contra ella, pero las fuerzas la abandonan y parece estar a punto de desmayarse. Entonces, Gitana abre sus fauces para asestarle el golpe final, pero sin saber cómo, sale volando por los aires.

—Ioana… Ioana levántate, vamos—asevera Dimitri con desesperación, cogiendo a la muchacha entre sus brazos.

—Dimitri…—balbucea ella.

—Vamos, niña. No he pasado por tantos tormentos para perderte ahora. Vamos, levanta—Dimitri la ayuda a incorporarse y toma su rostro entre sus manos, asegurándose de que está bien—¿Crees que puedes llegar hasta tu amigo?

—Sí, creo que podré. ¿Y tú?—pregunta angustiada. Dimitri sonríe y acaricia sus mejillas.

—Tranquila. Estaré bien. Pero debes irte y llevarte a James contigo. Dentro de los muros del internado estaréis a salvo.

—Ven con nosotros.

—Sabes que no puedo, Ioana…—comienza a decir Dimitri cuando Gitana aparece ante ellos en ese momento. Él se coloca delante de la muchacha, protegiéndola con su cuerpo─ Gitana, esto es entre tú y yo. Deja que se marchen.

—¡Oh, qué tierno! ¿Qué diría la difunta Ksenia sobre tu cambio de actitud, Dimitri? El Cazador de cazadores, protector de una de las más antiguas casas de exterminadores de nuestra propia raza—comenta con sarcasmo la vampira, avanzando lentamente hacia ellos—. Creo que a los ancianos no les va a gustar nada esta nueva actitud tuya, querido Padre…

—¡Ioana, corre!—ordena Dimitri a la muchacha, quien asiente con la cabeza y sale corriendo sin mirar atrás.

La sangre que Dimitri le había dado a James parece haberle transmitido más fuerza de la que antes tenía, porque corría sujetando la mano de Ioana con fuerza como si no le acabasen de atacar. Saltan el muro del internado y entran sin ser vistos, arropados por la noche y las sombras proyectadas por la arboleda del interior de la escuela que da a los edificios de los dormitorios.

Exhaustos, entran en la habitación de Ioana que, por suerte, estaba vacía. No tienen fuerzas ni para encender la vela de la mesita de noche que hay junto a su cama. Sólo se sientan en el blando colchón, con la respiración agitada y sin soltar sus manos entrelazadas. Ioana mira a James, quien la observa con absoluto asombro y sin comprender lo que acababa de ocurrir. Se fija en las heridas de cuello, unas heridas que habían desaparecido por completo.

Llevados por la excitación y la agitación de lo ocurrido, se lanzan el uno en los brazos del otro y se besan con pasión. Con gran apremio, se quitan la ropa y hacen el amor en absoluto silencio, tendidos sobre una cama que rechinaba con cada movimiento. Al terminar, se quedan dormidos abrazados y desnudos, arropados por las gruesas mantas de su cama. Sólo una leve brisa, fría como el hielo, despierta a Ioana.

Al abrir los ojos, ve que su ventana está abierta dejando pasar la brillante luz de la gran luna llena de aquella noche. No debían ser más de las cuatro de la mañana. Ioana se levanta para cerrarla y se fija en una extraña nota junto a la vela apagada. La coge y lee con atención, sentada en el borde de su cama: «Gitana ya no será más un problema para ti, Ioana. Pero, por favor, no vuelvas a correr un riesgo innecesario. Dimitri». Se asoma a la venta con emoción y ve al extraño vampiro observarla desde las sombras del otro lado del muro del internado. Ioana asiente con la cabeza en señal de gratitud y éste desaparece.

A la mañana siguiente, en un descuido de Giles, vuelve a coger el libro de los linajes y busca de nuevo a su familia. Quería averiguar por qué esa vampira llamada Gitana había asesinado a todo su linaje, y por qué había seguido su rastro durante tanto tiempo. ¿Qué extraña obsesión tenía ese ser de la noche con ella?

Rápidamente encuentra las páginas que hablan sobre su familia y lee atentamente cada palabra escrita hasta llegar al día de sus muertes. Cuando llega al final de la lectura, Ioana deja caer el libro al suelo, atónita y con los ojos llenándosele poco a poco de lágrimas. No puede creerse lo que acaba de leer:

“La familia Petronova fue salvajemente asesinada por el clan vampiro liderado por Ksenia y Dimitri Rusthoff alias El Cazador de cazadores. Un clan sanguinario y poderoso dedicado al exterminio de los cazadores de la noche. Sorprendentemente, la última de los Petronova salvó su vida milagrosamente. Tras esos horribles acontecimientos, nada se sabe de Dimitri o de su clan. Se cree que ha podido morir en aquella cacería, ya que se hallaron restos de polvo de vampiro en la habitación de la pequeña Petronova”

Ioana se lleva las manos a la cara, llorando desconsoladamente y negando con la cabeza. No podía ser, debía de haber algún tipo de error al transcribir aquellos textos. El vampiro que les había salvado la vida a ella y a James, el que la había salvado cuando era aun un bebé, no podía tratarse del causante de las muertes de toda su familia. Derrotada, se deja caer al suelo, sollozando y sin dejar de llorar. Tan sólo un nombre rondaba por su cabeza: Dimitri Rusthoff, El Cazador de cazadores.

Yo Dimitri (Hijos de la sangre 2)

Hacía más de quinientos años de la muerte de Ksenia y de su renuncia a ejercer como rey de los Hijos de la Sangre. Hasta abandonó su puesto de líder de su propio clan. Dimitri había elegido vagar en soledad el resto de su eternidad hasta que alguna fuerza mayor decidiese ponerle fin a su vida.
Sólo había una cosa que no podía cambiar: su sed de sangre. Le llevó muchos años controlar aquella sed, aquella necesidad de tomar la sangre de las gargantas de inocentes que se cruzaban en su camino. Intentó nutrirse de la sangre de los animales, pero tan sólo lo debilitaba y no podía permitirse estar débil. No cuando pesaba sobre él una sentencia de muerte por parte de los suyos.
Mi querido Dimitri…” El recuerdo de las últimas palabras pronunciadas por Ksenia, agonizando entre sus brazos, era su mayor sentencia. Tener que vivir con aquel tormento era el peor de los castigos que se le podía imponer a un ser inmortal. ¿Cómo no se dio cuenta de lo que sucedía? ¿En qué momento, Ksenia y él, habían perdido el control sobre sus hijos, su clan? Rememorar aquellas semanas era un dolor que atenazaba constantemente su frío y muerto corazón.

—Debes perdonar a Gitana, mi amor—dice Ksenia.
Aún estaban exhaustos tras la cacería. Había sido una noche muy instructiva para sus hijos, tanto los renacidos como los ya instruidos en el arte de la caza. Todo un grupo de cazadores, bailando alrededor de aquella gran hoguera y al son de la música, que no se esperaban un ataque así.
—No puedo, Ksenia. Aún no. Eso que ha hecho, esa atrocidad…—responde Dimitri, tumbado desnudo boca arriba en su confortable cama. Tras cada cacería, siempre se despertaba un hambre voraz entre ellos y culminaban con sus cuerpos totalmente desnudos y haciendo el amor con pasión, locura y devoción.
—Ella sólo ha hecho lo que se le ha enseñado. Lo que tú le has enseñado, Dimitri.
—Jamás la enseñé a devorar bebés. Ni a desmembrarlos con esa saña, ese sadismo. No, yo no la entrené para eso—asevera con semblante serio.
El recuerdo de aquella imagen de Gitana sosteniendo el cadáver de ese pequeño cuerpo que apenas rondaría los seis meses de vida, le golpea con dureza. Tanto que hasta le hace estremecerse. Y la posterior discusión con ella no hacía más que empeorar la situación. Gitana le había reprochado que se hubiese vuelto tan blando y selectivo a la hora de cazar. Para ella, ese bebé, era un potencial cazador y, tal y como él le había enseñado, todos los cazadores eran peligrosos para su especie y, por lo tanto, debían morir.
—Amor mío, ¿ya no recuerdas el sadismo con el que atacaste aquel grupo de cazadores en Bucarest? Acabaste con todos y cada uno de ellos, sin hacerte ni un solo rasguño. Aquella masacre viajó por todas partes llegando a oídos de los ancianos. Un vampiro que caza a nuestros mayores enemigos, un vampiro que extermina a los asesinos de los vampiros. Gitana nació ese día, ¿recuerdas? Tú la creaste. Es nuestra primera hija juntos. No puedes darle la espalda así…—Con su dulce y melodiosa voz, Ksenia siempre lograba ablandar el frío corazón de Dimitri.
—Aquello fue diferente, querida. Iban a matarte, o a hacerte cosas peores. Simplemente actué por instinto, me dejé llevar por mi…—comienza a explicarle.
—…por tu condición de vampiro. Un Hijo de la Sangre, al igual que ella.
—Pues tal vez debamos empezar a cambiar eso. Ya es hora de una evolución en nuestra especie. Tal vez, así, dejen de temernos y sentir la necesidad de darnos caza. Tal vez…—Ksenia se incorpora sobre su torso desnudo y le mira fijamente, sorprendida por las palabras de Dimitri.
—No creo que a los ancianos les guste ésta nueva visión tuya, Dimitri. Y menos cuando están a punto de nombrarte nuestro rey…
—Bueno, no tienen por qué enterarse. El cambio comenzará con nuestra ascensión porque, amor mío, cuando sea nombrado rey, tú serás mi reina. —Y tras aquellas palabras, los futuros reyes vuelven a ser apresados por la pasión de sus cuerpos desnudos.

Días más tarde, Dimitri se encuentra recorriendo los pasillos de una enorme y antigua mansión situada a orillas del río Nevá en San Petersburgo. Como siempre, otra incursión en el seno de un gran grupo de cazadores. Pero había algo diferente en este grupo. Nunca había oído hablar de cazadores con ese estatus tan alto entre la sociedad. Generalmente eran grupos de gitanos a los que solían dar caza, ya sea en sus poblados o en el trayecto de sus viajes.
Allí había salas de estudio, una grande y gigantesca biblioteca donde había libros que se refería a ellos como Seres Sobrenaturales. Y otras mil especies más de seres que viven bajo el abrigo de la noche. Libros de historia, libros de ciencia, libros de religión. ¿Qué extraño lugar era ese?
Dimitri camina entre cuerpos desangrados en el suelo, envueltos muchos de ellos por papeles que había esparcidos a su alrededor. Sus hijos devorando aún a los supervivientes de aquella masacre, quienes lo miraban con absoluto terror y suplicando piedad. Extrañas armas colgadas por todas y cada una de las paredes de aquella oscura mansión.
Ve a Gitana subir corriendo las enormes escaleras de mármol gris, como si la persiguiese el mismísimo demonio. De pronto, escucha un sonido: el lamento de un bebé. Una enorme punzada le atenaza el corazón. Como una exhalación, Dimitri sube aquellas escaleras siguiendo el sonido del llanto.
Cuando entra en una de las habitaciones, encuentra a Gitana con un bebé entre sus brazos y dispuesta a devorarlo. Sus ojos lo miraban con hambre, se relamía de pensar en lo sabrosa que iba a ser esa sangre mientras el pequeño niño se agitaba entre sus brazos y lloraba sin cesar.
— ¡Suéltalo ahora mismo, Gitana! —Con una sepulcral voz y una fría mirada, Dimitri ordena a su hija que cese en su ataque.
— ¿Por qué? Pronto será un cazador más que matará y buscará la forma de exterminar nuestra especie—responde con soberbia.
—Te he dado una orden, Gitana. No me obligues a…
— ¿A qué? ¿A castigarme otra vez? ¿Vas a castigarme por hacer lo que tú me has enseñado todo éste tiempo? Yo era como ellos, sé cómo piensan. Cuando naces cazador, nada te cambia. Nada, salvo la muerte. El bebé debe morir—sentencia.
Gitana abre sus fauces y se dispone a clavar sus colmillos en el frágil cuerpo del niño, pero Dimitri es más rápido que ella y, en dos zancadas, llega hasta su altura. Le arrebata el niño de los brazos, la coge con fuerza del cuello y la lanza fuera de la habitación. Gitana, airada y llena de rabia, simplemente se levanta y se aleja de allí.
Dimitri coge una manta y arropa al niño que no dejaba de llorar como si presintiese que la muerte estaba rondado a su alrededor. No puede evitar sonreír cuando este le sujeta uno de sus fríos dedos con fuerza y emite una pequeña y tierna sonrisa. Recuerda, entonces, su deseo de ser padre cuando estaba vivo. Y posiblemente tuviese algún que otro hijo bastardo, pero ya nunca lo sabría.
De pronto, y como salida de la nada, Gitana salta sobre él portando un largo cuchillo de plata. Dimitri sólo puede ver, con absoluta sorpresa e incredulidad, la figura de su primera hija dispuesta a acabar con la vida de su creador. Se gira con la intención de proteger al pequeño con su cuerpo, esperando sentir el tan horrible frío acero clavarse en su espalda. Pero no siente nada.
Deja con suma delicadeza al bebé en su cuna, se gira para enfrentarse a Gitana, pero lo que ven sus ojos lo deja casi en estado de shock. Ksenia estaba entre ambos, con la daga clavada en el corazón y retorciéndose de dolor con la inminente llegada de su muerte. Cae al suelo ante él, que se apresura a arrodillarse y tomarla entre sus brazos. Gitana, atónita y temerosa por la reacción de Dimitri, sale huyendo de la mansión y desaparece entre las frías sombras de la noche.
— ¡Ksenia, no! ¡Mi amor, tú no! —grita un desesperado Dimitri con el cuerpo de su amada comenzando a deshacerse.
—Mi amor, mi querido Dimitri…—susurra Ksenia sabiendo que había llegado su hora.
Con los ojos anegados en lágrimas, Dimitri ve cómo su amada reina abandona para siempre su compañía inmortal. Su cuerpo se deshace en minutos, siendo absorbidos sus líquidos por la alfombra de pelo blanco que había bajo sus cuerpos. Sólo quedaban los huesos, los restos de un amor que, en segundos, ya no volvería a sentir. Al intentar tomar la calavera entre sus manos, ésta se deshace en millones de granos de arena. Una brisa proveniente de la ventana abierta de la habitación arrastra por completo los restos de Ksenia.
Arrodillado, con los puños cerrados y las lágrimas arrollando por sus mejillas, Dimitri grita. Grita de dolor y desesperación; de rabia y odio. Grita por la soledad que se le avecina. Por la muerte de su gran amor, de su amante y fiel compañera desde hacía más de doscientos años. Poco a poco, el resto de sus hijos y de su clan fueron apareciendo por aquella habitación, arropando al que es su líder y llorando con él la pérdida de su madre.

Una semana más tarde, se encontraba ante el consejo de los ancianos. Había sido requerido ante ellos, ya que, tras la muerte de Ksenia, este les había notificado su decisión de renunciar a ser rey de los Hijos de la Sangre. Al parecer, nunca nadie se había opuesto a éste nombramiento y eso les inquietaba bastante.
—Parece ser que no sólo has decidido abandonar a tu clan y a toda tu especie, sino que has estado tramando una pequeña conspiración contra nosotros. Algo que tú llamas Evolución, ¿no es así, Dimitri? —El actual rey estaba ante él, exigiéndole respuestas ante tales acusaciones.
—No sé de dónde sacáis esa información, mi señor…—Dimitri comienza su alegato cuando, junto a los seis ancianos sentados en sus confortables sillones, ve a Gitana. En ese momento, comprende el por qué de su juicio. Deja de hablar, agacha la cabeza y sonríe.
— ¿Os hace gracia algo de todo esto, Cazador? —se oye decir a uno de los ancianos. Cazador, así era como le habían apodado. El Cazador de Cazadores.
Dimitri levanta la cabeza y dirige su mirada hacia Gitana, para luego pasar a observar uno a uno a todos los allí presentes. Con actitud altiva se gira y baja del púlpito en el que se colocaban todos los que iban a ser enjuiciados. Hace una reverencia ante el rey y los ancianos, sin dejar de sonreír, y comienza a caminar con paso firme y decidido hacia la salida.
El alboroto que se comienza a formar en aquella sala le divierte. Algunos estaban sorprendidos por su actitud rebelde; otros gritaban y vitoreaban la osada acción de Dimitri, y los ancianos gritaban completamente indignados ante su desfachatez. Podrían haber intentado apresarlo, o asesinarlo tal vez, pero su fama de gran luchador les mantenía inmóviles en sus posiciones. En algunos soldados pudo ver sonrisas de complicidad.
— ¡Alto ahí! ¡¿Cómo osas darnos la espalda a nosotros, a tu rey?! ¡¿Quién demonios te crees que eres?! —grita el rey en la lejanía de la sala. Dimitri se para en ese momento, toma aire y se gira muy lentamente.
—Yo soy Dimitri.
Y sin más, desaparece entre las sombras de la gélida noche de San Petersburgo para no volver jamás.